Miguel Ángel Martínez Barradas
¿Qué estaríamos dispuestos a hacer por amor? ¿Hasta dónde permitiríamos que la curiosidad propia nos llevara y que la envidia ajena oscureciera nuestros días? De entre todas las pasiones humanas es el amor la más compleja. El amor cambia con la edad, y no es el mismo el que a los jóvenes enardece que el que a los viejos ennoblece, y es que la edad del amor está en relación con la edad del cuerpo, pero también con la del espíritu y la de la consciencia. La duda, la costumbre y la envidia son los enemigos del amor, lo matan cuando inyectan su veneno en los corazones, y así, lo que antes era roja sangre de correspondencia, muta en una negra bilis de egoísmo. El ideal no es mantenerse atados por costumbre hasta la muerte, como una preocupante mayoría de “amantes” lo hace, sino alcanzar el fin de los días, la muerte pronta, cuando al pecho todavía lo inflaman los besos de los primeros días.
Fueron los grecolatinos los que nos legaron las más sublimes historias de amor. Desde el viejo poeta Homero que nos relata el imparable reconocimiento amoroso entre Paris y Helena, hasta el vigoroso poeta latino Virgilio que nos describe la tragedia amorosa entre Eneas y Dido, todo el espectro de pasiones humanas y divinas pasa ante nuestros ojos, sin embargo, la historia de los grandes amores no se detiene ahí, sino que continúa, y es en el siglo II de nuestra era cuando un magnífico prosista aparece, su nombre es Apuleyo, y su novela lleva por título “El asno de oro”. Conocida también por el nombre de “Metamorfosis”, esta obra relata la historia de Lucio, un hombre que busca convertirse en un gran hechicero, pero, por ignorancia, bebe un brebaje mal preparado y termina convertido en burro. A Lucio–asno se lo roban unos maleantes y es su aspiración a regresar a su forma humana el sentido de la narración. Nadie sabe que Lucio–asno comprende lo que los hombres hablan, y así, entre sus innumerables jornadas, nuestro aprendiz de hechicero escucha todo tipo de historias, pero hay una en particular que, por su extensión y belleza, ha llegado hasta nuestros días casi como un relato independiente, se trata de la historia de Cupido y Psique. El relato de estos amantes dice así:
Psique era la menor de tres hermanas y era hija de reyes. Desde su nacimiento fue su belleza lo que cautivó a todos los hombres y el motivo de las envidias de las mujeres, sobre todo de sus hermanas, pero también de la diosa Venus, a quien sus siervos ignoraban para contemplar, en su lugar, a Psique. Tiempo después y poseída por la ira, Venus ideó una venganza en contra de su enemiga, la cual se encontraba ya en la adolescencia. El desdichado plan consistía en hacer que se enamorara del hombre más ruin sobre la tierra, y para ello pidió la asistencia de Cupido, su hijo, quien para asegurar el éxito de su misión llevó hasta su palacio y con engaños a Psique. La joven fue recibida con regalos y atendida con cortesía por entidades divinas, siendo conducida, al anochecer, a la alcoba de Cupido. La pareja pasó la noche junta y bastó aquella oscuridad para que se enamoraran y en medio de esa soledad consumaran su matrimonio.
Al despuntar el alba, Cupido había desaparecido y Psique era infinitamente feliz. Y así sucedieron innumerables noches en las que los amantes se entregaron al placer de las tinieblas y a la solitaria placidez de la luz. La venganza de Venus había fracasado por la desobediencia de su hijo, pero había dos enemigos más, las hermanas de Psique, que envidiosas llenaron de veneno los pensamientos de la recién casada. Por un pacto entre Cupido y Psique, ésta desconocía la identidad de su esposo, a quien se entregaba sin saber de quién se trataba. Las hermanas la convencieron de que él no mostraba su rostro porque se trataba de un monstruo, Psique lo creyó, y en la noche rompió su promesa. Cuando Cupido dormía se acercó a él con una lámpara, descubriendo que su esposo era un dios y a quien, sin pretenderlo, quemó con el aceite derramado por la lámpara. El dios del amor despertó y abandonó a Psique.
La infortunada esposa, llena de ira, asesinó a sus hermanas y pidió directamente a Venus su perdón. La diosa la odiaba, y pensando que fracasaría le encomendó una misión: viajar al infierno y conseguir un poco de la belleza de la diosa del Inframundo a fin de restituir la que su hijo había perdido a causa de la curiosidad de Psique. Ella bajó al averno y consiguió la belleza, sin embargo, nuevamente fue víctima de su curiosidad y antes de salir del Inframundo abrió la caja, de la que escapó un sueño de muerte que la durmió. Cupido se enteró de la muerte aparente de su esposa y, sabiendo que su madre no lo ayudaría, pidió ayuda al dios máximo: Júpiter, quien no sólo despertó a Psique, sino que, además, la hizo inmortal. La unión de los desobedientes y curiosos amantes no sólo fue reconocida por todos los dioses, sino que, además, trascendió a la eternidad. De la unión de ellos dos nació una pequeña niña que recibió el nombre de: Voluptas.
De la vastedad de enseñanzas que de este mito se desprenden, centrémonos, por ahora, sólo una: el enemigo del amor es la envidia y es la curiosidad la que puede condenarlo, pero, también y paradójicamente, salvarlo. Psique es la representación del alma y Cupido lo es del amor. La niña que ellos engendran, Voluptas, es el placer. ¿Qué sucedería, entonces, si vivimos con alma, pero sin amor? ¿O cómo serían nuestros días con un amor que carece de alma? ¿Es el placer que tenemos producto de la unión del alma y del amor, o de la envidia que nace de egoísmo? ¿Qué significa el descenso a los infiernos que Psique realiza para recuperar al amor?
La historia que Lucio–asno atestigua es imposible de explicar en pocas palabras, sin embargo, otra idea podemos rescatar. Si Cupido abandonó a Psique fue porque ella, llena de pensamientos venenosos, traicionó el juramento que juntos habían hecho. Quiso ver más allá de lo permitido y así, apresurándose a recorrer el velo, terminó dañando a quien más amaba. Justo es aquí y ahora que detengamos nuestra marcha y veamos si nosotros, como Psique, no estamos también derramando una gota de aceite.
Foto: Freepik










