Por Ernesto Ordaz Moreno
Una sociedad que desconoce su realidad es víctima de la manipulación. La ignorancia somete, limita y reduce la capacidad de acción, al verse reducido el discernimiento; en contraposición, también es atrevida y temeraria.
La modernidad y sus complejas relaciones mundiales demuestran que los intereses económicos son el factor decisivo, colocan a nuestra nación en un mercado de sometimiento y manipulación, dependemos del vecino imperio y sus prioridades, incluso los grupos delincuenciales en nuestro territorio giran alrededor de sus intereses económicos, al ver que el negocio de estupefacientes y armas ha mantenido, e incluso, aumentado sus ganancias, en detrimento de la ciudadanía.
El mundo se ha vuelto más violento, ‘mafias’ se apoderan del comercio y del Gobierno, pues generan poder y acumulación de riqueza, desgarrando los tejidos sociales. El resultado del individualismo del capitalismo agresivo fue la valoración de una esencia autodestructiva del ser humano, pues los grandes negocios económicos están ligados a la violencia y, por ende, a la muerte. Y, al final, lo único trascendente, lo importante, es el dinero.
Durante varios años se ha generado un proceso de desintegración, de desinformación, que genera desconfianza; gradualmente se han modificado los conceptos esenciales de México, exceso de leyes sin un sentido fundamental, la responsabilidad y la legalidad aminorada, el acceso de personas incompetentes a altos cargos. Todo eso ha provocado que la verdad sea un tema utópico; por ello, la corrupción y la mentira se aplauden, de ahí que muchas personas piensen en violar la norma pues la impunidad prevalece. Aunado al populismo imperante, el uso de la mentira reiteradamente (Goebbels), la conclusión está más cerca del totalitarismo, que se potencializa con la ignorancia de la sociedad.
En esta tesitura, llega a la mención la importancia del Estado y de las reglas, pues provocan orden, armonía entre los integrantes de la sociedad, ya que regulan sus relaciones, permitiendo o limitando acciones específicas al interactuar, así como resolver sus intereses en discordia.
No obstante, en el caso particular de nuestro país, paradójicamente, el grupo que gobierna promueve la anarquía, pues su discurso lo centra en una revolución constante, incluso promueve romper con las instituciones y paradigmas existentes, por encima del Derecho y las leyes, dan prioridad a la justicia. Ciertamente, el discurso es contradictorio, pues promover un cambio y justicia, se entendería para un grupo opositor, no para quienes gobiernan.
El pretender desconocer la Constitución, como regla fundamental del país, provoca desorden. Intentar desestabilizar para generar un cambio de statu quo de algunos sectores, resulta irresponsable. Claro que las revoluciones son producto del desmoronamiento de la autoridad política (Hannah Arendt), pero todavía estamos a tiempo de generar justicia social, respetar las leyes e, incluso, modificarlas, pero cumpliendo el orden constitucional, ya que la justicia es intrínseca al derecho, debido a que ser justo implica la ética, equidad y honradez, pero partiendo de la base de un individuo preparado, alfabeta, racional y, así, siendo un ciudadano intelectualmente apto, alcanzará la libertad e igualdad.
El derecho también se relaciona con el poder, pero limitado para no ejercer dominio sobre los demás, sino respetar su libertad, dado que sin legalidad no hay libertad (Piero Calamandrei) y ésta se robustece en la ley, mostrando al individuo lo que debe hacer (previsto en la norma) para vivir en seguridad y certeza; no hay democracia sin Estado de Derecho.
La intención de generar autoridad sin Estado, sin derecho y sólo cumplir con normas intrínsecas de justicia correspondería a una sociedad altamente preparada, culta, y todavía estamos muy lejos de ello. Sin embargo, resulta perversa la intención de que, desde las esferas de Gobierno, del poder, se implosione la estructura constitucional del Estado, a menos que quieran gobernar el apocalipsis zombie…

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