Si hubiese duda del valor de empeñar la palabra, ésta semana el presidente cumplió. No me refiero al valor simbólico de la inauguración de la primera fase de la construcción de la refinería Olmeca (conocida popularmente como Dos Bocas) consecuentemente vilipendiada/ensalzada, tampoco a las múltiples ocurrencias con que “cuca” durante “la mañanera” a sus “adversarios”. Sí a un asunto de trascendencia relativa que le ocupa desde hace más de veinte años: el cambio de horario. Claramente, sus biógrafos debatirán si esa fue la primera de sus consultas como jefe de gobierno de la Ciudad de México sirviéndole para hacer de ellas artificio de simulación o fehaciente forma de democracia participativa. Antes que reiterar los argumentos respecto a las ventajas y desventajas del cambio de horario, planteadas en primera instancia por la administración del presidente Zedillo y contrapuestas por el entonces carismático líder opositor, hoy presidente constitucional en funciones de los Estados Unidos Mexicanos, quiero centrarme en su excepción.
En la nota “Eliminación del horario de verano: cinco puntos de la iniciativa de AMLO” aparecida sin firma en EL FINANCIERO de la edición del día seis de julio del año corriente, se cita que,
“La presente iniciativa propone abrogar la Ley vigente para sustituirla por una nueva que reconoce los husos horarios conforme al meridiano de Greenwich pactado internacionalmente en 1884. No obstante, se plantea mantener un horario estacional de excepción para los municipios de la frontera norte, dada la profunda integración laboral, social, cultural y económica existente con la zona fronteriza colindante de los Estados Unidos de América”…
Sin ir a los cinco puntos que van desde poner en perspectiva el acumulado pero insignificante ahorro de energía, a los reales, simbólicos e imaginarios malestares de la mayoría, considero el meollo del asunto está en “la profunda integración laboral, social, cultural y económica existente con…los Estados Unidos de América”. En primer término uno debe cuestionar si esa integración es sólo entre ciudades de la franja fronteriza. Esto es, ¿sólo entre Tijuana-San Diego, ambos Nogales, “Juaritos” y “el Chuco” (para referirse a las del Paso Norte), Piedras Negras-Eagle Pass, los dos Laredos, Matamoros-Brownsville incluyendo a las demás colindancias, es esa integración “profunda”? No es menester extraviarnos en los significados de la profundidad (pudiendo ser “heridas” a la Anzaldúa o de “amistad” a la McLane-Ocampo con sus síntesis entre AMLO-Trump), acaso contrastarlos respecto a los mencionados ámbitos laboral, social, cultural y económicos. No hay duda que aislarlas admite sólo fines analíticos pues en realidad son un mismo proceso entre ambas entidades políticas (México y “la Yoni”) y sus imaginadas naciones (“frijoles poéticos” y “garbanzos matemáticos” en cierta rola ochentera). Aún quiénes rechazan los méritos de “teorema de base-superestructura” concuerdan que no es posible segregar ámbitos entre procesos de economía política (destacadamente los mercados laborales así sean “ilegales” o “indocumentados”) con la aparentemente difusa dimensión sociocultural (que van desde el dominio del “güiri” por segmentos de clase para los nacidos desde los noventas hasta los reconocimientos “nacionales” en los “Óscares” de los “tres amigos”) (sic[k]).
No cabe duda que las administraciones del actualmente demonizado “periodo neoliberal” apostaron fuerte por esa integración, como tampoco que siempre hubo una crítica, rechazo y repudio a ello por una parte significativa de la sociedad mexicana que no se reduce a izquierdas o derechas, nordakas o surianos, urbícolas o campiranos. Hispanistas “churumbeles” con sus tunas (similares a las estudiantinas) y resistentes jaraneros en permanente lamento son dos marcadores de los enredos a la hora de elegir fetiches bajo presión. La apuesta nunca estuvo reducida a la franja septentrional; logró hacer fronteras internas en la relación norte-sur con zonas de integración tan o incluso más “profundas” que las aludidas anteriormente, entre Querétaro-Aguascalientes y Monterrey-San Luis Potosí (con “sus anexas”), así como “espacios de resistencia” en supuestamente liberados páramos económicos del milenarista depositario (desde letras hasta fritangas) de identidades (milenarias) de los “profundos y ancestrales” sur y sureste. En todos lados se encuentran enclaves de uno y otro extremo, pero sobre todo muestras innegables de la temida o deseada integración en medio. Sus referentes o marcadores son hartos y diversos. Van desde la oferta y consumo masivo de alimentos procesados vía cadenas de almacenes a medio mayoreo, hasta el dominio del inglés en ciertos ambientes artístico-científicos pasando por la ola de conversos a “los Pats” en la NFL. Sólo uno se ha vivido como un “hecho social”, empero. Este es “el horario de verano”.
El “adelanto/atraso” que es como se debate el imperfecto ajuste de los usos horarios del centro de México con el de la zona centro de los Estados Unidos (“centrado” en la ciudad de Chicago y su bolsa de valores agropecuarios, hub aeroportuario e industrias) y sus extensiones en los husos del este, de las montañas, y del pacífico fue el único impuesto a todos los habitantes en México. Y todos hemos opinado con convicción al respecto desde 1996. Primeramente discrepando entre la hora “del gobierno” o “de dios” para posteriormente—omitiendo ya la aclaración—llegar idénticamente tarde al presente. Lo relevante de la iniciativa presidencial es que todo aparenta que pasará sin oposición. Cuenta, ciertamente, con el apoyo de la mayoría entre la población y la sociedad política debe elegir bien sus batallas. No es ni inconsecuente como tampoco peregrino o arbitrario. Cumple con su palabra a las mayorías abonando al carácter de su persona pública. Está por verse si esta contundente “victoria cultural” es pírrica o qué trascendencia trae, pues su audacia está en la pretensión de acotar (y por ende detener) esa “profunda integración” a la “zona fronteriza”.
Zurzo en medio de tales contradicciones: “don’t hold your breath” o lo que es lo mismo “no se calienten garnachas”.









