Cuántas veces hemos escuchado que debemos “portarnos bien”, ser “niños buenos”, que eso agrada a los demás, y prácticamente todo, hasta el eterno amor de nuestros padres, será concedido si se obedece sin replicar a lo que se nos ordena.
Una gran carga para cualquier infante, y si esto se lleva más allá, en la vida adulta, la carga se vuelve imposible de sostener, y en algún momento, el menos esperado, colapsa y de repente, algún síntoma puede aparecer.
Pero, ¿cómo es que aprendimos este rol?
Cierto es que no a todos se nos ha otorgado este título, el del hijo bueno, el que saca buenas calificaciones, el que es exitoso en todas las tareas que emprende, el mejor de su clase, el mejor de su equipo.
Y aunque es verdad, que la disciplina es siempre necesaria para lograr nuestras metas, y así mejorar nuestra calidad de vida, existe un momento en que las acciones y lo que las motiva, sobrepasa los límites, generando ansiedad y miedo ante la posibilidad de cometer errores y así perder el título de “hijo bueno”, y con esto, la única manera que se conoce para ser amado, reconocido y aceptado por quienes le rodean.
Una manera de ser y estar en el mundo, siempre en riesgo de perderse. Pues qué pasaría si se comete una equivocación o si alguna tarea no diera el resultado que se espera. Qué pasará con aquel hijo bueno que se ve obligado a enfrentar aquel evento desconocido para él, obligado a experimentar emociones desagradables, y a enfrentar las consecuencias de no mantener aquella ilusoria perfección.
¿Soy amado porque soy bueno y todo lo hago perfecto? ¿O quizá porque no me meto en problemas? ¿O porque soy siempre educado y muy obediente?
Si bien debemos siempre mejorar como seres humanos, reconociendo fallas y trabajando en ellas para crecer y ser más ordenados y congruentes, mantenerse inflexibles en la vida, conlleva muchas veces sacrificar innecesariamente algo más que solo el hecho de evitar vicios o malos hábitos.
Implica, para un niño que en algún momento crecerá y se convertirá en adulto, sacrificar hasta sus propios sueños de vida, tal vez tener una familia, hijos, una filosofía propia, y todo por evitar confrontaciones que le representan la posibilidad de ser expulsado del grupo, de no ser amado, de convertirse en aquel hijo malo, tal vez como aquel hermano al que se le castiga y se le juzga constantemente por no cumplir con las expectativas de la familia.
Pues el solo hecho de tener una pareja o hijos, implicaría inevitablemente delimitar territorios, en pro de formar un propio y único sistema, impedir que otros miembros de la familia intervengan, y en consecuencia se presentarían confrontaciones y conflictos que de ninguna manera son convenientes para un hijo bueno.
Definitivamente serlo, tiene sus ventajas, se cumplen con las expectativas de los padres, se obtienen frecuentes recompensas, se refuerzan habilidades, y hasta cierto punto la autoestima. Sin embargo, al paso del tiempo, las exigencias se vuelven cada vez mas difíciles de cumplir, pues un niño crece y comienza a tener una perspectiva diferente de la vida, a tomar otros caminos, a querer desempeñar otros roles, desarrollar sus proyectos, y de no tener la suficiente madurez para enfrentar los retos que se presenten para llevarlos a cabo, o para romper con ciertos paradigmas, podría, con la intención de continuar con su estatus de hijo bueno, reprimirlos y sacrificar así, su propia salud mental o física, su propia libertad.
Todos los padres esperan de sus hijos cosas positivas, y muchas veces con la intención de reafirmar cada día que su trabajo como progenitores, es el mejor, que están haciendo un excelente papel, sin percatarse que, de esta manera, satisfacen sus propias necesidades emocionales y proyectan en sus hijos su propios sueños o anhelos, ignorando las de ellos.
Querer que nuestros hijos sean cada vez mejores y que se conviertan en personas congruentes, felices y plenas, es algo que todos los padres debiéramos hacer. Trabajar en su crecimiento. Pues es nuestra obligación velar por su vida, su seguridad, bienestar, y su desarrollo integral, cubrir sus necesidades fisiológicas, materiales, emocionales y cognitivas.
Sin embargo, debemos tener cuidado con lo que deseamos, debemos aprender a diferenciar entre sus necesidades y las nuestras, para evitar en la medida de lo posible, poner en ellos etiquetas y cargas que muy lejos de darles fuerza y seguridad, generarán estigmas de vida difíciles de quitar. Hijos buenos, hijos malos…son nuestros hijos, y cada uno tiene su propia personalidad, sus propios talentos, sus propios sueños y su propia luz, todos diferentes y todos únicos, ni uno mejor que otro. Mientras más claro tengamos esto, mejores seres humanos formaremos.
Y si somos esos “hijos buenos”, podemos tener la seguridad de que siempre es posible resignificar nuestras vidas, ampliar nuestras opciones y trabajar para descubrir otras maneras de estar en el mundo, sin dejar seres valiosos, plenos y felices, además claro, de seguir siendo hijos agradecidos y personas de bien.
La pregunta queda entonces en el aire… ¿estás listo para tomar el riesgo de romper paradigmas, luchar por tus sueños y de no ser siempre “EL HIJO BUENO”?
Y RECUERDEN, TODO SALDRÁ BIEN AL FINAL. Y SI LAS COSAS NO ESTÁN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.









