Carolina Gómez Macfarland
Sabemos que la enfermedad produce dolor. Es incómodo estar detenido por un problema de salud. Duele, paraliza y cuesta dinero. Todo un tormento. Y entre más grave pudiera ser una enfermedad, más miedo hay al dolor y sobre todo a perder la vida.
No queremos enfermar, pero lo hacemos y permanecemos en este estado a veces más tiempo del necesario.
Buscamos ayuda, probablemente vamos a una consulta médica y recibamos a cambio, un diagnóstico y un papel mágico llamado receta. De inmediato vamos a una farmacia y compramos el medicamento, vamos al laboratorio a hacernos “los estudios” indicados por el especialista, y hasta programamos una cirugía de ser necesario. Lo que cueste, pues se trata de la salud y la salud es primero.
De inmediato, informamos al resto de la familia y a los amigos, de nuestro tan indeseado padecimiento.
Finalmente, y después de tanto ajetreo y susto, comenzamos el tratamiento. Hemos comprado varias cajas de medicina que nos curará.
Pero… qué pasa después. Tras la sospecha de una enfermedad, recibimos todas las atenciones de nuestra familia y de más personas que nos rodean. Se nos pide “descanso” y dejamos en pausa otros asuntos, para “curarnos”.
Incómodo tal vez, porque una enfermedad no nos deja hacer nuestras actividades diarias, pero representa al mismo tiempo, una gran noticia porque seremos el centro de atención. Recibiendo mimos, cuidados, y deslindándonos tal vez, de algunas responsabilidades.
Este estado de recibir atenciones y cariño a través de la enfermedad, es un fenómeno llamado “ganancia secundaria del síntoma”.
Y no está mal, porque en realidad se necesita el apoyo del otro para sanar, lo que sea que haya que sanar. Pues solos, prácticamente sería imposible, además de que el hombre también puede aprender a pedir ayuda y sobre todo a recibirla.
Sin embargo, el problema se presenta cuando sin importar que la enfermedad sea orgánica o mental, dolorosa y hasta mortal, esta toma un sentido o una oportunidad para recibir todo aquello que, de otra manera, tal vez no podríamos obtener, como algunos beneficios económicos, afecto, o probablemente liberación de responsabilidades. Permaneciendo por más tiempo en la enfermedad y saboteando todos los tratamientos sugeridos.
Debe ser un motivo tan poderoso que nos haga pagar el precio de sacrificar nuestra salud o la vida, a cambio de aquello que tanto necesitamos.
Desde un punto de vista racional y consciente, este comportamiento no parece tener lógica. Sin embargo, es justo el inconsciente quien sabe qué beneficio es que el que nos aporta una enfermedad física o trastorno emocional.
Recuperarse y sanar puede significar perder los beneficios obtenidos hasta este momento, un castigo a la recuperación, pues nos vemos obligados a tomar las riendas de nuestra vida, y esto ya no es agradable.
Cada uno tendrá sus razones, sin embargo, hay que tomar en cuenta que también se castiga a quienes rodean a una persona enferma que no quiere recuperarse.
Es tiempo invertido, sufrimiento y una constante sensación de culpa por creer que no se ha cuidado bien de quien enferma. Lo que de nuevo pone en una posición ventajosa a la propia enfermedad, dándonos poder sobre “el otro.”
Por otro lado, este fenómeno también provoca otros problemas sociales y de salud pública generados por la interrupción de los tratamientos, falta de cuidados y evitación de estilos de vida más saludables.
La cultura, nuestra historia de vida y la poca capacidad de responsabilizarnos de nuestras decisiones, pueden seguir reforzando este comportamiento.
El tema es mucho más amplio y complejo, sin embargo, es preciso aprender a pedir ayuda, y en este caso no para curar la enfermedad, sino para aprender a madurar, y darle la cara a la vida, respondiendo a sus propias demandas.
Tal vez, si cambiáramos la perspectiva, nos daríamos cuenta que el sufrimiento como parte de la vida del hombre, también puede tener un sentido y nos da la oportunidad de aprender y de crear. Teniendo claro que no es necesario sacrificar nuestra salud o la vida, para ser dignos de ser amados y respetados.
Y RECUERDEN, TODO SALDRÁ BIEN AL FINAL, Y SI LAS COSAS NO ESTÁN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.










