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Secuestrado

Por Carolina Gómez MacFarland
25 noviembre, 2021
En Análisis
Secuestrado


Conocido así por el incidente ocurrido en agosto de 1973 en Estocolmo, donde tras el secuestro de rehenes en un atraco de un banco en Suecia, el psiquiatra designado para la negociación donde se pretendía la liberación de las personas retenidas, se percató de que una de las rehenes defendió a uno de sus secuestradores declarando posteriormente, la gran confianza que tenía en él, aún a pesar de que había sido secuestrada y su vida amenazada, durante días.

El observar este comportamiento, daría pauta a un análisis minucioso del mismo, que explicara esta paradójica respuesta. Entendiendo que no era un real afecto ni mucho menos un enamoramiento, sino una sutil manera de salvar la vida.

Desde entonces, aun cuando no se considera una patología per se, este comportamiento se nombra SINDROME DE ESTOCOLMO. Que básicamente es un fenómeno donde la víctima desarrolla un vínculo afectivo o positivo hacia su captor, como respuesta e intento de supervivencia al trauma del cautiverio.

El trauma o acto de ser capturado, abarca mucho más de lo que conocemos. Comúnmente relacionamos este síndrome con un secuestro llevado a cabo por alguien que muchas veces no conocemos, y con quien se establece una “relación afectiva”. Sin embargo, este síndrome puede presentarse tras una relación violenta con los padres o con la pareja, en actos terroristas, en miembros de algunas sectas, en prisioneros de guerra, por mencionar algunos.

La repetida experiencia de agresión y de vulnerabilidad, son situaciones que amenazan definitivamente a la seguridad física y emocional de quien la padece. Su vida, literalmente está en constante peligro.

Y ante un permanente estado de alerta, donde se pretende salvar la vida tras un peligro inminente, el ser humano genera estrategias y respuestas que le permitan sentirse un poco más seguro.

Estas respuestas en un inicio se dan debido a un estado de ansiedad, con todas las características fisiológicas, emocionales y sociales que conlleva naturalmente.

Pero al pasar el tiempo, la víctima, se ve en una gran necesidad de elevar la sutileza de sus respuestas y mantenerse a salvo por más tiempo. Todo esto sin estar totalmente consciente de lo que hace.

El miedo permanente nos obliga a generar mecanismos aparentemente adaptativos, que no solo se limitan a salvarnos de un peligro real y externo, sino a un objeto a veces imaginario que provoca exactamente la misma sensación de miedo e inseguridad.

Imaginemos a una familia donde la madre es tremendamente dominante, impone, castiga y amedrenta constantemente a sus hijos. Cuando éstos son pequeños, pueden llegar a aterrarse del gran monstruo que les amenaza, pues por su corta edad y tamaño, no contarían con las fuerzas suficientes para defenderse, y en consecuencia, se someten de una manera tal, que dejan de lado sus necesidades reales para solo, sobrevivir.
Por lo que al paso de los años aprenden a hacer algo más que simplemente obedecer una orden de mamá, se convierten en sus fieles seguidores y admiradores casi de por vida. Aprenden a mantener tranquilo a su agresor, sin molestarle, sin perturbarle, para que nunca más despierte aquella monstruosa bestia que les paraliza.

Pero el niño crece, y su comportamiento de evitación con él. Se ha desarrollado el síndrome de Estocolmo. Pues además del amor que pudiera sentir por sus padres, el miedo que ha sentido por años, se mantiene, aun cuando ahora es mayor y seguramente puede defenderse o reconstruir su relación con el agresor. De tal manera que el sometimiento, la protección y una alianza fortalecida, permanecen. Provocando muchas veces que el individuo obstaculice su crecimiento emocional debido a esta razón.

Las respuestas aprendidas, suelen presentarse también con otras personas que se asemejan al agresor primario. Generando relaciones física o psicológicamente violentas, fuera del sistema familiar. Justificando de esta manera cualquier comportamiento agresivo, tras la idea de que el agresor es un ser humano que sufre, o que es bueno, perpetuándose la relación disfuncional.

Una relación de pareja donde el abuso es constante y la posibilidad de denuncia o separación se desvanecen, la culpa imaginaria apoya la idea de que el agresor es bueno, se le cuida, se le “ama” y hasta se le “protege”, la lealtad está claramente mal entendida. Sin embargo, se sobrevive.
El síndrome de Estocolmo no es exclusivo de una situación determinada, es posible vivirlo cada día sin darnos cuenta. Representa un verdadero mecanismo de defensa, ante una constante amenaza.

El ser humano siempre encontrará la manera de salvarse, de mantenerse en la medida de lo posible, en un lugar seguro, lo necesita y es parte de su naturaleza. Es capaz de desarrollar mecanismos impensables para no morir, un intento de continuar con su vida. Porque el secuestro, también puede ser emocional, y duele y afecta de la misma manera que si fuera material.

Todos en algún momento y en diferentes niveles, hemos estado secuestrados, porque el secuestrador vive aún dentro de nosotros y seguimos entregándole ofrendas para que ya no nos lastime, seguimos alterando nuestra vida, nuestros sueños y hasta nuestras relaciones con tal de que esta y otras bestias, no despierten nunca más.

Sin embargo, siempre es posible trabajar en esto. Podemos identificar el peligro y el miedo que produce, y tener claro que sentirlo es totalmente normal. Reconocer que ahora somos adultos, capaces de enfrentar a aquel personaje que se ha internalizado, que nos ha dominado, que nos ha secuestrado, porque ahora somos fuertes, más grandes y más poderosos.

El peligro ha pasado, y no hace falta tomar represalias, tampoco hace falta continuar en una dinámica envolvente y amenazante. Podemos responsable y conscientemente, decidir qué hacer, asustarnos, enojarnos y aprender a resignificar cada experiencia.

Saber que es totalmente normal intentar sobrevivir y adaptarnos, pero, sobre todo, saber que esto puede cambiar, para que así, podamos continuar viviendo con más calidad, dejando florecer quienes somos, y alcanzar así, nuestros anhelos.

Y RECUERDEN, TODO SALDRA BIEN AL FINAL. Y SI LAS COSAS NO ESTAN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.

Etiquetas: Carolina Gómez MacfarlandHablemos del hombre
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