El Heraldo de Puebla

Los largos nueve meses

¿Cómo ha impactado hasta ahora la pandemia la vida de las mujeres?

Los largos nueve meses.

¿Cómo ha impactado hasta ahora la pandemia la vida de las mujeres?

Llevamos meses en estado de crisis. A raíz de la pandemia hemos experimentado cambios en nuestra forma de vida cotidiana, desde el trabajo hasta las relaciones sociales y mucho más. Hace meses, por ahí de mediados de abril, en este mismo diario escribí el texto titulado “Dimensiones de género en la emergencia sanitaria ante el COVID-19 en México”. En el texto escribí acerca de los potenciales impactos que tendría el COVID-19 sobre las vidas de las mujeres en México. Henos aquí, con la pandemia a punto de extenderse hasta 2021, mis palabras parecen menos una advertencia que una predicción.

La pandemia está profundizando las desigualdades preexistentes, exponiendo vulnerabilidades en los sistemas sociales, políticos y económicos. A pesar de ser un fenómeno de escala global, lo cierto es que la pandemia ha golpeado con más fuerza a los grupos marginados y dentro de estos grupos, las mujeres son uno de los grupos que parecen estar soportando la peor parte de las consecuencias sociales y económicas de la pandemia. Diversos medios de información han venido señalando cómo el COVID-19 podría revertir el limitado progreso que se ha logrado en materia de igualdad de género y derechos de las mujeres en las últimas décadas. La población femenina se ha visto afectada no solo por el virus o la enfermedad, sino también por las circunstancias que la rodean. Las crisis tienen una dimensión de género y esta crisis no es diferente. A continuación les voy a explicar por qué.

Mujeres y el Riesgo del Empleo Informal

La labor de las mujeres en el mercado laboral se ha quedado rezagada y al mirar hacia el sector informal la situación es mucho más desalentadora. Según informes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el empleo informal ha aumentado en América Latina en las últimas dos décadas. Esto es producto de las crisis económicas, la flexibilización del mercado laboral y las reformas del bienestar. Existe una importante dimensión de género en la informalidad. Las mujeres están sobrerrepresentadas en el empleo informal, y también están sobrerrepresentadas en grupos ocupacionales precarios y peor remunerados dentro del empleo informal. Dado que los derechos de protección social en la región latinoamericana dependen en gran medida de la situación laboral, las mujeres en empleos informales a menudo quedan excluidas de los programas formales de protección social.

Para el caso de México, de acuerdo a un reporte de Índigo  basado en información publicada por el INEGI, al cuarto trimestre de 2019, la población femenina en el país ascendía a 65.4 millones de personas, de las cuales aproximadamente 22 millones tienen un empleo, y 6.3 millones de mexicanas laboran en la informalidad. Esta cifra  no es insignificante si consideramos que 22 de cada 100 pesos del Producto Interno Bruto (PIB) nacional tienen como origen el sector informal y que 30 por ciento de los hogares en México tienen a una mujer como jefa de familia.

No es para menos si consideramos que ante la alta rigidez del mercado formal, muchas mujeres “optan” por esta alternativa debido a que es más flexible en el horario, aunque esto signifique que no reciban las prestaciones de ley, reciban menores salarios y estén en trabajos precarizados o sujetas a mayor explotación/inseguridad laboral. En pocas palabras, el empleo informal es, en el contexto del ciclo de vida de las mujeres, una consecuencia de la división del trabajo del hogar y de la desventaja de las mujeres en el mercado laboral. La prevalencia de mujeres en el empleo informal en México es resultado de sus características “deseables”, es decir: la única opción viable para equilibrar los roles productivos y reproductivos.

No olvidemos que al momento que se decretó el cierre de actividades no esenciales, se comenzó con el trabajo en casa y se incrementaron las restricciones para el contacto entre personas, muchos de los trabajos en la economía formal e informal comenzaron a decaer o desaparecer rápidamente. Este hecho ha tenido graves consecuencias si consideramos que para aquellas mujeres que perdieron sus fuentes de ingreso significa que ni ellas ni sus familias tendrán acceso a alimentos, pago de rentas y servicios, etc. 

Mujeres, Trabajo Remunerado y Tareas de Cuidados.

De la misma forma, la pandemia de COVID-19 ha venido a impactar a aquellas mujeres en el sector de la economía formal. Aquellas que han sido lo suficientemente afortunadas de mantener un empleo, se ven obligadas a  reducir las horas de trabajo por las crecientes demandas del cuidado infantil. En la ya de por sí marcada división sexual del trabajo en los hogares de México, las mujeres (sean madres, tías, abuelas, hermanas, primas y demás) siempre se han llevado la mayor carga en los cuidados que los hombres, pero esto se ha incrementado más a raíz de la pandemia.

Como resultado de una mayor carga de cuidados en el hogar, muchas mujeres han tenido que reorientar  sus trabajos o dejar la fuerza laboral por completo.  Si ya de por sí las mujeres encontraban muchas trabajas en el mercado de trabajo. Con las escuelas y guarderías de todo el país cerradas, muchas mujeres no tienen más remedio que hacer malabarismos entre las necesidades de sus hijxs y las demandas de sus trabajos. Cuanto más se prolonga la pandemia, más amenaza con causar un daño permanente a la capacidad de las mujeres para avanzar laboral y profesionalmente. Sin planes de acción concretos, es posible que una generación de mujeres no recupere por completo su sendero de desarrollo personal, económico y laboral. Y eso lo vamos a pagar socialmente todxs, así como las generaciones futuras.

La pandemia ha vuelto a poner de manifiesto la desigualdad en las cargas de responsabilidades de las tareas domésticas y de cuidado. Ahora no nos vamos a sorprender con esta afirmación ni vamos a fingir que es algo nuevo. Las mujeres en México son en su gran mayoría las únicas responsables de organizar las tareas de cuidados para sus familias (así sean hijxs o dependientes). En este contexto, las demandas de su tiempo de cuidados han aumentado significativamente durante la pandemia. Si se necesita reducir las horas de trabajo para dedicarse a cuidar, las familias elegirán a la persona que gana menos ingreso y que en apariencia tiene mayor disponibilidad de tiempo y, por lo general, esa es la mujer — ¡Daaaa… no es prejuicio, es practicidad me dirán ustedes! — pero el que las mujeres trabajen menos horas, en trabajos a tiempo parcial, en  trabajos de menor jerarquía y que por ello tengan menores salarios no es otra cosa “natural” sino producto de la perpetuación de roles y estereotipos de género.

Aún persiste con mucha fuerza la presuposición cultural que marca a las mujeres como las responsables de lxs hijos y del hogar y; aunque los arreglos domésticos puedan variar dependiendo del tipo de hogar, el énfasis de la importancia que tiene la mujer en las actividades familiares y reproductivas, perpetúan la idea de que dichos arreglos son “naturales” en lugar de sociales. Esta idea continúa colocando serios constreñimientos para las mujeres en el trabajo pago.  Esta misma idea de que la mujer es por “naturaleza” de X y Y forma también ha significado que su participación en el trabajo pago también reproduzca su función “femenina” y su rol como mujer. Es decir, su incorporación en trabajos de servicios, administrativos y de cuidados, trabajos que — ¡oh sorpresa! — tienen los salarios y prestaciones más bajas dentro del mercado laboral. Ya no vamos a extendernos más en el impacto de la división sexual en el mercado de trabajo porque para eso no nos alcanzan las páginas. Si bien es que, al momento de tomar la decisión de quién cuidará y quién continuará trabajando los hombres salen bien parados.

Aunado a lo anterior, la falta de una infraestructura de cuidado infantil o políticas en el lugar de trabajo orientadas a los cuidados significa que las mujeres continuarán asumiendo la mayoría de las responsabilidades familiares de cuidado, como lo han hecho históricamente y hasta ahora en la pandemia. En resumen, esto tendrá un efecto negativo significativo sobre el empleo de las mujeres y su participación en la fuerza laboral, lo que a su vez tendrá un efecto negativo no solo en los ingresos actuales y futuros, sino también en la seguridad de la jubilación y la equidad de género en los lugares de trabajo y los hogares.

Existe otro factor positivo del trabajo remunerado de las mujeres: disminuir su riesgo de ser víctimas de violencia doméstica. Por un lado, el empleo de las mujeres se suma a los recursos colectivos de un hogar, protegiendo así a algunas mujeres contra las tensiones económicas de una crisis y evita el estrés de circunstancias económicas desafiantes. Además, si las mujeres tienen su propia fuente de ingresos y la oportunidad de establecer vínculos sociales a través del empleo, pueden tener más poder en su relación y una oportunidad real de irse si suceden condiciones de abuso. Con la prolongación de la pandemia, la continuación del aislamiento en el hogar y el arribo de circunstancias económicas extenuantes, existe un mayor riesgo de que se incremente la violencia en las relaciones de pareja y en el hogar.

Mujeres, Encierro y Violencia.

Según un informe de Lancet, se estima que alrededor de 243 millones de mujeres han sufrido abusos sexuales o físicos a manos de una pareja íntima en algún momento durante los últimos 12 meses. El encierro debido al COVID-19 ha traído consigo que las personas pasen más tiempo en casa. Para muchas mujeres el encierro no es realmente más seguro y muchas de ellas han quedado atrapadas con su abusador. “Quedarse en casa” ó “practicar el distanciamiento social” son frases que pueden resultar aterradoras para muchas mujeres que viven con violencia en sus hogares. Por poner mencionar solo algunos casos, una semana después de que Francia instituyó los cierres por la pandemia, los reportes de violencia doméstica aumentaron en un 30%. En Tailandia, desde que se introdujeron las medidas de control del virus en marzo pasado, el número de casos de violencia doméstica aumentó un 48%. En Suiza se ha registrado un aumento del 6,2% en los casos de violencia doméstica. Vemos historias similares en decenas de otros países.

El escenario no es halagador si consideramos la ola de violencia contra las mujeres en nuestro país. Según un artículo de Datapop Alliance, a un mes después de haber iniciado las medidas de distanciamiento social en México, a través de la Jornada Nacional de Sana Distancia, las llamadas y mensajes por violencia de género a la Red Nacional de Refugios (2020) aumentaron 80 por ciento y de acuerdo con estimaciones de la Secretaría de Gobernación la violencia de género pudo haber incrementado entre 30 y 100 por ciento.

Sin dejar de lado la expresión más extrema de la violencia contra la mujer, los feminicidios; y sin olvidar que aproximadamente 10 mujeres son asesinadas todos los días en México y la tasa de feminicidios se ha duplicado en los últimos 5 años.  La violencia contra las mujeres también incluye una serie de actos que van desde el acoso verbal hasta otros tipos de abuso emocional, físico y sexual. La mayoría de las incidencias de violencia contra las mujeres ocurren en ambientes íntimos, y en su mayoría son perpetrados por conocidos, parejas y ex parejas, incluso famliares de primer grado. Toda esta serie de violencias no están aisladas y son un problema arraigado en condiciones estructurales como la economía, la globalización, la expansión del capitalismo y la creciente desigualdad entre naciones ricas y pobres, entre otros más. Y cuando hay un país en crisis económica las dinámicas entre las personas se ven afectadas, y en este caso, las dinámicas entre las familias no son la excepción. La ansiedad económica (entiéndase como el estado de preocupación sobre el futuro de las perspectivas económicas de una persona) aumenta en un escenario de crisis, lo que puede significar una menor calidad de vida en las personas. La ansiedad económica en escenarios de precariedad y desigualdad puede desencadenar una serie de condiciones adversas, siendo una de estas la violencia de género en los hogares.

Según un estudio del Centro Nacional para la Información Biotecnológica (EEUU) el desempleo y las dificultades económicas a nivel del hogar se relacionaron positivamente con comportamientos violentos en los hogares. Además, los rápidos aumentos en la tasa de desempleo aumentaron el comportamiento controlador de los hombres hacia sus parejas románticas incluso después de descontar los factores de desempleo y la angustia económica a nivel del hogar. Según este estudio, los efectos de las crisis económicas en la dinámica familiar se pueden observar a largo plazo.

Mediante la comparación de datos de la Gran Depresión en EEUU (1930) y  la Crisis Agrícola de la década de 1980 se encontraron fuertes efectos del desempleo, la pérdida de ingresos, y las dificultades económicas en los conflictos maritales y en la calidad de vida de las personas. Este estudio enfatiza cómo la pérdida de ingresos y las dificultades económicas llevaron a sentimientos de tensión económica y conflicto matrimonial en las familias, lo que a su vez conducen en última instancia, a una disminución de la calidad de la crianza y el bienestar de lxs niñxs. Asimismo el estrés económico de los hogares afectó el comportamiento violento y controlador de los hombres hacia sus esposas y/o parejas y parejas románticas. Lo más desalentador no sólo fue que el análisis encontró que los rápidos aumentos en las tasas de desempleo se asociaron con aumentos en el comportamiento violento de los hombres, sino que además que este efecto duró incluso después de que pasaron las dificultades materiales a nivel individual, familiar y social.

Esta crisis ha dejado claro el papel de la mujer como amortiguador de impactos durante la pandemia de COVID-19: cómo cabeza del hogar, como madre, como cuidadora, cómo trabajadora de primera línea y en suma como sustentos de sus comunidades. Sin embargo, esta pandemia nos deja ver también que cómo “amortiguadoras” las mujeres están más expuestas a implicaciones negativas duraderas para su seguridad económica y su autonomía. Las repercusiones de esta crisis irán más allá de la pérdida del empleo y escasez material y estarán presentes por mucho tiempo afectando vidas y medios de vida de las mujeres no solo en el país sino en todo el mundo.

Y mucho más…

Aunque no puedo dar cabida a todas las vertientes de los impactos del COVID-19 sobre las vidas de las mujeres, menciono brevemente algunos: los millones de niñxs que no están asistiendo a la escuela. Algunos de ellxs nunca volverán. Sin acceso a la educación, las niñas enfrentarán mayores obstáculos de violencia estructural de género. La pandemia ha traído consigo la falta o limitado acceso a salud y  derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en múltiples niveles, esto debido a cambios en las políticas de sistemas de atención de salud y las interrupciones en las cadenas de suministros que han limitado el acceso a métodos anticonceptivos, entre muchos más. Todo esto se une a la larga lista de efectos para las mujeres, los cuáles apenas estamos empezando a contabilizar..

La vida es muy larga y los espacios para artículos son muy cortos. Cierro recordando que mientras continúe la inacción/misión de las instituciones, mientras continúen la violencia estructural ejercida directa e indirectamente, mientras el Presidente siga profiriendo sus absurdas letanías (localmente y ¡ahora en cumbres mundiales!) y en suma, mientras el Estado continúe negando su responsabilidad para prevenir y castigar la violencia que sufrimos, seguirán las marchas, las protestas y las tomas de edificios públicos a lo largo y ancho de todo el país. En el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (25 de Noviembre), las compañeras feministas seguirán alzando la voz contra las injusticias y desigualdades, y tal como en otros periodos históricos en muchos lugares del mundo, las feministas continuaremos organizándonos, luchando por unas sociedades más justas e imaginando futuros diferentes.

Referencias:

Animal Político “Feminicidios y homicidios con ligero aumento; Edomex es el estado con más mujeres asesinadas” (18/11/2020). Disponible en: https://www.animalpolitico.com/2020/11/feminicidios-homicidios-ligero-aumento-edomex-mujeres-asesinadas/

Ellsberg, Mary, Diana J. Arango, Matthew Morton, Floriza Gennari, Sveinung Kiplesund, Manuel Contreras, and Charlotte Watts. «Prevention of violence against women and girls: what does the evidence say?.» The Lancet 385, no. 9977 (2015):1555-1566.

Meza Orozco, Nayeli (18/03/2020) “Mujeres, la Otra Fuerza Económica”. Reporte Indigo. Disponible en https://www.reporteindigo.com/indigonomics/mujeres-la-otra-fuerza-economica-mexico-pib-sector-informal-oportunidades/

Schneider, Daniel, Kristen Harknett, and Sara McLanahan. «Intimate partner violence in the Great Recession.» Demography 53, no. 2 (2016): 471-505.

“Virus driving up domestic abuse” The Bangkok Post (19/11/2020) Disponible en: https://www.bangkokpost.com/thailand/general/2021987/virus-driving-up-domestic-abuse

María Arteaga Villamil
Feminista por convicción
Antropologa por vocación.
Doctora en Estudios Avanzados en Antropología Social por la Universidad de Barcelona

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