¿Cómo enfrentamos nuestros problemas? Generalmente, culpando a los demás. Solemos creer que las desgracias que nos ocurren son más por la malicia de los otros y no por una imprudencia de nuestra parte. Pocos son los que asumen sus errores y muchos, los que buscan un descargo de conciencia atribuyéndole a los demás sus propias carencias, pero mientras uno no reconozca que los problemas, abusos y desgracias implican también un exceso propio será imposible salir del error. La maldad es parte del mundo, del ser humano y confiarnos en que nada nos ocurrirá, en que nadie nos lastimará es lo mismo que entregarnos a las incalculables manos del azar. ¿Queremos reducir nuestros problemas y sufrimientos? Pues vaya siendo hora de culparnos a nosotros, antes que a los demás, por lo que nos ocurre.
Nuestra sociedad le tiene miedo al mal, en cualquiera de sus manifestaciones, y por ello no sabe cómo enfrentarlo. El mal puede ser pequeño o grande, individual o colectivo, pero siempre perjudicial. Al mal se le enfrenta con la razón, no porque el mal sea causa de la ignorancia, sino porque la razón aplaca a las pasiones que, a veces, son otra cara del mal. ¿Cuántas personas no han sucumbido a causa de no poder gobernar sus emociones? El autogobierno no necesariamente nos lleva al bien, pero sí nos aleja del mal, de esa fuerza destructiva a la que nuestra sociedad tanto le teme y por eso hoy intenta vivir en una burbuja en la que todo es perfecto hasta que un día ésta explota y la realidad se manifiesta con su crudeza.
Antes de que la filosofía se decidiera a estudiar no el problema del mal, sino la dimensión del mal (si el mal fuera un problema, tendría solución), fue la religión la que asumió la responsabilidad. No entendamos por religión a una en concreto, sino al vasto universo que las compone. Las religiones del mundo son diferentes en sus formas exteriores, mas en sus funcionamientos internos son muy semejantes, por ejemplo, en cuestiones que atañen a atributos divinos, las religiones coinciden en que toda deidad es superior a la raza humana (no por la región que habitan, sino por su naturaleza), además de que los dioses son perfectos, mientras que los hombres, erráticos. Las divinidades son perfectas en sus respectivas religiones, aún cuando a nosotros no nos lo parezcan, y esa perfección sagrada suele venir acompañada de virtudes como la omnipotencia, la omnipresencia, la omnisciencia y la omnibenevolencia.
En nuestro contexto occidental, las cuatro virtudes divinas anteriormente mencionadas las hallamos en las tres religiones monoteístas más practicadas en el mundo: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. No es este el espacio para definir la concepción que cada una de estas religiones tiene de Dios, pero lo que no podemos dejar de lado es que las tres religiones postulan que la naturaleza de Dios la conforma su absoluto poder (omnipotencia), su presencia en todos los lugares y tiempos (omnipresencia), su sabiduría infinita (omnisciencia) y su amor incondicional (omnibenevolencia). Sin embargo, y esta es la astilla de las religiones, ¿por qué si Dios posee tales virtudes, existe el mal? No faltará quien responda que Dios permite la existencia del mal porque nos está poniendo a prueba, pero ¿acaso Dios no lo sabe todo, incluido el resultado de la prueba? ¿Para qué probar lo que ya se sabe cómo terminará? Pareciera que, irónicamente, saberlo todo, poderlo todo y estar en todo conducen a un vacío insalvable.
Así como han sido puestas en duda las facultades divinas, también sería lícito sospechar de la existencia de Dios, de hecho, considerar la inexistencia de lo divino nos permitiría comprender más fácilmente la presencia del mal. Arrojemos una pregunta más: ¿aceptando que Dios sí existiera, sería posible que el mal fuera también parte de su naturaleza? Las anteriores preguntas no son ociosas, sino necesarias para todo aquel que busque afirmarse en su creencia o escepticismo de la existencia de Dios (o de los dioses). Así lo considera, por ejemplo, el filósofo Lactancio, uno de los primeros cristianos reconocidos por el imperio romano del siglo tercero. Lactancio escribió un conjunto de obras en las que defendía al cristianismo, una de ellas lleva por título “De la ira de Dios” y en el capítulo trece, párrafo veinte, afirma que el filósofo griego Epicuro se hizo importantes preguntas con respecto a la relación de Dios y la maldad; leamos:
«Epicuro tenía el siguiente argumento: «Dios o quiere suprimir los males y no puede, o puede y no quiere, o ni quiere ni puede, o quiere y puede». Si quiere y no puede, es débil, lo que no cabe en Dios; si puede y no quiere, es envidioso, lo que igualmente es ajeno a Dios; si ni quiere ni puede, es envidioso y débil, y por esto no es Dios; si quiere y puede, lo que es acorde sólo a Dios, ¿de dónde provienen los males o por qué no los suprime?»
El pensamiento de Epicuro nace de la premisa de que Dios es, además, de omnipotente, omnisciente y omnipresente: omnibenevolente, es decir, irrestrictamente bondadoso, y esto es porque cuando los griegos adoptan el concepto de Dios, sobre todo a partir de Sócrates, le atribuyen condiciones éticas, en pocas palabras, lo hacen bueno. Pero, ¿y si la omnibenevolencia que los griegos le atribuyen a Dios no fuera una de sus virtudes? Tendríamos, entonces, como resultado un Dios todopoderoso, sabio, presente en todas partes y, además, cruel, es decir, sería muy semejante al que dibuja el Antiguo Testamento.
Lactancio asegura que Dios no suprime los males porque de hacerlo terminaría también con la sabiduría, que es uno de los regalos que nos dio, pero ¿no sería mejor vivir en un mundo sin maldad, a pesar de la pérdida de la sabiduría? Independientemente de la respuesta, atendamos lo siguiente: La existencia o ausencia de Dios es ajena a la postura que asumimos con respecto al mal. Es decir, ¿Dios no atiende el mal en el mundo? Hagámoslo nosotros. Apelemos a la sobriedad, a la virtud y a la razón, antes que culpar a los demás. ¿Sufrimos? Quizás parezca injusto, pero es necesario para entender que somos nosotros y no lo divino la causa del mal.
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