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El mundo iluminado

Por Redacción
5 marzo, 2021
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El mundo iluminado

Miguel Ángel Martínez Barradas

La medicina avanza, se perfecciona, encuentra nuevos obstáculos y trabaja en una solución para resolverlos. La esperanza de vida lentamente aumenta y aunque graves males continúan arriesgando nuestra mortalidad, innovadores tratamientos corren por nuestras venas pretendiendo hacerle frente al fatídico desenlace que la muerte representa. ¿Pero cuál es la finalidad de la ciencia médica de hoy en día? ¿Busca la medicina mejorar las condiciones de vida de cada individuo? ¿Acaso sus fines serán más comerciales que filantrópicos? ¿Se persigue la llave de la vida eterna? ¿O se huye a paso veloz de la persecución de la muerte?

Con seguridad es posible afirmar que la ciencia médica tiene intereses filantrópicos, pero también en su ardiente anhelo por mejorar la técnica, los enfermos, los pacientes, los moribundos han alargado su esperanza de vida en proporción a la despersonalización que sufren, y es que un paciente cercano a la muerte hoy en día es tratado más como una cosa que como una persona. Pero no nos confundamos, este trato frío que reciben los pacientes es ejercido tanto por los profesionales de la salud, como por los familiares, y es que tanto unos como otros son a fin de cuentas humanos que inconscientemente le temen a la muerte propia que ven reflejada en el semblante de su semejante, aquel que, postrado en una cama, se aferra cada vez con menos fuerza al mundo. Todos le tememos a la muerte y cuando desesperadamente intentamos salvar a nuestro enfermo, buscamos al mismo tiempo la cura que nos evite el retorno a lo desconocido.

Cuando alguien está convaleciente, médicos y familiares evitan darle su diagnóstico. Por alguna razón (la del tabú de la muerte), en nuestra sociedad se les priva a los enfermos de sus derechos, de su integridad, y en vez de concederles el paso hacia una muerte digna, se le aferra a este mundo con tantas máquinas como sea posible, aún sabiendo que la causa está perdida. Y a los niños se les miente, el tema de la muerte se les evita o en el peor de los casos se les disfraza con eufemismos y mentiras. Quizás si desde la infancia se tuviera una cultura de la muerte, nuestra sociedad albergaría menos tristezas y decepciones.

Elisabeth Kübler–Ross, tanatóloga excepcional que todos deberíamos de leer por ser candidatos a la muerte, nos dice: «Cuando un paciente está gravemente enfermo, a menudo se le trata como a una persona sin derecho a opinar. Lenta, pero inexorablemente, está empezando a ser tratado como una cosa. Ya no es una persona. A menudo, las decisiones se toman sin tener en cuenta su opinión. Puede pedir a gritos descanso, paz y dignidad, pero sólo recibirá infusiones, transfusiones, aparatos, personas más pendientes de las funciones del cuerpo que del ser humano. Nuestra concentración en el equipo médico, en la presión sanguínea, ¿no es un intento desesperado de negar la muerte inminente que es tan terrible y molesta para nosotros, que hemos trasladado todo nuestro conocimiento a las máquinas porque nos son menos próximas que la cara de sufrimiento de otro ser humano que nos recordaría una vez más nuestra falta de omnipotencia, nuestros propios límites y fracasos, y en el último, aunque muy importante lugar, nuestra propia mortalidad?»

Los avances médicos deben de estar acompañados de una verdadera vocación de servicio. El antiguo Hipócrates decía que para que un enfermo sane, el primer paso es que tenga deseos de hacerlo. En este sentido, el segundo paso quizás sería que el profesional de la medicina sienta una verdadera empatía por su paciente, y que no conciba su ejercicio profesional de manera mecánica, sino integral, como un acto de amor. Esta falta de consideración hacia los enfermos, falta que también practican los familiares del mismo, es la que nos ha llevado a que hoy sean cada vez más difíciles de tratar los males emocionales que los físicos. El miedo a la muerte nos ha llevado al olvido del otro, a una sociedad deprimida, ansiosa y frustrada.

Leamos unas palabras de Rabindranath Tagore que la mencionada tanatóloga pone a manera de epígrafe en su obra “Sobre los muertos y los moribundos”: «No me dejes pedir protección ante los peligros, sino valor para afrontarlos. No me dejes suplicar que se calme mi dolor, sino que tenga ánimo para dominarlo. No me dejes buscar aliados en el campo de batalla de la vida, como no sea mi propia fuerza. No me dejes anhelar la salvación lleno de miedo e inquietud, sino desear la paciencia necesaria para conquistar mi libertad. Concédeme no ser un cobarde, experimentar tu misericordia sólo en mi éxito; pero déjame sentir que tu mano me sostiene en mi fracaso.»

Valor para afrontar los peligros, ánimo para dominar el dolor, fuerza para la propia vida, paciencia para conquistar la libertad, no ser cobardes y tener una mano misericordiosa en el fracaso son las consignas que podemos rescatar del epígrafe. Resumámoslo más: Valor, ánimo, fuerza y paciencia. Estas cuatro virtudes no son una solución a nuestra mortalidad, pues la ley está escrita y ésta es que todos habremos de perecer, sin embargo, estas virtudes sí pueden ser una guía para que comencemos a comprender que la muerte es parte de nosotros, que la muerte algún día se llevará a quienes amamos, que la muerte habrá de sepultarnos. Estas cuatro virtudes son una clave para que desde los primeros años eduquemos a nuestros niños para morir, diciéndoles que este evento no es malo, sino necesario para que la vida prevalezca. Educar para la muerte formará mejores profesionales de la salud, mejores familias y virtuosos enfermos.

Antes, cuando las personas enfermaban, preparaban sus casas para morir rodeados de sus cosas, de sus historias, de sus familiares y amigos, pero hoy, cegados por los avances tecnológicos, entregamos a nuestros enfermos terminales a una cama de hospital aceptando verlo tan sólo veinte minutos al día. Y ahí, el enfermo, lejos de su casa muere, sin sus cosas, sin sus historias, sin sus amores, permaneciendo a su lado su única compañera, la muerte solitaria.

www.elmundoiluminado.com
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