La Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), en el marco de las actividades del Día Internacional de la Mujer, «8M Universitarias líderes por un futuro igualitario», llevó a cabo conferencias magistrales para forjar un futuro igualitario.
Las conferencias que se plantearon fueron: “Humanitarismo: gobernar la movilidad y género”, “Violencias machistas en las universidades” y “Pactos patriarcales: sostenimiento de la violencia sexual y feminicida», con la participación de destacadas académicas.
Al impartir su conferencia «Violencias machistas en las universidades”, la maestra Gabriela Delgado Ballesteros, del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, recordó en primer lugar que el género es una construcción histórica, social y cultural que se aprende a través de valores, tradiciones, roles y estereotipos. En este sentido, está comprobado que las relaciones de género implican poder, discriminación, exclusión y violencia, de tal forma que las violencias machistas son las que marcan este tipo de relaciones.
En el caso de las universidades, refirió que se ejercen la violencia institucional, estructural, crónica, comunitaria y simbólica.
La violencia institucional es ejercida por instituciones del Estado, entre estas las universidades. Se vincula con la falta de impartición y procuración de justicia, privan la omisión, corrupción e impunidad. Este tipo de violencia está vinculada con la estructural, está en la mentalidad, así se ha educado a la sociedad, de ahí que sean también violencias crónicas: naturalizadas.
En cuanto al tipo de violencia que viven principalmente las académicas y administrativas, la maestra enumeró el techo de cristal, piso resbaloso, el efecto Matilda y efecto tijera.
El techo de cristal son los obstáculos, como discriminación, que enfrentan las universitarias para ascender. Asimismo, se refiere a las inequidades en la autonomía, como participación en la toma de decisiones y las desigualdades en los programas de estímulos. El piso resbaloso, a su vez, son los frenos en la vida cotidiana, que les impiden compaginar su vida académica con la del hogar, debido a la disparidad en la carga de trabajo en los hogares.
En cuanto al efecto Matilda, señaló que son los prejuicios para reconocer los logros de las científicas, destacando los atribuidos a sus colegas masculinos. En cuanto al efecto tijera, es la “evaporación” de las mujeres cuando llegan a puestos de responsabilidad o toma de decisiones: impiden que otras mujeres lleguen a su nivel y tienden a masculinizar sus decisiones.
Todo esto conlleva a limitar el desarrollo pleno de las mujeres, a la desconfianza en las instituciones, a la exclusión o desplazamiento; miedo y discriminación, pero también resistencia, de mujeres y hombres, e incluso de las instituciones.
Para eliminar esas violencias, las universidades deben tener longanimidad: capacidad para hacer frente a las adversidades y combatir la naturaleza del poder, el poder patriarcal y los micromachismos. Aclaró que la longanimidad no es resiliencia, porque no se trata de adaptarse a lo establecido, sino de transformar.
Finalmente, aclaró que existen leyes que rigen al país y a las propias universidades, por lo que cuando hay una denuncia o un acto de violencia machista en una universidad, debe existir observancia y acompañamiento por parte de esta, fortalecer a las víctimas y establecer protocolos de atención, prevención y sanciones.









