Columna de Roberto Quintero
En esta columna que trata sobre emprendimiento, tendremos regularmente a una persona invitada, quien nos compartirá́ su testimonio y sus consejos. En esta ocasión recibimos con gran gusto la pluma de Alejandra Mustakis, empresaria y emprendedora chilena
Las cooperativas como motores de sociedades más justas y desarrolladas
Por Alejandra Mustakis, Empresaria.
A pesar de que algunas veces se piense lo contrario, en el mundo existen modelos económicos cuyas banderas son crear sociedades más justas, sostenibles y equitativas. Para ello, promueven valores como la igualdad, la democracia y la solidaridad, al mismo tiempo que emplean métodos con protocolos y responsabilidades para un desarrollo colectivo y sustentable en el tiempo. Una apuesta que hace mucho sentido hoy, cuando estamos abiertos a debatir sobre nuevos paradigmas productivos que contrarresten los males que el método lineal permite existir.
Un buen ejemplo de estos modelos son las cooperativas. Organizaciones controladas por una plana de socias y socios que ejercen participación directa en las decisiones comunitarias. Si bien existen algunas con niveles, estructuras y leves nociones de jerarquía, su base principal es que todas y todos valen y aportan lo mismo, ejerciendo un derecho a voto que permite acceder a beneficios comunes y a las resoluciones relevantes que se tomen en conjunto.
Esta mirada de la economía no surge en este siglo, ni en el anterior. Los registros indican que la primera cooperativa se fundó en 1844: la Sociedad Equitativa de los Pioneros de Rochdale (Inglaterra).
Fue creada por 28 obreros que, ante las provisiones y alimentos en mal estado que les proveía su indefensa situación de trabajadores en plena Revolución Industrial, decidieron autosustentarse y repartir los excedentes generados por su colectividad.
Establecieron principios básicos: acceso, propiedad y legitimidad ante los otros, sin saber que se convertirían en las bases del movimiento cooperativista hasta el día de hoy.
Con el paso del tiempo se han dado a conocer los efectos positivos de este sentimiento de comunión en distintos países del mundo.
En Japón, una de cada tres familias pertenece a una cooperativa, en India superan las 240 millones de personas y en Corea del Sur, reúnen a más del 90% de los productores rurales.
En Estados Unidos, las cooperativas eléctricas rurales abarcan a más de 42 millones de usuarios residentes en 47 estados, significando el 42% de las líneas eléctricas del país.
En Noruega, el sector produce el 99% de la leche y sus derivados, mientras que las cooperativas de consumo manejan el 25% del mercado. En Finlandia, están detrás del 74% de la producción de alimentos.
En España, hay más de 18 mil y generan cerca de 380 mil puestos de trabajos, promoviendo inclusión socio-laboral para mujeres y jóvenes.
Estos modelos son capaces de fomentar una sociedad más igualitaria y generadora de reales opciones de movilidad social a la población, ya que brinda la oportunidad de desarrollarnos a partir del talento, la experiencia y la búsqueda de la sociedad que soñamos.
Distintos actores trabajando juntos, como una gran empresa, que tienen claro que en la comunidad reside el valor más importante, como una familia. Todo esto me recuerda a John Stuart Mill, quien decía que «no hay mejor prueba del progreso de la civilización que el progreso del poder de la cooperación».










