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El mundo iluminado

Por Redacción
21 mayo, 2021
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El mundo iluminado

Por Miguel Ángel Martínez Barradas

Amar es, en nuestra cultura occidental, uno de los más grandes valores. El amor une, concilia, comprende. Por el amor es que el espíritu se eleva, supera los niveles de la cotidianidad y halla en la forma temporal el rostro de lo que nunca muere, de lo eterno. El amor tiene como otros de sus nombres el del bien y el de la libertad, y son el dolor, la humillación y el mal regiones que conoce, incluso que comprende, pero que nunca visita. Siendo así el amor una virtud excelsa ¿es que todos pueden amar?, ¿sería posible proponer que el amor es sólo accesible para una minoría, para aquellos espíritus sabedores que tienen al bien y a la libertad como máximos ideales vitales?

Constantemente al amor se le confunde con el placer, con aquello que algunos llaman “enamoramiento” (Amor y Placer son dioses hermanos en la mitología griega). Unos besos no son amor, unos abrazos tampoco lo son, mucho menos la atracción física. Besos, abrazos y atracción podrían estar en el amor, pero también existir fuera del amor y esto es lo que más sucede.

El enamoramiento es placer, satisfacción del ego, culto al yo que se deleita en un cuerpo ajeno y por eso innumerables relaciones humanas fracasan tan pronto como el placer comienza a adquirir los sabores de la costumbre. Terminado el enamoramiento, es decir, cumplida la satisfacción hasta el hartazgo en el cuerpo ajeno, el enamorado de sí mismo abandona al otro para buscarse a sí mismo en alguien más. Siendo así, es el enamoramiento y no el amor lo que más ocurre en nuestra especie. Amar es un privilegio de pocos.

Recuperando la mitología, el dios encargado del enamoramiento, es decir, de la simple y llana atracción física, es Eros, divinidad que se pasea por el mundo disparando a diestra y siniestra sus flechas dirigidas a los corazones humanos, a los pechos hambrientos de placer. Los que son afortunados reciben una flecha dorada, encontrando en ella la apertura de las puertas del deleite, por el contrario, las almas desgraciadas son penetradas por las flechas de plomo, las cuales envenenan la sangre y hacen que la historia de los amantes se hunda en un abismo de placer y odio. La historia de nuestras pasiones es la de dos saetas ponzoñosas cortando el aire.

De los amantes que son tocados por las flechas doradas tenemos menos ejemplos que los de aquellas víctimas de Eros que sintieron el plomo correr por sus venas, quizás porque éstos últimos son muchas veces más apasionantes, por cercanos a nosotros, que los beatos. De las víctimas del plomo, citemos el caso que ocurrió entre dos jóvenes apasionados del Uruguay de principios del siglo XX, se trata del comerciante Enrique Job Reyes y de la poetisa Delmira Agustini quienes, por cuestiones poco precisas, se enamoraron y casaron cuando ambos pasaban ya los veinte años de edad.

De la envenenada pareja fue Delmira quien más destacó, publicó en vida tres poemarios, dejando sólo como promesa el cuarto de ellos y que llevaría el magnífico título de “Los astros del abismo”. De su poesía publicada fue “Los cálices vacíos” su poemario más completo y que deja ver que los temas de Agustini son básicamente dos: el erotismo y el Misterio (¿acaso no son de alguna manera lo mismo?), el breve poema llamado ‘El raudal’ da cuenta de ello: «A veces, cuando el amado y yo soñamos en silencio, –un silencio agudo y profundo como el acecho de un sonido insólito y misterioso– siento como si su alma y la mía corrieran lejanamante, por yo no sé qué tierras nunca vistas, en un raudal potente y rumoroso.»

El comerciante y la poetisa se casaron en agosto de 1913 por cuestiones desconocidas y cincuenta y tres días después Delmira estaba de vuelta con su madre, tan poco les duró el enamoramiento, pero es entendible, nunca ha sido fácil conciliar el mundo de la poesía con el del dinero, mucho menos cuando se tienen aspiraciones mistéricas como las de Agustini, quien entre los muchos versos que concibió, nos dejó los siguientes:

«Me abismo en una rara ceguera luminosa un astro, casi un alma, me ha velado la Vida. ¿Se ha prendido en mi cómo brillante mariposa, o en su disco de luz he quedado prendida?… Preparadme una barca como un gran pensamiento, la llamarán ‘La Sombra’ unos, otros ‘La Estrella’… Yo muero extrañamente. No me mata la Vida, no me mata la Muerte, no me mata el Amor; muero de un pensamiento mudo como una herida… ¿No habéis sentido nunca el extraño dolor de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida, devorando alma y carne, y no alcanza á dar flor? ¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?…»

Los anteriores versos pertenecen a diferentes poemas y épocas de la poetisa uruguaya. Los escribió antes de casarse con el comerciante y los siguió escribiendo después de escapar de él, o al menos eso parecía, pues recordemos que ambos fueron atravesados con las flechas de plomo, por lo que, a pesar de su divorcio, ninguno de los dos fue capaz de distanciarse verdaderamente del otro y continuaron viéndose a escondidas en cuartos cada vez más lúgubres y distantes de Montevideo.

Delmira, con su poesía, fue una visionaria, sin embargo, aquella luz que en uno de sus poemas la abismó en una ceguera luminosa le impidió ver que el comerciante tenía en su nombre la desgracia, se llamaba Job, como el profeta que se rodeó de muerte.

Un año después de su separación y consumado su divorcio, Delmira y Enrique se vieron en un hotel, los dos seguían envenenados por las flechas de Eros, sin embargo, en este encuentro no estuvo presente el dios alado, tampoco hubo flechas ni arcos, tan sólo Delmira, Enrique y una pistola.

¿Qué pasó ahí? ¿Discutieron? ¿Se amaron? Nadie lo sabe. Tan sólo hay constancia de que el comerciante, imitando al alado dios del amor, sacó su arma, apuntó a la cabeza de Agustini y la descargó dos veces en el cráneo de su efímera esposa. Consumado el acto, el comerciante se recostó en la cama y deseando enamorarse de sí mismo se disparó en la sien, rodando al suelo, las armas de Eros.

www.elmundoiluminado.com

Etiquetas: El mundo iluminadoMiguel Ángel Martínez Barradas
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