Por: Juan Carlos Gazca Cossío
Camino entre los pasillos del populoso mercado, esquivando las cajas de fruta y las de verdura, mientras “diablitos” cargados de sacos de papas (guiados con gran pericia) pasan a mi lado, casi rozando mi pequeña humanidad de diez años. Infinidad de olores y colores llenan cada espacio confundiendo mi olfato, pero aguzando mi vista para -en medio de los brillantes colores de las frutas de temporada- no perder el contacto visual con mi madre, que avanza con paso firme abriendo una brecha segura por donde me deslizo fugaz, al tiempo que escucho el inconfundible y democrático grito de “pásele güerita”, en un mercadológico intento de atraer su atención…
Grandes recuerdos de tiempos pasados, imágenes vívidas de aventuras infantiles, pero que dan cuenta de un aprendizaje casi imperceptible de estereotipos insertados en mi subconsciente. A esa edad no puse en tela de juicio la alusión a una rubia cabellera inexistente, ya que el pelo de mi madre era “borgoña” (así lo decía ella y lo refrendaba la caja del tinte). Como tampoco cuestioné por qué “lloraba como niña” cuando el dolor de un golpe me obligaba a externar mi sentimiento; o por qué el lugar de las mujeres era la cocina y los hombres tomaban cerveza.
Y no tenía mayor relevancia cuando a aquella novia, siempre preocupada por cuidar su figura, mostraba beneplácito cuando la llamaba “gordita”; o más aún, que mi robusto compañero de estudios, se mostrara orgulloso de ser el “Gordo” Ibáñez.
Qué ha cambiado a través del tiempo con nuestra forma de entender las palabras que las han vuelto, cuando no ofensivas, sí socialmente inapropiadas. ¿Será que, a lo que antiguamente dábamos un valor de confianza y cercanía, ha adquirido una nueva significación al quitar el velo y mostrar la cara descarnada de nuestras expresiones?
No. Muy dentro de mí está clara mi intención fraterna de un “gordita” o un “flaco”, de dar un saludo afable a la “chaparrita cuerpo de uva” (espero que las frutas no se ofendan), u otros tantos apelativos cariñosos de uso tan común. Y se extrañarán aquellos juegos creativos para “bautizar” ingeniosamente al “peón de ajedrez” (por su permanente boca chueca); a mi amigo “el inmortal”, que por su cojera teníamos claro que nunca iba a “estirar la pata”; o al “genio” que sólo aparecía cuando se abría una botella…
Extrañamente sigo respondiendo cuando mis amigos me llaman “lobo” por la notoria pilosidad o al grito de “negro” de otro grupo de amigos donde me tocó ser el de más oscura pigmentación. Y no, no me siento ofendido.
Son tiempos diferentes, donde debemos elegir adecuadamente las palabras y valorar si su combinación no genera más de una interpretación, donde alguna de las resultantes pueda llegar a ofender a alguien.
Qué tiempos aquellos donde ser “güerita” cumplía únicamente con una estrategia de “mercado”.










