Estamos por iniciar las fiestas navideñas y vale la pena reflexionar sobre el oficio de hacer empresa, de ser emprendedor.
El iniciar una empresa y lograr su éxito depende de diversos factores, haber encontrado un océano azul, subir al barco a las personas adecuadas, lograr fuentes de financiamiento, y operar con excelencia, todos ellos requieren de un talento en particular, el cual recibimos de forma gratuita y sin haber hecho nada más, solamente cultivarlo.
Seguramente has escuchado alguna vez la parábola de los talentos, imaginemos que un padre entrega a cada uno de sus tres hijos, cinco monedas y después de algún tiempo, los reúne para escuchar que han hecho con ellas, uno de los hijos le confiesa que hizo mal uso de ellas y las perdió, el segundo las guardó por miedo a malgastarlas, y el tercero las usó sabiamente y las multiplicó.
El que multiplica las monedas es precisamente el emprendedor, aquel que tiene un talento y lo utiliza para transformar positivamente la realidad, para crear valor compartido, para hacer su sueño realidad.
Cabe mencionar que en la antigüedad un talento era una medida monetaria.
Cada persona tiene sus propios talentos y está comprometida a cultivarlos, pero sobre todo a ponerlos al servicio de los demás.
El que puede, tiene, o sabe más que el prójimo, está obligado a ayudarlo, a compartir su talento.
Digamos que el talento es gratuito con un único requisito, la hipoteca social, es decir un compromiso con los que menos tienen.
Los talentos emprendedores deben estar encaminados al bien común, y no al bien particular.
Ya lo decía el tío Ben a Peter Parker en la película Spiderman: «un gran poder conlleva una gran responsabilidad».
El ser un emprendedor otorga grandes beneficios, los cuales están ligados a grandes compromisos sociales.
Arnoldo de la Rocha dice que: «Cada vez que se abre una empresa, es una manifestación de fe», los emprendimientos son eso precisamente, un acto de fe en la comunidad.










