El Heraldo de Puebla

El mundo iluminado

Fugaces instantes

Por Miguel Ángel Martínez Barradas

Dice Aristóteles, el antiguo filósofo griego, que todos los seres humanos tenemos un deseo natural de saber. Desde nuestra primera infancia, desde el estado más tierno que tenemos al nacer, deseamos saber, aunque somos inconscientes de ello, tanto de nuestro deseo como de nuestro conocimiento. El deseo de saber es al principio invisible, no lo vemos ni sabemos que está ahí, pero conforme nuestros ojos se van abriendo al mundo y nuestra consciencia crece junto con nuestra curiosidad descubrimos que hay aspectos de la vida que nos interesan y de los cuáles queremos saber más dando paso al aprendizaje.

Es posible afirmar que todo ser humano, por su deseo natural de saber, es un filósofo en potencia. Todos nos hacemos preguntas y también todos damos respuestas a partir de lo que creemos cierto, pero esto no basta para decir que somos filósofos, a pesar de nuestro deseo natural de saber. La filosofía busca respuestas, aunque su verdadero fin es más bien enseñar la manera correcta de preguntar; la respuesta es el pretexto, el motivo, de la pregunta. Equivocadamente se piensa hoy que palabras como “filosofía”, “saber”, “conocimiento” o “preguntar” tienen que ver con el ámbito escolar, no es así, pues estas palabras, sobre todo la segunda y la cuarta, aparecen en nuestra vida cotidiana, pues todos, como dice Aristóteles, queremos saber, pero para ello debemos primero preguntar, aunque, irónicamente, preguntar es también un saber.

La admiración, llamada por los griegos antiguos “zaumasein”, es la puerta de entrada al saber. El ser humano no aprende por imposición, sino por admiración. Pensemos, por ejemplo, cuánto sabemos de historia, que es una disciplina que generalmente se nos impone, y cuánto sabemos de aquella persona que, por nuestra libre y espontánea libertad, admiramos, ya sea ésta un artista, un deportista, un sabio o cualquier otra. Los presocráticos, que fueron los primeros filósofos griegos, estaban convencidos de que la admiración era la puerta de entrada al saber, pues en ella había al mismo tiempo curiosidad y un deseo de ser semejantes, de ahí que a quien admiremos también lo imitemos.

A la admiración, como ya vimos, la acompañan la curiosidad y la imitación, eso pensaban los presocráticos, sin embargo, cuando Platón se alzó como el gran filósofo de la antigüedad sumó a la ya mencionada lista un elemento más: el delirio, el cual consistía en un “estar fuera de sí mismo”, el delirio, en este sentido, era una locura poética que nos revelaba algo de la Verdad suprema, algo que tenía que ver con lo sagrado, con Dios si queremos decirlo en palabras cercanas, algo concerniente a la esencia verdadera del mundo.

La existencia de mujeres en las ciencias y las artes en la antigüedad es escasa, sin embargo, conforme las sociedades fueron conquistando nuevos derechos la inclusión de las mujeres en distintos ámbitos ha sido posible y la filosofía no es la excepción. María Zambrano, nacida en España durante el siglo pasado, es una de las tantas mujeres que han destacado en lo filosófico. Desde su infancia, Zambrano supo que quería saber, ella sintió admiración al mismo tiempo que delirio y fue así que inició un arduo camino filosófico que le fue reconocido hasta que ella se encontraba en su vejez.

La obra de María Zambrano es sumamente amplia, por lo que sería imposible detallarla aquí, así que basten sólo unas líneas de una obra que escribió en México bajo el título “Filosofía y poesía”; Zambrano, sobre el deseo natural de saber, dice: «Vale más condescender ante la imposibilidad, que andar errante, perdido, en los infiernos de la luz. La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía busca, requerimiento guiado por un método. La filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento. El filósofo persigue la unidad, el poeta la multiplicidad. ¿Por qué si todos tienen deseo de saber, tan pocos son los que le alcanzan?»

Decíamos que la filosofía, más que buscar respuestas, se interesa por saber hacer preguntas precisas, y vaya que María Zambrano lo logra cuando increpa a Aristóteles con aquella pregunta de por qué si todos quieren saber, son pocos los que lo consiguen. Sin temor a errar, podríamos afirmar que pocos logran saber a causa del objeto de su admiración y es que en nuestra sociedad contemporánea aquello que se admira, aquello que se tiene por objeto de culto, generalmente va acompañado de la condición de mediocre, es decir, se admira lo que es fácil de admirar porque no requiere ser pensado en demasía y esto, aunque nace de la curiosidad, termina aniquilando nuestra curiosidad y, por ende, nuestro deseo de saber. Por lo que no basta con admirar para saber, sino que así como para preguntar hay que saber, para admirar también. El conocimiento, en este sentido, es irónico, pues ¿cómo saber cuando no se sabe nada?

Además de sus ensayos, Zambrano escribió poesía filosófica, “Delirio incrédulo”, es un ejemplo del que podemos recuperar estos versos en los que la duda filosófica existe: «Bajo la flor, la rama; sobre la flor, la estrella; bajo la estrella, el viento. ¿Y más allá? Más allá, ¿no recuerdas?, sólo la nada». Nada, pero contradictoriamente todo, por eso Zambrano en uno de sus ensayos nos dejó esta frase: «Cada pieza de música es una unidad y sin embargo sólo está compuesta de fugaces instantes». Ahora, las preguntas: ¿A quién o qué admiro? ¿Todavía poseo ese deseo natural de conocer? ¿Prefiero que me den respuestas o hacer preguntas? La nada, dice Zambrano, es lo que está más allá de nosotros, sin embargo, mientras estemos aquí la música, la búsqueda del saber, resuena y de nosotros depende escucharla no importando que sólo seamos fugaces instantes.

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