Reza el lamento que mientras los Estados Unidos representan capítulos completos en la historia de México al revés la relación es la de píes de página. Aceptando sin conceder que las influencias no son recíprocas ni hay condiciones para pensarlo, estas son de carácter histórico. No es revelación alguna reiterar que la relación entre ambos estados independientes toma su carácter dominante con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848. Con él se reconocen legalmente las hostilidades, incursiones, provocaciones, amagos y guerra de invasión que definirá linderos y dirección de la relación. Nuestro vocabulario para referirnos a los fenómenos subsecuentes variarán, desde eufemismos tan ramplones como “amistad” hasta dramáticas denuncias de “neocolonialismo” pasando por distintos intentos por evitar a Perogrullo en “vecindad”. Tal ocurre con “integración”.
Seguramente se ha empleado con antelación pero su uso dominante ocurre en el periodo definido al hablar y fantasear sobre el TLC antes de su firma en 1994. De manera emergente primero y por ende provocando airadas reacciones, se iría domesticando para hacerse un lugar común hasta la renegociación del TLC 2.0 (USMCA of “NAFTrump” entre 2016/18). A partir de entonces es que vuelve a cuestionarse, primero por iniciativa del candidato en campaña y posterior presidente Trump para ser emulado por López Obrador. Antes de adentrarnos más en la discusión del presente, es pertinente mencionar que la relación entre ambos países y su inexorable integración tiene periodos históricos contrastantes. Semejando un péndulo se va de aquellos de acercamiento entusiasta a los de alejamiento rencoroso. Podemos pensar aquellos del siglo XIX como antecedentes de los propiamente modernos del XX y lo que va del XXI, pues al estar determinados político-militarmente, dejan menos espacio a la imaginación. A la derrota tras la invasión y despojo territorial siguieron los predecibles agravios y temores, que cristalizaron en el surgimiento del “interés nacional”. Si bien había pasado una generación desde el fin de la guerra de independencia y escaramuzas por afianzar el control territorial contra el imperio español, su materialización se da hasta contadas las pérdidas y ponderados los peligros. No será sino en la serie de guerras de Reforma, Intervención, e Imperio en que por convergencia de intereses se de un acercamiento y alineamiento político ideológico, definiéndose el campo entre liberales y conservadores. Al triunfo de los primeros (encumbrando a Juárez, Lerdo y Díaz) vendrá una larga adopción tecnológica estadounidense que busca ser contenida en lo cultural recurriendo como contrapesos a la influencia de otras potencias extranjeras, así como al residual hispanismo de los conservadores.
Ya en el siglo XX las guerras revolucionarias marcan un largo compás entre 1910 y 1939 redefiniendo legalmente límites a las empresas extranjeras y políticamente al accionar de sus personeros. Será pues sobre está serie de condicionamientos que tendrán lugar los periodos propiamente modernos de integración, vilipendiada como “agringamiento” para desconocer la “americanización” de la vida cotidiana. Desde patrones de consumo y organización de aspiraciones estético-artísticas, hasta las vanguardias intelectuales pero el auge entre 1940-68, con la explosión creativa de la posguerra y crisis de global de legitimidad política, incluye al “milagro mexicano”. A él seguiría un estudiado alejamiento desde 1970 hasta el referido 1994. Grupos de historiadores del presente industrias culturales debaten respecto a cómo es mejor caracterizar a cada periodo. “Eras” o “edades” cuando no “épocas” son alternamente llamadas “dorada”, “de oro” cuando no “grises” o “mediocres”. Los puntos de entrada para la identificarlas suelen dar la pauta para los intereses de las investigaciones. Así aquellas que busquen promover integraciones acotadas a lo económico comercial reducirán sus observaciones al consumo y moda, principalmente, mientras que las que busquen denunciar “dependencia” tecnológica y política identificarán represión e injerencia. En todo caso ambos periodos, el del gran agringamiento que va de los cuarentas a sesentas y el del resistente folclorismo nacionalista que va de los setentas a mitad de los noventas, sirven hoy a industrias de la nostalgia. Esta misma está colonizando ya las etapas tempranas del corto periodo del NAFTA (1994-2016) sin cuestionar la escisión entre una integración económica reacia a la poblacional.
Ciertamente la población ha sido siempre fundamental. Desde los debates del Senado Estadounidense—con su bandera ondeando sobre en Palacio Nacional—decidiendo hasta dónde, cómo y por qué apropiarse de cuáles porciones del territorio conquistado, bajo la amenaza que se le extendería ciudadanía a poblaciones no protestantes, no blancas ni propietarias, determinando un costo/beneficio de la que quedó “atrapada” en las nuevas fronteras, al uso posterior de la que no gozaría sino del eufemismo “transmigrante” como botín de guerra, hasta el presente desafío de reorganizar “acuerdos migratorios” que no trastoquen al USMCA. En los debates actuales sobre integración, sí hay ese componente histórico-cultural específico y que la hace diferente. La apuesta por la circulación de personas entre ambos países promovida por iglesias y sociedad civil desencadena efectos imprevistos. Enfrenta toda la resistencia de la reacción estadounidense, no así en México. Esto no fue siempre así. Hubo épocas en que los resortes nacionalistas inhibían ponderar cuándo habrían nacido los primeros gringos en México. Acaso ya en los 1950s o 60s con la adopción de las modas musicales del Twist y R&R, o bien hasta entrados los 90s bajo el Grunge y el H-h. Ya no es posible emplear formas arcaicas para referirse a su condición, pero no son sólo los “dreamers” quiénes reivindican el uso del barbarismo “Mexa”. Apócope aglutinante de “Mexican-American” en sustitución de todos los otros que gana terreno mientras la progresista primera dama de aquel país, doctora en educación, en un lapsus los equipara con tacos. Quizás debería saber que “taco-eater” o “cometacos” no son las voces preferidas de identificación. Con tortillas (o taco-shells) de maíz estadounidense a rellenarse con recetas diluidas en pos de éxito comercial, mercadotecnia “Faux Mexican(’t),” pero ciertamente estamos integrados. Queda ahora, en homenaje a la “teoría de la dependencia” hacer la crítica sobre las formas específicas de esas integraciones.









