Al terminar de escribir estas líneas, la única certeza de la larga noche de elecciones en Estados Unidos era la disfuncionalidad de su sistema electoral y la polarización prevaleciente en la sociedad americana.
La nación más poderosa del planeta, identificada también como uno de los países más democráticos del mundo por la estabilidad de sus elecciones y su sistema bipartidista, mostró al mundo la noche del 3 de noviembre que, para los tiempos que vivimos, su sistema no sólo es imperfecto, sino que resulta arcaico.
Ha dejado traslucir que en esa sociedad siguen arraigadas características profundas, no sólo de desigualdad, sino de división de clases y que, en el país de las oportunidades, quienes pueden disfrutarlas no están dispuestos a compartirlas con otros.
La jornada electoral ha develado también que las fakenews, la publicidad engañosa y la narrativa que impuso la terrorífica hipótesis de que los demócratas los llevarían al socialismo lograron resultados en la población objetivo. Y que la aprobación de su actual presidente es muy alta, a pesar del terrible manejo de la pandemia, de la estridencia con que se conduce, de su xenofobia, de su discriminación y de la misoginia que lo caracteriza. Cuatro de cada diez norteamericanos están de acuerdo y aprueban la manera con la que ejerce el poder Donald Trump.
En el balance de esta larga jornada hay, sin embargo, cosas notables que destacar. Entre lo positivo, la amplia participación registrada que contabilizó más de 100 millones de votantes; la manera pacífica (hasta la noche del miércoles pasado) con la que se desarrolló la jornada, y el proceso, interesante también, de que además de la elección del presidente, se renovó el Congreso Federal, un tercio del Senado, y once gubernaturas.
De igual manera, se votaron diversas iniciativas locales, lo mismo en materia de legalización de la mariguana para un par de estados, el derecho de votar desde los diecisiete años en California, el aumento de impuestos en Illinois o la continuación de la construcción del muro en Texas. Temas que, por cierto, resultaron un incentivo y alentaron la participación de los ciudadanos.
Lo malo en el balance es que esa tensa calma puede transformarse cuando se conozca el resultado de la elección. Que gane uno u otro en una ola de violencia que recorra diferentes ciudades del país. En cuyo caso, la descalificación al sistema no sólo será un tema de analistas, comentaristas o actores políticos, sino un fantasma que acompañe la conciencia de miles de ciudadanos que cada vez cuestionan más y entienden menos lo difícil que resulta aceptar que no necesariamente quien obtenga más votos gane la elección.
Por lo cerrado del resultado, la definición final podría extenderse hasta mediados de diciembre. Entre tanto, seguramente veremos mucho más del uso abusivo de la política, de la confrontación como práctica cotidiana y de la utilización, por parte de Donald Trump, de todos los medios su alcance para aniquilar a su adversario.
Finalmente, cuando esto concluya, se asoman muchas interrogantes: ¿Qué pasara si se confirma el triunfo de Biden? ¿Cuál será el comportamiento de Trump? ¿Cómo impactaría a México y al mundo el triunfo del demócrata o qué pasaría si logra imponerse el republicano?
Algunos analistas señalan, y yo lo comparto, que para Biden podría resultar más difícil enfrentar su gestión, al considerar la polarización que existe en la sociedad americana, la terrible crisis sanitaria y económica que enfrenta el mundo y la propia Unión Americana.
Considero también que, si el multilateralismo al que el mundo aspira vuelve a retomar el gobierno norteamericano, encontrará más obstáculos que facilidades, que la relación con China, Rusia o los países de Europa, Medio Oriente, tendrá una agenda más compleja que la que conoció Biden en su época de vicepresidente. Que la reforma migratoria no será fácil de llevar a cabo frente a un Senado cuya mayoría no tiene su partido. Para nuestro país, la relación bilateral seguramente podría pasar a un segundo plano, aunque, sin duda, el estilo en forma y fondo habrá de cambiar.
Confiamos en que, para bien del país, aunque eso irrite al actual inquilino del Palacio Nacional, el respeto por la democracia y sus instituciones, la vigilancia del T-MEC, particularmente en los temas laborales, el cumplimiento de los compromisos de la reforma energética y la agenda verde, estarán entre los prioritarios para los demócratas en la nueva etapa de relación entre ambos países.
Por el contrario, de ganar Trump, no sólo veremos más de lo mismo, sino, como dicen en mi tierra, una versión corregida y aumentada de prácticas unilaterales en las que el Tío Sam manda y México obedece.

Blanca Alcalá Ruiz
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