Dice un precepto bíblico, y dice bien: “Por tus palabras habrás de ser justificado, y por tus palabras serás condenado.”
Nada más cierto.
La palabra, en efecto, es tan poderosa que causa miedo. De ahí la importancia de usarla apropiadamente, y la responsabilidad de quienes nos atrevemos a escribir y a publicar.
No es casual que cuando se trata de hechos políticos, o legales, se disfracen los términos, se soslayen o de plano se sustituyan por otros más suaves (eufemismos, se llaman).
Es el caso del reciente echo violento ocurrido en Michoacán: una masacre en el lugar donde se realizaba un velorio.
Según lo difundido, un grupo de sicarios masacró a varias personas (y en este caso viene bien el término “masacró”, pues “masacrar” es asesinar en masa).
El detalle, o el error, fue que diversos medios usaron la palabra “fusilamiento”.
Ni tardas ni perezosas, las autoridades encargadas de la seguridad pública se apresuraron a “aclarar” que no fue fusilamiento, sino “multiejecución”.
¿Nota el lector la intención de eludir el bulto, es decir, de ocuparse más de las palabras que de enfrentar el hecho? Y escribo “eludir el bulto” en sentido metafórico, igual que los medios al usar “fusilamiento”, pues fue sólo una manera de llamar la atención sobre el hecho.
El caso es que ni las comillas, ni usar otra palabra que no sea “fusilamiento”, borra el hecho ni lo minimiza. O quizá la autoridad responsable de la seguridad así lo haya creído. De ser así, se engañó. A las cosas crudas más valle llamarlas con crudeza, sin miedo, para entenderlas mejor y reaccionar más expeditamente a su significado.
“Fusilamiento” o “multiejecución”, hubo más de una decena de muertos, y eso es muy grave en un país donde supuestamente la violencia ha disminuido.
Esto sí debiera de dar miedo, no las palabras.
Gracias.
*Twitter: @miguelcamposr15
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Lic. en Letras españolas egresado de la BUAP, escritor, autor de cerca de 40 libros









