Hace no tantos años, no más de un par de décadas acaso, al encontrarse el término “persona humana” en la prensa uno sabía se estaba hablando de divinidades. No sólo teólogos sino activistas de iglesias y sus grupos laicos suelen separar asuntos cotidianos de los trascendentes en su argumentación política. Sin haber desaparecido, hogaño al leer o escuchar acotaciones a lo humano sabemos no es así. Se está aludiendo a animales sean de compañía (mascotas), silvestres, de trabajo o bien sus fantasías humanizadas. Sin que responda a conspiración alguna, sí podemos alertar la convergencia de procesos en lo público y lo privado que han planteado una despolitización moralista que sin secularizar monetiza sustituyendo lazos humanos por ficciones caricaturizadas.
Comencemos con lo privado pues es ahí en que se ha dado el principal e irreversible cambio demográfico. Durante el siglo veinte México pasó de ser un país predominantemente rural a uno urbano y con ello la familia extensa dio paso a la nuclear. Al predominio de los servicios sobre la manufactura y sector extractivo sigue también el ensayo con formas de convivencia fuera de ambas. Nuevos arreglos domésticos pueden prescindir ya de la compulsión reproductiva. En largo periodo de casi cien años desde el fin de las guerras civiles canonizadas como “revolucionarias” cae la tasa de reproducción e invierte la tendencia de un país joven por uno que envejece. Asimismo, proliferan formas de entendimiento fuera de la dirección de iglesias y la familia con su “ley nombre del padre”. Una explosión de identidades y formas de ser se afirma sin autoridades. Dentro de esos cambios los animales no humanos adquirirán necesariamente las características y funciones que sus amos imaginan para justificar su sujeción. Así a la triada que diferenciaba entre mascotas de animales domésticos y silvestres se añade la humanización de los primeros. Términos burdos y necios como “perrijos” y “gatijos” dejajan de ser ocasión de sorna pues hemos visto las reacciones infantilizadas que generan.
En la esfera pública los ecos de estos cambios en la intimidad doméstica se articulan en partidos políticos y negocios. Por un lado, entidades vacías e impostoras como el Partido Verde copian e importan legislaciones del Atlántico Norte respecto a los derechos de los animales (no humanos) sin debatir ni educar a sus legisladores. No es su interés transculturar debates ni tendencias como clase compradora, lo suyo es la mezquindad. Eso quiere decir sacar raja política en alianzas con quién detente el poder y para ello usan por ensayo y error propuestas legislativas que logran eco en segmentos de la ciudadanía. Así, ir contra los circos o corridas de toros son defendidos por la identificación sentimental que provocan, mientras que industrias cárnicas, láctea o de peletería son ignoradas. La congruencia no es parte de sus intereses, sí el poder trocar amorfas afectividades por votos y escaños. Por el otro lado, las cadenas de tiendas de productos para mascotas venden más que alimentos y juguetes, servicios veterinarios y de acicalado. Como cabeza o rostro de la industria proponen formas de convivencia y cuidados con las más ubicuas formas de identificación ciudadana en la sociedad civil: las organizaciones no gubernamentales (ONGs) en tanto mezcla de caridad y activismo.
En el punto en que sociedad política y mercantil convergen dirigiendo a la civil son los albergues de animales. Especializados por especies y con nichos de clase específicos, pero es imposible no saber de alguno o no conocer a alguien involucrado con ellos (aún fuera de la sociedad burguesa). Los hay bien puestos, reconocidos y con incidencia en el liderazgo moral e intelectual de la sociedad. Los hay también improvisados, dependiendo de donaciones y siempre al borde del cierre y desesperación porque no pueden mantener en ellos a los animales en custodia. No es menester adentrarnos en el caso, pero el escándalo del santuario de grandes felinos “Black Jaguar White Tiger” ha demostrado la incapacidad del gobierno federal mexicano, la compulsión al fraude por individuos organizados en caridades sin supervisión y lo crédula que es aún la misma sociedad que diariamente lamenta su cinismo y crueldad (tanto en tasas de homicidios como sorprendiéndonos por el crimen horrendo de la semana). Entre políticos corruptos y empresarios inescrupulosos se ha establecido el espacio para que se siga explotando la propensión caritativa. Queda un espacio para pugnar por el terreno moral del chantaje y la limosna sin mayor guía o dirección que el sentimentalismo (barato, anti-intelectual, y espontáneo).
El problema con el sentimentalismo monetizado es precisamente la despolitización del espacio público y el ataque a las garantías individuales. Si las condiciones sociales de inseguridad y precarización, cuando no ausencia de significados en las instituciones del gormondiaje (familia, patria, iglesias) nos hacen proyectar afectos y encontrar solaz en animales de compañía humana, hemos de pugnar porque no sean versiones ficticias ni caricaturizadas las que predominen. La humanización relativa de las mascotas no se puede legislar e imponer de manera autoritaria, sí se ha de debatir qué se entiende como derechos de los animales dentro de las colectividades políticas y en su caso del “bloque histórico”. Definiciones de “crueldad” no son ni elocuentes ni deben ser selectivas moralmente. Precisamente porque nuestras formas de comunicación, convivencia y entendimiento están cada vez más atomizadas y bajo el control de grandes jugadores en política y negocios es que hemos de poder reconocer más de un sentido al término “animalista”.









