El miedo a la muerte es un componente central y subyacente de la experiencia del ser humano (Becker, 1973). A lo largo de nuestra historia, múltiples hallazgos arqueológicos sugieren que los humanos han pensado, sufrido o celebrado a la muerte e incluso los últimos años, hemos avanzado en nuestra capacidad cognitiva para contemplar y pensar nuestra propia muerte. No me atrevería a decir que en México las imágenes de la muerte son nuevas o siquiera que no son constantes. En un país donde se registran 11 mil 535 asesinatos durante el primer trimestre del año, que tiene una de las tasas más altas de feminicidio en el mundo y, en resumen, en un país donde incluso en medio de una pandemia, no disminuyen las tasas de delitos violentos; no podemos decir que las imágenes sobre la muerte son algo nuevo.
Ahora bien, la pandemia de COVID-19 ha dado lugar a muertes a escala global. Desde aquellas desgarradoras imágenes de convoys del ejército italiano trasladando ataúdes a las afuera de Bérgamo hasta las imágenes de las fosas comunes en Nueva York, al día de hoy no hay momento en que no leamos, escuchemos –o peor– experimentemos directamente con la muerte o sus sinónimos: fallecimientos, defunciones, decesos, etc.
La muerte no es algo nuevo, lo nuevo son los límites impuestos. La muerte por COVID-19 cambió nuestros rituales profunda e inmediatamente, privando a los vivos de cualquier oportunidad de despedirse o de llevar su pérdida de manera tradicional. Con la excepción de una muerte inesperada, como lo podría ser un ataque cardíaco o un derrame cerebral, usualmente los familiares y amigos cercanos suelen estar al lado de un ser querido en el momento de la muerte, capaces de acariciar una mano o dar un último beso. Con COVID-19 ya no es así. La naturaleza enormemente contagiosa del virus, restringe la entrada al hospital a los cónyuges, hijos, hermanos y amigos queridos. No hay adiós y si los hay, no hay contacto. Debido a los requisitos del cierre y el distanciamiento social, los funerales –si es que se permiten–se han limitado en el número de dolientes. No hay un encuentro para brindar consuelo o para conmemorar la vida de la persona fallecida y el sentido de pérdida se ve sobrepasado por la necesidad de abreviar los rituales fúnebres. La pandemia ha alterado todos los rituales familiares relacionados con la muerte y el entierro, independientemente de la fe o la práctica religiosa de la que se trate, lo que ha resultado en una profunda ambigüedad en las formas en que la gente experimenta la pérdida y consuelo.
En la cúspide de la pandemia en Italia, murió una familiar cercana y muy querida. Se trataba de la tía abuela de mi pareja, la única viva de su generación en la familia. La Zia Rosina tenía 93 años y por supuesto que la muerte era algo que cómo familia sabíamos y hasta cierto punto esperábamos; sin embargo en medio de la pandemia nada fue como lo planeábamos. La Zia ingresó al hospital y ningún miembro de la familia pudo estar con ella, ni durante su ingreso ni durante sus últimos días de vida. Cuando falleció, ningún miembro de la familia pudo ir a recoger su cuerpo al hospital. No hubo funeral ni mucho menos se pudo asistir al entierro. En el punto más álgido de la pandemia en Italia, la Zia se fue sin que ninguno de nosotros pudiera decirle adiós siquiera.
Cuando recibimos el mensaje de WhatsApp que nos avisaba de su muerte lloré inconsolablemente. Lloré porque la última vez que nos vimos me había prometido grabar todas esas historias maravillosas que me contaba, sobre sus padres, su familia, sus amigos y su vida. Lloré porque la Zia murió y jamás le dije lo mucho que la quería, no le dije lo mucho que disfrutaba sus historias, ni le dije cuánto le admiraba por haber llevado su vida de la forma que lo hizo, cómo mujer soltera en la Italia de posguerra. Lloré porque pensé que teníamos el tiempo del mundo para seguir platicando y no fue así. Lloré porque en medio de tanto muerto, ella se había ido, nosotros la habíamos perdido, ella se disipó. Porque hay una tumba con un cuerpo, una lápida y un epitafio. Me lo han dicho y lo sé, aunque a veces pienso que no es cierto. Y es que, entre los muchos desafíos que se enfrentan durante la pandemia, la privación de no poder ofrecer apoyo a un ser querido, la imposibilidad de despedirle y, en general, la pérdida del sentido de control sobre los acontecimientos deja en muchos de nosotros un constante sentimiento de desamparo. Cada uno de estos factores caracteriza las muertes que ocurren en el contexto de la pandemia, sean o no el resultado de COVID-19.
Los rituales fúnebres han estado presentes desde siempre en la historia humana y tienen como objetivo el demostrar un estado de luto que reconoce la importancia del ser fallecido. Las prácticas fúnebres proporcionan poderosas conexiones entre las personas que participan en ella ya que contribuyen a que los individuos lleven a cabo el proceso de duelo y de luto. En pocas palabras, los rituales mortuorios posibilitan la respuesta emocional a la pérdida y la manifestación pública del pesar por dicha pérdida. La pandemia no solo ha significado un aumento real de la muerte sino además ha ocasionado aumentos en la ansiedad por la muerte, esto debido a los rituales suprimidos que como humanos hemos adaptado para lidiar con ella. Es por esto que la muerte y el dolor en esta época del COVID-19 son particularmente desafiantes, porque estos ocurren súbitamente sin amortiguadores de apego normales, sin acceso a las relaciones/rituales fundamentales para moderar la pérdida, pero además porque la pérdida, el dolor y la angustia suceden dentro de un marco de restricción forzada de la proximidad física donde prima el esfuerzo por mitigar los contagios más que el reconocimiento de la pérdida de la vida de las personas queridas.
Aunque la pandemia nos ha venido a recordar a todos nuestra mortalidad, este no es un texto de ‘todos estamos en el mismo barco’. Ciertamente comprendo que en este momento es crucial generar empatías, pero no quiero dejar de lado que la pandemia afecta a cada individuo y a su grupo social de una forma particular. Las experiencias de vida están estrechamente vinculadas a un contexto estructural; clase social de pertenencia, sexo, género, edad, etnia, nacionalidad, estatus migratorio, posición geográfica, entre muchos otros. Un estudio dirigido por la Universidad McGill sobre las tasas de mortalidad por COVID-19 en 84 países, encontró que a mayor desigualdad económica aumenta el número de muertes por el virus. El estudio muestra cómo las diferencias globales en la mortalidad por COVID-19 se relacionan con la desigualdad de ingresos. Los investigadores encuentran que los países con una brecha mayor entre ricos y pobres (tales como Estados Unidos, Rusia, Brasil o México) están experimentando una epidemia más mortal.
La pandemia de COVID-19 ha puesto de manifiesto desigualdades históricas mostrando que las áreas con mayores inequidades son las más afectadas. Las comunidades más vulnerables tienen recursos limitados para afrontar la pandemia en comparación con las comunidades con mejores condiciones de vida. Las poblaciones más vulnerables, quienes no pueden trabajar en casa, se desplazan en transporte público y viven en condiciones de hacinamiento, son quienes tienen mayor exposición al virus y un menor acceso a los servicios de salud, lo que nos ofrece una explicación del por qué los países económicamente más desiguales están experimentando tasas de mortalidad significativamente más altas.
La desigualdad en las muertes de COVID-19 es trágica pero no sorprendente. Durante mucho tiempo, las poblaciones vulnerables han enfrentado condiciones de salud relativamente más precarias, una longevidad más corta y un menor acceso a una atención médica oportuna y de buena calidad. Y aunque nada es absoluto, frecuentemente los problemas de salud en comunidades históricamente vulnerables se manifiestan no porque no se cuiden a sí mismos, sino porque su acceso a los recursos de salud son inadecuados. En conjunto, estas condiciones estructurales son una receta para el desastre donde las consecuencias son el aumento de la exposición, el diagnóstico y la muerte de aquellos con menos recursos por el coronavirus.
En medio de los debates sobre el número de muertes oficiales por COVID-19 (150 mil muertes oficialmente reconocidas) el exceso de fallecimientos (370 mil fallecimientos) nos muestra el lado más trágico de la desigualdad además de dejar muy claro que cuando ocurren crisis –la pandemia en este caso– las desigualdades se exacerban en lugar de disminuir. Así que además de un reconocimiento por nuestras dificultades en el procesamiento del luto personal, familiar y colectivo también quiero pedir un reconocimiento por nuestras pérdidas políticas. La retórica política en algunos contextos sólo han servido para desviar la responsabilidad del gobierno mexicano por las muertes por COVID-19, y los discursos públicos continúan dejando de lado problemas históricos que deberían de seguir atendiendose la par de la crisis sanitaria. Si algo ha dejado claro este momento de pérdida colectiva es que debemos reclamar nuevos y mejores compromisos sociales, entre nosotros y con quiénes nos representan.
Sin afán de romantizar el dolor y la muerte, espero que este caleidoscopio de pérdidas (personales, económicas, sociales, políticas…) nos sirva para crear nuevas topografías, nuevos espacios y prácticas de acción más justas, menos desiguales. Aunque la situación parece desesperanzadora y la experiencia de desigualdad durante la pandemia parece sugerir que aún nada ha cambiado lo suficiente, comparto la esperanza de que la pandemia sirva como un llamado de atención para movilizar acciones para un cambio social radical y con ello para repensar nuestros modelos de existencia humana.

Referencias:
Becker, Ernest. The denial of death. Simon and Schuster, 1997.
Elgar, F.J., et al. (2020) The trouble with trust: Time-series analysis of social capital, income inequality, and COVID-19 deaths in 84 countries. Social Science and Medicine.









