Aunque el gran escritor ruso afirma en el Epílogo de “Guerra y paz”, la más emblemática de sus obras, que no es una novela, en sentido estricto lo es. Sólo que está escrita con recursos estilísticos propios de la novela moderna, entre ellos variedad de idiomas usados por los personajes (ruso, francés en abundancia y algo de alemán), así como extensas reflexiones que se acercan al ensayo filosófico y al tratado histórico, y por eso el gran León Tolstoi parecía salirse de los cartabones de la novela tradicional desarrollada hasta entonces.
Su tema es el intento de Napoleón Bonaparte por apoderarse de Rusia en su afán expansionista y así convertirse en especie de emperador europeo. En estos tiempos belicosos vale la pena aventurarse con esta obra, y digo bien, pues es como asistir en persona a la tragedia y al drama de la guerra, balas y cañonazos de por medio, así como al melodrama de cuatro familias ligadas a la realeza y que se la pasan en fiestas de salón.
Hoy quise recordar esta obra, pues parece un versión en espejo de Vladimir Putin en su intento anexionista por apoderarse de Ucrania.
Putin, según quienes lo conocen, no es precisamente un hombre culto, a lo más es un policía rudo capaz de pelear contra un oso, de aguantar la respiración bajo el agua durante minutos, de correr autos a alta velocidad, y de otras lindezas.
Pero si hubiera leído “Guerra y paz”, si la leyera, o si alguien se la platicara, se enteraría de que Napoleón Bonaparte perdió la guerra. La perdió de dos modos: retirándose ante las adversidades del clima y la férrea resistencia de los rusos, pero también por el desastre financiero que lo embargó.
A menos que se le ocurra la locura de apretar el “botón” para generar un conflicto más amplio (y también así perdería), la novela de Tolstoi anticipa su futuro.
Dicho sea como colofón: leer ayuda a entender las conductas humanas.
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Lic. en Letras españolas egresado de la BUAP, escritor, autor de cerca de 40 libros.









