Con una larga estela de sangre, cárteles más poderosos y un abuso de drogas desbordante, México y Estados Unidos tienen ante sí el desafío de reformular su cooperación contra el narcotráfico cuando el demócrata Joe Biden asuma el poder.
La estrategia que implicó a los militares mexicanos en esta lucha en 2006 luce agotada: el país latinoamericano acumula desde entonces 300.000 homicidios, la mayoría atribuidos al crimen organizado, mientras toneladas de droga siguen entrando a Estados Unidos por la frontera de 3.169 km.
En paralelo, las muertes por sobredosis superaron el medio millón en la última década en el país vecino, según un informe de una comisión del Congreso estadounidense publicado hace un mes.
“No queremos la llamada Iniciativa Mérida (…), no queremos helicópteros artillados”, ha dicho el presidente izquierdista Andrés Manuel López Obrador, sobre el tratado que articula la cooperación antidrogas desde 2008.
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Dicho acuerdo constituyó un esfuerzo “sin precedentes”, pero sus objetivos no se han cumplido y necesita revisión “urgente”, concluyó la Comisión del Hemisferio Occidental para la Política de Drogas.
Mediante ese plan, Estados Unidos ha entregado a México unos 3.000 millones de dólares para capacitación policial y equipamiento como helicópteros Black Hawk.
Se redujo a “una creciente militarización de las acciones contra la delincuencia organizada”, señala Falko Ernst, de The International Crisis Group, quien sin embargo destaca hechos como la extradición a Estados Unidos de Joaquín “Chapo” Guzmán, condenado a cadena perpetua.
Con información de Infobae
Portada y Foto: Infobae









