En últimas fechas me he percatado de una mayor participación de la sociedad en temas políticos. Un gran logro del presidente de la República es tenernos ocupados comentando sobre los enunciados, acciones y omisiones de su administración gubernamental. La democracia conlleva a esta actividad de opinar sobre los temas públicos y un gran logro es que todos los interesados participen abiertamente en ella.
Sin embargo, el activismo de algunos grupos sociales va en contra del debate público, al nulificarse éste bajo un criterio de anulación. Resulta paradójico que lejos de incrementar el valor de la discusión argumentativa, se elimine ésta buscando únicamente a quienes piensan igual y cierran la opción del debate para quienes opinan diferente; así, lejos de enriquecer la opinión pública con las distintas visiones que se pueden tener de un mismo objeto de estudio, se deja de escuchar al que opina distinto, se le cierra la puerta y se impone un criterio, sea cierto o falaz.
En la comunicación humana, el debate y la controversia se incrustan en el intercambio sano de ideas, puntos de vista divergentes. Una manera interesantísima de mejorar lo que se conoce de la realidad es a través de la discusión con argumentos. El argumento, por sí sólo, implica un estudio del objeto materia del análisis, un razonamiento lógico y una conclusión. En una discusión, exponer argumentos trae aparejada la acción de escuchar los argumentos de la o las otras personas, analizarse para encontrar puntos en coincidencia y cuales son las diferencias, valorar esas discrepancias y llegar a una conclusión aceptada por todos. Así, se logra persuadir, se convence, pero no se impone una opinión o criterio; ello pues, los argumentos están vinculados al respeto de los otros.
Desafortunadamente, alejarse de la discusión y de escuchar las opiniones distintas resulta un acto egoísta y autoritario, que afecta la convivencia social. Al final, las reglas, el Derecho y cualquier otra norma, tienen como fin último regular la vida en colectividad, comunicando adecuadamente el conocimiento y las emociones, para comprendernos en la armonía de vivir en sociedad.
Ninguna persona es tenedora de la verdad absoluta. La verdad en los hechos resulta complicada adquirirla porque depende de múltiples factores. Por ende, siempre hay que valorar las opiniones distintas, de todas aprendemos para mejorar nuestro pensamiento. Las diferencias son la chispa que mueve la vida, las que generan seguir evolucionando.
Es más, las personas con las que convivimos pueden opinar y sentir diferente, debemos respetar estos puntos de vista divergentes e incluso, lo importante es analizarlos, estudiarlos e incorporarlos a nuestro pensamiento para valorar sobre ellos; seguro tienen uno o varios puntos de certeza que enriquecen la “verdad”. En tal virtud, esas diferencias deben ser expuestas y escuchadas. Hay que defenderlas.
De tal suerte que, cerrar o impedir una discusión, anulando el privilegio de escuchar opiniones distintas, denostar el comentario diferente u opuesto genera una separación social, lejos de la buscada intención de acercar a los miembros de una comunidad; creo que resulta enajenante imponer realidades en el ideario de cada persona con base únicamente en el discurso.
En ese sentido, aberrante es anular la opinión diferente con base en una frase que expone o acentúa la o las diferencias, para terminar cualquier debate con un “tengo otros datos”, “antes no se quejaban ni criticaban nada”, etc. La descalificación de lo dicho por otra persona afecta en la confianza de externar una visión propia, desmotivando la participación pública. Lo correcto es escuchar, respetar, argumentar e incluso incentivar una mayor cooperación en ideas o acciones.
En el caso de los gobiernos, éstos tienen la obligación de escuchar las voces distintas y explicarles con argumentos, medios de prueba, etc., los puntos buenos, malos, diferentes, a favor y en contra, para generar una confianza de que la decisión que se va a adoptar o que fue tomada es la mejor para el bien común, que incluso se cuenta, se contempla o se considera posibles daños o efectos negativos y las maneras en que podrá resolverse, disminuirse o evitarse daños o cómo repararlos. De eso se trata la política y la administración pública.
En la democracia, se valoran todas las opiniones, se alientan las voces disidentes, se escucha las expresiones de todos, se aplaude a quienes cambian de opinión, se respeta a todos en su libertad, por tratarse de personas, y se protege a todos por igual.
Todos anhelamos lo mejor para nuestros coterráneos, el bien común que sopesa los casos individuales, debemos incrementar el respeto a cada persona, proteger las opiniones diferentes, escucharlas, analizarlas, para aprender de otros puntos de vista que enriquecen el pensamiento, nuestra realidad y mejoran la convivencia en sociedad, pues al final, nuestro objetivo es vivir mejor. Alentemos la discusión, el diálogo con argumentos, eliminemos evitarlo con descalificaciones y denostaciones. Debemos comunicarnos abierta y directamente, es lo inteligente por hacer. Alejarnos de opciones que traen consigo la arbitrariedad, el autoritarismo. Las dictaduras coartan la libertad de todos y el ser humano nació para ser libre.









