En nuestra caótica sociedad, en la que parece que el avance y propagación de la ignorancia está alcanzando un punto de ‘no retorno’, curiosamente las referencias al despertar de la consciencia son cada vez más numerosas. Irónico, sí, pero así es. Sin embargo, estas menciones a la necesidad de ‘despertar’ son también equívocas las más de las veces, pues quienes se muestran ante la sociedad como habitantes de un ‘mundo de luz’ lo hacen con una máscara de inquebrantable felicidad, de contagiosa armonía y de radiante paz cuando lo cierto es que el conocimiento de lo que está más allá de lo aparente es en sí mismo una experiencia dolorosa, pues se deja al descubierto aquella sombra que, a pesar de la presencia del sol, no desaparece.
Muchas son las maneras en las que podría abordarse el tema del despertar de la consciencia, por ejemplo, hay quienes lo hacen desde la filosofía, otros más prefieren hacerlo desde la religión, existen aquellos que toman como asidero al budismo o alguna otra corriente oriental que sea semejante, pero en este caso, y a fin de ejemplificar cómo la toma de consciencia es un acto ambivalente en el que la luz y la sombra se erigen por igual, se preferirá el camino de la poesía, sendero de palabras que crea mundos tan pronto como éstos son nombrados.
Tomemos como primer ejemplo un poema de Octavio Paz cuyo título es “Árbol adentro”. Este poema forma parte de un poemario del mismo nombre publicado cuando Paz era un hombre viejo que se acercaba a su inexorable muerte. El poema es magnífico, sin embargo, su autor no lo incluyó en la última compilación que hizo de su obra; ¿será que lo consideró un poema menor? El poema dice así: «Creció en mi frente un árbol. Creció hacia dentro. Sus raíces son venas, nervios sus ramas, sus confusos follajes pensamientos. Tus miradas lo encienden y sus frutos de sombras son naranjas de sangre, son granadas de lumbre. Amanece en la noche del cuerpo. Allá adentro, en mi frente, el árbol habla. Acércate, ¿lo oyes?»
La consciencia se manifiesta en este poema a partir del símbolo del árbol que crece no hacia afuera, sino hacia adentro. A lo largo de la lectura es palpable la presencia de la luz en palabras como ‘encienden’, ‘lumbre’ y ‘Amanece’. Al final, el poeta establece un diálogo con el lector cuando le pregunta ‘¿lo oyes?’ Pero la invitación, más que ser un acercamiento hacia al árbol del poeta, es hacia el árbol propio, hacia ese amanecer, es decir, el despertar de la consciencia, que en cada uno de nosotros debe ocurrir a fin de retirar los escombros de las sombras. El árbol es símbolo de redención porque sus raíces, que están en nuestra frente, se extienden con sus frutos hacia la totalidad, pero ¿cómo hacerlo?, sencillamente escuchando.
Aunque el poema de Paz es esencialmente luminoso, ya advertíamos desde el inicio de estas reflexiones que aunque el despertar de la consciencia hoy se nos suele presentar como una experiencia agradable, luminosa y amorosa que nos armoniza con el mundo, lo cierto es que el conocimiento de uno mismo es eminentemente desagradable por aquello del reconocimiento de la sombra con que todos cargamos, no por nada Cristo sintió miedo en el Getsemaní, llegando incluso a decir, poseído por un abrumador terror: «Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz».
Este sentimiento de miedo que se desprende del despertar de la consciencia lo representa bien la poeta mexicana, y contemporánea de Paz, Margarita Michelena, quien de modo interesante también parte del símbolo del árbol invertido, es decir, que crece hacia adentro, para describir la experiencia del autoconocimiento, con la diferencia de que en su poema la luz tiene más un vestido de tinieblas; veamos:
«Imaginad un árbol con las ramas por dentro, ahogado por su propia e imposible corona y que cautivo lleva ‒aniquilándole‒ el fruto no vertido de su sombra. Esto soy yo. La soledad sin brazos. Un mar que, despertando, ya es arena, muriendo solo bajo el mismo grito que imaginó poner entre sus ondas. Yo venía de ser raíz para subir a sueño, de ser oscuridad a dividirme en el sereno reino de mis hojas. Subiendo estaba y encontré esta muerte de no ser sino el árbol que encerrada lleva su irrealizable primavera, su fuerza inútil de imposibles ramas que no verán jamás a las estrellas. Esto soy nada más. Raíz desnuda. Un viaje que pensó que se movía hacia el diáfano fuego de la rosa y se quedó en su origen de ceniza, más que nunca en la planta desde donde creyó subir por la escalera angélica. Y estoy sintiendo lo que siente un sueño cuando va a florecer y es despeñado desde los mismos ojos que lo sueñan. Soy la que nada poseyó. La oscura desesperada soledad terrible, quien jamás conoció sus propios brazos ni los colmó de llanto y de dulzura. No se crea en la voz que se me escucha, que no es ésta mi voz. Y este poema no es siquiera una rama… No es siquiera una sospecha de mi oculta sombra. Tan sólo quedó aquí del mismo modo que en la orilla del mar a veces queda ‒testimonio de muerte y abandono‒ el lúcido esqueleto de una perla.»
En el poema de Paz, el árbol se enciende, amanece y habla, pero en el de Michelena éste es la semilla que no estalló en primavera, es un árbol contenido y constreñido cuyos frutos no son más que testimonios de muerte y de ruina, un mar de arena, un prístino esqueleto agobiado por su soledad. En ambos poemas, el árbol es una estructura que crece hacia adentro y que da fe de la toma de consciencia. El primer árbol es luminoso y amoroso, el segundo es oscuro, apasionado y mucho más portentoso y atractivo debido a su semejanza con nosotros, los vergonzosos aspirantes a budas que en el día nos regocijamos en banalidades y por las noches nos avergonzamos en nuestro Getsemaní pidiendo que se nos retire esa copa de la que no supimos beber y que terminamos derramando. Dice Michelena que la poesía crea las cosas al nombrarlas, tiempo es pues de que hablemos a ese árbol que llevamos con las ramas por dentro.









