De inclusiones tacañas
Por: Dra. Nathaly Rodríguez Sánchez
Varias veces he escuchado una oración que parece traer una disculpa anticipada para el comportamiento de quien la pronuncia; un comportamiento intolerante, ruinoso para la vida en colectividad en la diferencia, sin lugar a dudas. Es una que suele surgir cuando se habla de personas que no cumplen con el binarismo de género (hombres afeminados o mujeres masculinas) o, todavía más recurrente, en las charlas sobre los desobedientes de los mandatos de la heterosexualidad: “No tengo inconvenientes con ellos (o ellas), que sean lo que quieran ser, pero que no se metan conmigo y además qué necesidad tienen de ser llamativos, vistosos”, rezatal frase.
A ella bien puede seguirleel movimiento de varias cabezas que asienten el comentario y, posiblemente, el cuestionamientoa las marchas del orgullo gay, al travestismo, a las expresiones del afecto homoerótico en público, etc., y esto pues, al fin y al cabo y cumpliendo con reglas de la cordialidad, antes ya se ha escuchado una manifestación de inclusión.Decía que me parece que en la frase viene inserta una disculpa para su emisor porque, si reparamos un poco en ella,al fin de cuentas se termina culpando al sujeto homosexual/ lesbiana/ transexual o transgénero del rechazo que puede recibir si es que llega a manifestar su heterodoxia sexogénericade forma franca y evidente: esto es, si resulta notoria su condición divergentedesde la forma en que viste, anda o habla.
Así la cosas, lo que parece insinuarse con esa frase, que vamos entendiendo está empapada en su construcción por las necesidades de lo “políticamente correcto”, es que los otros tienen derecho a ser, pero sin escandalizar a las buenas conciencias, esas de aquellos que consideran que tales comportamientosaún resultan inadmisibles y por ende objeto de censura. Apartados de la cotidianeidad de los que supuestamente somos más y cumpliendo con las reglas de fachada de la heterosexualidad, se deduce desde esa visión, pueden ser aceptados los sujetos de la diversidad sexual. ¡Pero qué tacaña forma de inclusión! ¡Cuán avara y convenciera resulta entonces la declaración inicial de apertura! Se pide ya en el conjunto de esa frase, ni más ni menos, que el otro de la heterosexualidad se desvanezca, guarde silencio, desaparezca.
La teórica estadounidense Judith Butler, una de las filósofas pilares de la teoría del género, mencionaba en alguna ocasión un viejo recuerdo sobre la violencia desatada en un pequeño pueblo de los Estados Unidos contra un chico joven que contoneaba las caderas y que se sabía era homosexual. Butler pensaba, de forma adolorida e incisiva para desatar la reflexión, por qué ese movimiento de caderas afeminado había ocasionado que en una noche cualquiera el joven hubiese sido golpeado por otros jóvenes del pueblo hasta morir. Pienso ahora cuál fue el elemento que detonó la ira de esos que el pasado sábado 3 de julio golpearon a Samuel Luiz Muñiz en La Coruña (España) hasta también asesinarlo mientras le insultaban por ser homosexual.¿Por qué al chico del recuerdo de Butler y a Samuel se les pensaron como menos humanos, como sujetos de molestia y objeto de agresión? ¿¨Por qué sabemos de tales casos pese a que ya se han dado pasos en las leyes para castigar la homofobia?
Al parecer aún habitamos un mundo en el que la inclusión reside en los estrechos muros de lo políticamente correcto mientras se le sigue haciendo el guiño al rechazo franco, a ese que degrada, al que puede acabar matando, a ese velado que nutre la frase de la que hablábamos antes.Para no postergar responsabilidades personales, ahora nos queda por tarea preguntarnoscuán generosa y abierta a un cambio radical de nuestras formas de vida en colectividad es nuestra inclusión a la diversidad sexogenérica. Pregunta desestabilizante de actos impensados y habilitante de la vida en real dignidad de muchos y muchas.

*Académica Investigadora del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana Puebla, SNI I.









