Por Carolina Gómez Macfarland
Caminamos por la calle y de repente, una o varias parejas de adolescentes caminan de la mano, se besan o acarician y se les ve muy felices.
¡Dios, qué escenas son esas!
Diferentes reacciones son las que vemos al pasar. Tal vez alguna señora mayor que pone el grito en el cielo por catalogar estas escenas como casi pornográficas. Alguien que mira con curiosidad. Y muchas ideas y emociones pasan por nuestra cabeza.
La adolescencia es una etapa del ciclo vital, sumamente importante, pues aquí confluyen varios aspectos del ser humano, un cambio drástico, donde la realidad se muestra cruda y abrumadora. En esta etapa, se presentan modificaciones corporales y hormonales importantes, y en consecuencia se observan cambios en su estado de ánimo, miedos, y también muchos complejos por tener en ese momento un cuerpo no tan perfecto como quisieran.
Los cambios psicológicos también se presentan e invitan, o más bien empujan al chico a enfrentar una realidad dolorosa, pues mientras son pequeños, los niños pueden mediante el juego, manejar situaciones conflictivas y se refugian fácilmente en la fantasía, pues aún no alcanzan a tener un juicio lógico como lo tiene el adulto. De esta manera los adolescentes abren su mirada a un mundo que no les permite esconderse tan fácilmente, así, los problemas de casa, de los padres, económicos, patologías y demás, son enfrentados bruscamente, además de que las demandas sociales son más exigentes ahora. Un momento de vida realmente complicado.
Y entre tanto cambio en sus necesidades o intereses, también se presenta la necesidad de pertenecer a un grupo de iguales, de saber quién es o hacia dónde va. No encaja en algún grupo conocido, como son los adultos o los niños, hay ahora un deseo de profundizar en sus relaciones y de tener un compañero especial, un sentimiento diferente a los que conocía en la infancia, acompañado de un claro miedo a no ser aceptados ni por su grupo ni por quien es blanco de su joven corazón.
Sin embargo, las relaciones de noviazgo se presentan, se pasa de una simple simpatía a un encuentro más cercano e intenso, donde existe respeto, comprensión y ternura. Además de que se vive una gran satisfacción personal, un regreso de la seguridad y la confianza de que sí son dignos de ser amados y mirados por otra persona. Esa persona que les quiere tal y como son, sin importar su imagen, su condición económica o anímica, sin importar la religión y todas esas cosas que con el tiempo, los adultos hemos puesto en medio de cualquier relación íntima.
Cierto es que, sin importar el tiempo que dure un noviazgo durante la adolescencia, las necesidades emocionales están presentes como en una relación a cualquier otra edad. Se elige a la pareja de acuerdo a lo que se requiere en ese momento: compañía, escucha, caricias, atención, reafirmación o motivación. Y es así como esas necesidades pueden verse satisfechas, descubriendo al mismo tiempo que existen emociones desconocidas hasta entonces, que, de no haberse acercado a alguien, no podrían haber sido identificadas tan fácilmente. Tal es el caso de los celos, la dependencia, la envidia o la competencia, dando la oportunidad de trabajar en ellas. Una especie de ensayo que servirá para un futuro en donde se establecerán relaciones más maduras con un nivel más alto de compromiso.
El amor de adolescente es hermoso, pero difícil de comprender. Las emociones se disparan y las ideas se confunden. Sin embargo, puede ayudar a los jóvenes a fortalecer su confianza y crecer como individuos congruentes.
Los padres suelen asustarse principalmente por la situación sexual, un embarazo, una enfermedad y tal vez por una situación de violencia, o simplemente por miedo al dolor que su hijo o hija puedan sentir tras la relación misma o su ruptura.
Pero es siempre conveniente como padres, analizar los aspectos que se mueven dentro de nosotros al observar a nuestros hijos entrar a un momento de vida diferente. Pues muchas veces la propia adolescencia de los padres no fue precisamente algo satisfactorio, y seguramente no se lograron concluir algunas historias, que ahora se ponen de frente con su nueva realidad. Aspectos escondidos o adormecidos que ahora despiertan y asustan, al ver al hijo moverse hacia una relación de pareja.
Un momento de noviazgo, mueve a más de uno dentro del sistema familiar. E invita a retomar todo aquello que quedó en pausa y ponerlo sobre la mesa, para reubicarlo en la presente vida de adulto. Obliga a los padres a modificar su propio contrato o reglas familiares, y resignificar sus creencias hasta ahora dominadas.
Siendo seres relacionales, durante el noviazgo, el adolescente puede verse a través de la mirada del otro. Facilitando la autoaceptación, la socialización y muy probablemente, hasta su rendimiento académico.
Esta etapa de vida romántica y casi mágica, es una oportunidad para fortalecer habilidades sociales, favorecer la honestidad y el respeto, solucionar conflictos, y a que el chico pueda descubrir su propio cuerpo y comenzar a vivir su sexualidad de una manera saludable.
El amor en esta etapa significa mucho más de lo que creemos. Significa conocernos y amarnos a nosotros mismos a través de la mirada de alguien que nos quiere como somos, a través del respeto recibido por el ser amado, conocer el compromiso y la responsabilidad por el otro, todo esto que nos enseña o recuerda que sí somos seres dignos de ser amados y respetados como los mejores.
A través del tiempo, tendremos otras parejas y no será una eterna luna de miel, sin embargo, en momentos difíciles, donde la vida nos muestra una cara fea y nos sentimos lastimados, podremos recordar que alguna vez fuimos amados por alguien, que pudo ver nuestro corazón, nuestra esencia y nuestra unicidad. Y tener entonces la certeza de que somos y nunca dejaremos de ser seres valiosos.

Y RECUERDEN, TODO SALDRA BIEN AL FINAL. Y SI LAS COSAS NO ESTAN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.
FACEBOOK: CAROLINA GOMEZ MACFARLAND CENTRO DE PSICOTERAPIA PUEBLA









