En los últimos días hemos visto con asombro y horror las escenas de cientos de mujeres que corren temerosas por las calles de Kabul (capital de Afganistán) por la llegada de los talibanes, quienes victoriosos retoman el Gobierno del país después de la intervención estadounidense.
Por redes sociales, a su vez, se han difundido múltiples noticias y piezas de comunicación en las que se señala las restricciones a las que posiblemente puedan verse sometidas las vidas de las mujeres en tales territorios.
La reducción en el tipo de trabajos que ellas pueden desempeñar, las cubiertas casi al límite que se demandan sobre sus cuerpos, el cierre de sus posibilidades educativas formales y los múltiples disciplinamientos cotidianos que pueden sufrir con miras a que cumplan con los deberes del imaginario islámico de mujer y esposa hacen parte de esos horizontes poco promisorios en los que se ve reducida la posibilidad de una vida en autonomía y libertad para ellas.
El portavoz de los talibanes, Zabihullah Mujahid, según recuperó The New York Times, aseveró el pasado 17 de agosto:
«No se permitirá ningún prejuicio contra las mujeres, pero los valores islámicos son nuestro marco de referencia».
Si reparamos con calma en lo dicho, se notará que en esa oración se esconde, por una parte, el interés por legitimación de un régimen que busca mostrarse moderado para salvar el trato internacional que puede recibir y, por otra, acudir a una adscripción religiosa y cultural para defender el trato que ellos designen para quienes consideren en los siguientes meses como transgresoras de un orden social ortodoxo en el que el cuerpo femenino es asimilado con tentación y por ende objeto de regulación.

Pero no creamos que estamos ante un evento inédito en este trato hacia las mujeres. Los talibanes hacen uso del supuesto lugar inamovible otorgado a ellas en su cultura para justificar las transgresiones a las libertades de las mujeres y de ese mecanismo discursivo otras sociedades emplazadas en las latitudes de la hegemonía cultural occidental también han echado mano: las restricciones educativas que en diferentes grados se mantenían para el acceso de las mujeres a la educación superior y al mundo laboral de paga durante la primera mitad del siglo XX son buena muestra de ellas y tenían como base la lectura de los cuerpos femeninos como más débiles y por naturaleza supuestamente entregados al cuidado de otros. No podemos olvidar pues que las mujeres han ganado de forma muy reciente, a lo mucho poco más de un siglo, las libertades de las que hoy gozamos en Occidente y aún nos queda en la mira un extenso panorama de trabajo para desmontar hábitos que reproducen y defienden como inamovibles a los designios patriarcales.
Lo efímero que pueden ser tales victorias en las libertades de las mujeres, mostrado en los pasos presurosas de las afganas y en esa arrogancia escondida de los talibanes que justifican el privilegio masculino, nos recuerda la importancia de mantenernos en guardia para la defensa de ellas y, aún más, tener la suficiente pericia para desestructurar los discursos que naturalizan la subordinación de las mujeres.

Fotos de Twitter @F_Desouche y @informativost5









