Por Nathaly Rodríguez Sánchez
La violencia machista es una expresión de reclamo de poder que tiene lugar en una estructura social en la que existen rígidas divisiones en la asignación de funciones de acuerdo con el sexo biológico de los individuos. En efecto, y por fruto de una construcción sociocultural que tiene lugar en el tiempo largo de la historia, los seres humanos acabamos exigiendo determinados comportamientos a los sujetos en consonancia con la información corporal que observamos en ellos.
A las mujeres, por ejemplo, se les exige en las sociedades latinoamericanas cumplir con labores relacionados con el cuidado de otros ycon ciertas actitudes o rasgos de carácter marcados por la pasividad, la obediencia y la afectividad (para tener un referente más plástico de ello pensemos aquí en el estereotipo de la madre abnegada tan extendido como aplaudido en nuestros contextos), en paralelo de los varones se espera dominio de las emociones, rasgos de liderazgo, uso de la fuerza física y trabajo emplazado en el espacio público y liberado de las labores doméstica (que el 99.9 por ciento de los ejércitos del mundo estén conformados por varones nos muestra la ideación prevalente que existe sobre lo masculino). Pero ese reparto de funciones y características no se encuentra vacío de asignaciones de poder.
Si reparamos en las consideraciones que tenemos sobre esas labores y rasgos de comportamiento nos daremos cuenta que existe una valoración implícita de que aquellos que relacionamos con lo masculinolos entendemos como más valiosos, superiores, mejores que los que entendemos como femeninos (las bromas o el hostigamiento entre varones relacionadas con el afeminamiento pueden explicarse desde esta asociación cultural).
La violencia machista se desata cuando se naturaliza y exacerba ese lugar de poder, en resumidas cuentas, es una expresión desmedida de fuerza argumentada en un permiso cultural que naturaliza la desigualdad entre los sexos y el poder de los varones.
Ahora bien, no creamos que esta forma de comprender el lugar que «nos corresponde» en la sociedad según el sexo biológico que ostentamos es solamente producida y reproducida por los varones (que serían los sujetos que reciben las dádivas de esa estructuración): unos y otrassomos socializados en la misma cultura de género y si esta es androcéntrica y patriarcal, no dudemos que las mujeres tambiénafianzamos y reproducimosla inequidad al verla como propia del deber ser. Así las cosas, la explosión violenta de un varón dando un golpe sobre la mesa, ya vemos, está soportada por un andamiaje cultural que le susurra e insiste que tiene derecho a reclamar su lugar dominante y prioritario. Cabe entonces ahora preguntarnos cuán activamente participamos para dar empuje al brazo que sustenta el golpe, esto es, cuánto participamos en el armado de ese andamiaje que otorga centralidad y poder a lo masculino.









