¿Cómo podríamos explicarle a alguien que nunca ha probado el azúcar cómo es la experiencia de lo dulce? El método por comparación podría resultar útil, pero nunca será del todo certero, es decir, podríamos explicar la sensación de lo dulce comparándola con otra que se le asemeje a fin de intentar darnos a entender, mas nada garantiza que quien nos pregunta comprenda del todo lo que le decimos, y esto es porque toda experiencia es subjetiva y, por lo tanto, intransferible. ¿Cómo comprender entonces el sabor de lo dulce? Entregándonos a la experiencia del azúcar.
Podría resultar lo anterior un tanto evidente, pues tanto la pregunta como la respuesta guardan una relación lógica, sin embargo, esto es así porque la experiencia del sabor se mantiene dentro de lo que consideramos posible, pero si fuéramos más allá, a territorios menos palpables, veremos que la mencionada lógica desaparece cuando decimos: ¿Cómo comprender la experiencia de la muerte? Muriendo. Y viene la obligada pregunta: ¿Es posible regresar de la muerte? ¿Acaso se puede morir sin que ello implique la desaparición de la consciencia?
Preguntas como las anteriores son abordadas en el libro “La vida después de la muerte”, del yogi Ramacharaka, cuyo verdadero nombre fue William Walker Atkinson, prominente abogado estadounidense que enfrentó una crisis existencial cuando se encontraba en su mejor momento profesional, misma que lo llevó a refugiarse en las filosofías esotéricas orientales. Se desconoce con certeza cuántos seudónimos llegó a utilizar Atkinson para firmar un número considerable de obras herméticas, incluido el renombrado “Kybalión”, pero de lo que sí se tiene certeza es que él y Ramacharaka son el mismo individuo.
Atkinson, como otros seguidores de las filosofías herméticas, considera que la principal diferencia entre el pensamiento occidental y el oriental es que el primero tiene una tendencia mayor hacia la racionalización del mundo, la cual, si bien permite el desarrollo de las ciencias exactas, priva al individuo de la posibilidad de comprenderse a sí mismo más allá del mundo material. Para Atkinson, y esto lo toma del hinduismo, la muerte no es más que una ilusión y si nos parece dolorosa es por nuestra insistencia en racionalizar y privilegiar la dimensión de los sentidos, es decir, aquella que percibimos gracias a la vista, al oído, al olfato, al gusto y al tacto, dimensión que si bien es importante, no es la única que existe; Atkinson, bajo el seudónimo de Ramacharaka, nos dice lo siguiente:
«Los instructores occidentales son ciegos guiando a otros ciegos. A los orientales se les enseña desde niños que no deben de conocer sólo por fe, sino experimentando y estudiando. Los escépticos nos piden a los ocultistas ‘pruebas científicas’, pero no podemos darlas porque nuestro objeto de estudio está más allá de la naturaleza física. Quien espere pesar, medir y calcular las cosas espirituales con métrica material fracasará. Los aparatos físicos sólo sirven para objetos físicos, y el mundo espiritual tiene peculiares aparatos con que registrar sus fenómenos. Aunque la razón por sí sola no sea capaz de rasgar el velo que separa la vida de la muerte puede, si está libre de prejuicios dogmáticos, percibir cierta racionalidad en los fenómenos del mundo invisible. En occidente, las ideas de la muerte son escépticas y pesimistas, sin embargo, quienes conocen la ilusión de la muerte no experimentan tan siniestras emociones; y aunque naturalmente sientan la temporánea separación del ser amado, saben que no lo han perdido para siempre, sino que tan sólo pasó a otra fase de vida y que nada de él se ha aniquilado».
Con ideas como las anteriores, pero cada vez más ejemplificadas, continúa el discurso de Ramacharaka en torno a la falsedad de la muerte, falsedad que él no es el primero en enunciar, pues ya desde hace milenios lo habían hecho los hindús (que Atkinson admiraba) a través de recursos como la siguiente fábula: «Una oruga que sentía su cuerpo cada día más débil reunió a sus iguales y dijo: ‘Triste es pensar en el forzoso abandono de esta vida que tanto me prometía. Segada por la guadaña de la muerte en la flor de mi existencia, soy un ejemplo de la crueldad de la Naturaleza. ¡Adiós!, mis buenas amigas. Mañana ya no existiré’. Llegó el temido día, la oruga se convirtió en crisálida y sus compañeras, de luto, se fueron creyendo que estaba muerta». La oruga, confiada en sus sentidos, creyó que su debilidad que sentía era por la inminencia de la muerte, y sus compañeras, también engañadas por sus sentidos, dieron por hecho que la inmovilidad de la crisálida era un aviso de que la vida se había extinguido. Todas se equivocaron.
El hinduismo postula que tanto el nacimiento como la muerte son ilusorios, un sueño, pues el espíritu que por ahora mora en nuestros cuerpos, en estas casas temporales, es eterno. Atkinson está convencido de que la muerte del cuerpo nada tiene que ver con la extinción del ser, de la persona, y que si sufrimos es únicamente por nuestra ingenua creencia en los sentidos y por nuestra necesidad de racionalizarlo todo, a pesar de que ciertas dimensiones de la realidad van más allá de la razón, de lo material, de lo tangible. En pocas palabras, Atkinson cree que la materia que nos conforma no muere, sino que tan sólo se disgrega y disuelve con el resto de la materia en favor de la vida. La muerte, más que ser un opuesto de la vida, es la vida misma.
Regresemos a la pregunta: ¿Cómo podemos comprender la experiencia de la muerte? Muriendo. No en el entendido vulgar de la carne que inicia su pudrición, sino desde la mirada simbólica de ocultistas como Atkinson que abandonó el cotidiano mundo laboral para renacer en Ramacharaka. Temer la muerte propia o la del otro es comprensible, más debemos evitarlo. El hinduismo no sólo postula que la muerte es una ilusión, sino que el tiempo tampoco existe, pues todo, en este momento es tal y como siempre ha sido, nadie ha muerto, nadie ha nacido, nadie nos falta, somos los mismos, mariposas despiertas, crisálidas durmiendo, orugas de luto.
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