Grandes y diversos escritores se han ocupado, con el poder de su palabra, de elogiar la lluvia.
El poeta norteamericano Henry Wadsworth Longfellow escribió una preciosa oda dedicada a ella. Hela aquí:
Qué hermosa la lluvia es,
tras el polvo y el calor,
en calle de ardiente anchor
o senda angosta montés.
De esta sencillísima y provinciana manera, el poeta norteamericano nos dejó una estampa de cómo se puede ver la lluvia en un medio rural.
Juan Rulfo, por su parte, nos dejó otra muestra, sólo que de su contraparte, la sequía. En uno de sus más contundentes cuentos, “Nos han dado la tierra”, un grupo de campesinos avanza tras la tierra que les han dado y se desarrolla esta cruda escena:
“Faustino dice:
—Puede que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: ‘Puede que sí.’ ”
Juana de Ibarbourou, la gran poeta uruguaya, nos dejó otra bella estampa, digna de ser citada:
“Los dedos de la lluvia tamborileaban en el cristal de mi ventana.”
Incluso la literatura popular infantil se ha referido a la lluvia. Una adivinanza curiosa la describe así, y sin duda es una pintura de lo que pasa en las ciudades cuando llueve con tal abundancia que se generan estragos:
“Se alegran los campos si me ven llorar
y se ponen tristes los de la ciudad.”
Muchos otros escritores también han tomado a la lluvia como tema o escenario de sus escritos. En casi todas las narraciones de Gabriel García Márquez llueve. Su obra señera, Cien años de soledad, tiene constantes escenas lluviosas. Incluso suelen ser metafóricas. Hay una escena memorable. El telégrafo acaba de ser instalado en Macondo. Como es natural, sirve para cosas importantes, por ejemplo dar partes de guerra. Es el caso que mientras el coronel Aureliano Buendía anda haciendo una de las 300 guerras que hizo, recibe un mensaje telegráfico de su amigo el coronel Gerineldo Márquez, quien está en Macondo, perdidamente enamorado de Amaranta Úrsula, hermana del coronel Buendía. Gerineldo Márquez no halla otra forma más efectiva, y efectista, de expresar el amor no correspondido que con un escueto mensaje: Está lloviendo en Macondo. El coronel Buendía, furioso por la distracción y por el empleo banal de tan importante medio para asuntos de amor, le manda otro escueto mensaje: No seas pendejo. En Macondo siempre llueve.
La lluvia, en fin, y pese a los estragos que suele portar, es más benéfica que nociva. Por eso ha sido tema recurrente de la palabra de grandes autores.
Gracias y hasta el próximo jueves.
* Lic. en letras españolas. Escritor, autor de carca de 40 libros. Conferencista.
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