Por Miguel Campos Ramos
La Academia de la Lengua Española ha sido muy firme en cuanto al asunto del idioma incluyente, ese que plantea incluir supuestamente a todos y todas con el argumento de que el idioma tradicional ha sido y es machista. A causa de llevarle la contraria a dicha institución, tal modalidad incurre en aberraciones como: “Las y los diputados.” ¿Por qué aberraciones? Porque de nada sirve decir “las y los” si al final se usa el muy machista “diputados”. ¿Qué pasaría si se dijera: “Los y las diputadas?” Bueno, sin duda se generaría una confusión momentánea pues la mente de los hablantes (o sea, los usuarios de la lengua) está habituada al idioma justamente “incluyente” tradicional, es decir, aquel que utilizando el masculino incluye sin embargo al femenino. Esto es: si se dice: “Los diputados”, la mente del hablante intuye que la frase abarca a las diputadas. Igual ocurre si se dice: “Los maestros de México están dispuestos a volver a clases presenciales.” En efecto, pues no significa que “las maestras” no lo estén. Usar la modalidad, que no moda, del “idioma incluyente”, tendría que exigir en sentido estricto una frase como la siguiente: “Los maestros y las maestras de México está dispuestos y dispuestas a volver a clase presenciales.” Y esto sonaría atroz.
En conclusión, con modificar el género de los artículos o de algunos adjetivos no se va a cambiar la condición de las mujeres. Éste es un problema de educación. El idioma no es culpable de la discriminación. Por eso no evoluciona a fuerza de imposición de modalidades o de leyes. Evoluciona de modo natural. Un ejemplo contundente: hace siglos se leía en la novela “Amadís de Gaula”: “Lo me dijo.” Y era la forma natural. Así se entendían perfectamente en los albores del idioma español. Luego esto evolucionó a “díjomelo”. Y más tarde (hoy) a “me lo dijo”. Pero todo ocurrió de nodo natural, sin imposiciones.
Recordemos: nada por la fuerza… Y menos por la fuerza de la imposición ideológica de unos cuantos, o, peor, de unas cuantas. Persistir en esto sólo causa confusión y, paradójicamente, discriminación, pues quienes usan “todes”, “tod@s” o, peor tantito, “todxs”, creyendo que así incluyen a hombres y mujeres y todas las variantes o inclinaciones sexuales, excluyen inconscientemente a quienes consideran bien definida su condición sexual, que sin duda son la mayoría. Entonces, ¿quien discrimina a quién? No hay que ser más papistas que el papa.
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Lo que sí debe cuidarse en materia del idioma es la “precisión” de las palabras, así como el peso de sus significados. Veamos por qué. La secretaria de energía, Rocío Nahle, en una entrevista al salir de Palacio, negó que la refinería de Dos Bocas estuviera inundada, según una foto. Entonces dijo esta frase que sin duda la marcará, sobre todo luego de que el presidente le dio un “espaldarazo”: “…está quedando preciosa la refinería, está muy bonita…” Primera falla: al utilizar dos adjetivos que se refieren a lo mismo, a la belleza, y que parecen sinónimos sin serlo, confunde, pues surge la pregunta: ¿está preciosa, o está bonita? Hubiera bastado “preciosa” pues esta palabra tiene un grado mayor de belleza que la otra, a la cual incluye. Por lo demás, la descripción de una refinería no es asunto de “belleza”, lo cual es algo muy subjetivo, sino de técnica, por lo cual la señora secretaria debió decir algo como: “su construcción avanza, los trabajos van en tiempo y forma, será concluida en fecha tal y tal”, etc.

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Lic. en Letras españolas, escritor, ha publicado 37 libros y dictado alrededor de 600 conferencias; además, ha sido catedrático de las universidades Autónoma de Puebla, Pedagógica Nacional, y Realística de México, y fue Director de Cultura del Ayuntamiento de Puebla, así como Subsecretario de Cultura del Gobierno del Estado de Puebla.









