A contramano
Esta semana Puebla descolló, una vez más, en los medios nacionales e internacionales. No fue el desarrollo de su marca mercadológica ni tampoco nada que permita ufanar a nadie. Fue primera plana por el linchamiento de un joven en una localidad del municipio de Huauchinango. Las distinciones entre regiones, campo y ciudad(es), así como los niveles de gobierno local salen sobrando. Puebla se conoce por sus linchamientos, compitiendo acaso en frecuencia y números históricos sólo con el estado de Hidalgo.
A diferencia de Hidalgo, los linchamientos en Puebla se han canonizado en el cine y las artes, las ciencias sociales y sus debates con las humanidades. Existe un corpus teórico-político y literario que lidia con ellos. No me detendré en revisarlos. Baste decir que para quién esté interesado en “el fenómeno” una búsqueda electrónica asociando las palabras “linchamiento” y “puebla” generará varias docenas de artículos. Puede entonces elegirse entre las revistas indexadas y con factor de impacto legítimas para descargar los PDFs. Ojeando la bibliografía que referencien podrá incluso preferirse aquellos que sean afines a nuestra persuasión político-ideológica cuando no interpretativa y de estrambóticas “cosmovisiones”. Liberales, posmodernos, marxistas y confesionales, tanto convencionales como de epistemologías surianas o “decoloniales”, aparecerán ponderando desde la descaradamente racista correlación entre escasez de maíz y furia homicida, hasta la pedestre reivindicación de algún ethos como reliquia de algo que nunca existió (la harmonía de “la comunidad” [corporativa-cerrada] en relación simbiótica con la hacienda). No es mi interés señalar cuáles artículos deban leerse por encima de otros, pretendiendo saber qué explicaciones son las más adecuadas, o simplemente “posicionar” aquellas que me cuachalangan, cuantimenos promover o descalificar a nadie en particular. He de decir sí, que hay excelentes estudios hechos al respecto y quién se interese puede aprender lo que es menester.
Lo que me interesa, en contraste, es más modesto y urgente. Con pasmosa y repugnante regularidad a cada evento de linchamiento se da la misma respuesta de parte de medios, autoridades y en sí en el manufacturado sentido común en la “massmediación”. Seguido de la predecible condena, aderezada con calificativos como “salvaje”, “bárbaro”, “aberrante” y similares, se excusa a los participantes con el recurso que “se confundieron”. Los asesinos no lo son, o no del todo. Son aldeanos que, víctimas de una combinación de condiciones, viven presos de la ansiedad y desconfianza contra el mundo exterior al que temen y contra el cuál no tienen recursos válidos de protección. Si esos aldeanos deciden identificarse además como “indígenas” (o siguiendo el enamoramiento por la moda de temporada reivindican ser sujetos “originarios” de algo), se abandona el esfuerzo pues es ya de suyo explicativo y lo hace redundante. Esa “opresión conjugada” (actualmente mal llamada “interseccionalidad”) intensifica la miseria en explosivas combinaciones (pobreza y “originariedad” [sic], que puede empeorar con los agraviantes de género y grados de despojo en deudas e inventadas memorias históricas proyectadas) y precipita se afirme el cínico y racista sentido común contemporáneo. Se establece así que la miseria produce seres ingenuos, impresionables e incapaces de reprimir sus impulsos homicidas. Alguien de alguna manera los engañó e hizo circular sea por chisme cara a cara, Radio Bemba o las redes sociales contemporáneas algún infundio sobre “robachicos” y “confundieron” a una o varias personas—usualmente hombres adultos—con maleantes, aprestándose como grupo de autodefensa que pierde la razón (al capturarlos) para gozar como turba asesina. Eso, por la regularidad con que se regurgita y vierte impúdicamente como vómito sobre todos, debe ser suficiente.
La “magia” que rodea al “indio autorizado” al decir de la antropóloga brasileña Alcida Rita Ramos se invierte en un residual excrementicio que se muestra en los círculos (de mierda, de sangre y de sexo) de sadismo, anudados por el inmenso Pier Paolo Pasolini en la película SALÓ. Sólo que a diferencia de Pasolini en su acusatoria contra los fascistas y el sustrato fascista de la alianza de clases dirigente en el estado italiano, la primera respuesta—de medios y comentócratas, púnditos y opinólogos—es dar un salvoconducto a “esa gente” extraviada y que siendo víctima de la miseria encuentra fugas en formas de vileza asesina organizada. No se ha de hablar de linchamientos sin antes conocerse los pormenores de cada caso. Para ello debe haber investigaciones judiciales rigurosas que persigan a los criminales. Ya con esos expedientes penales es que científicos sociales pueden hacer estudios, buscando generalidades y constantes, para que después colegas de las humanidades y artes ponderen sus interpretaciones y revelaciones filosóficas sobre la condición humana como certezas tutelares. Y justamente eso es lo que echamos en falta en Puebla. O, dicho de otro modo, hay un acuerdo en la esfera pública y opinión publicada para invertir el proceso. La interpretación está dada de antemano e inhibe o hace irrelevante el duro y penoso pero necesario e irrenunciable proceso de impartición de justicia sin considerar atenuante alguno. El artificio “confusión” no es nuevo ni exclusivo de los linchamientos en Puebla. Sea por pereza, complicidad, hartazgo, repulsión o sus combinaciones, pero no ha de ser conclusión de antemano. Es urgente renunciar a su empleo como recurso para evitar indagar en cada caso quiénes son los involucrados, cómo inició el tropel que llama a “presentar armas” y hacer bola para que se procedan a capturar, maltratar, humillar, torturar y ejecutar con sevicia para inscribir, no una sino, dos o más muertes. Golpes, quemaduras y estrangulamiento son las combinaciones más comunes, acompañando a la muerte legal y daño moral, además de la supuesta y perversa comunión que dan el suplicio y martirio del “cabeza de turco” a los “aldeanos”. Nada expía la víctima ni se produce otra cosa en los degradados oficiantes que miseria, misma que comienza con el regodeo que son gentecitas simples que, buscando vivir la bendición de la comunidad (COMMUNITAS), han sicóticamente confundido justicia con venganza y persona con ofrenda. Son abusos por costumbre y como tales deben ser desterrados legal, política y penalmente.
El “atentado a la civilización” como aptamente ha sido calificado por un amigo no es exclusivo de los perpetradores. Comienza con el uso exculpatorio de confusión de aquellos que eligen el infame lugar común. Máxime si se sanciona desde el púlpito presidencial.









