Esta semana murió a los 92 años, el último dirigente de la Unión Soviética y por ende del “bloque” anticapitalista realmente existente, Mijaíl Gorbachov. Lidereo entre 1985 y 1991 al Comité Central del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. Las elegias laudatorias al personaje, su época, y las supuestas condiciones para su tenencia del poder saturarán las páginas de la prensa internacional por pocos días. Serán necesariamente superficiales, anecdóticas, y acotadas al espectáculo. Se acepta que deben asociarse con él pocas palabras-clave, fácilmente reconocibles y blandas, que no quieran decir nada. Ello derivado del hecho innegable que todos aquellos que podemos arrejuntar bajo la categoría de “jóvenes” eran muy niños o no habían nacido durante su mandato. Igualmente, que se debe reiterar hasta la náusea el melodrama de “la libertad” reducida a la de empresa. Es pues una suerte de personaje protagónico del elenco de tiempos idos “para bien”. Un recordatorio de la radicalidad del presente y que no se permite disentir. Y justamente por eso es por lo que se supone encarnó demanda revisión y crítica, así sea dentro de la industria de la nostalgia.
Por principio de cuentas consideremos los terminajos que evoca su muerte: “Guerra fría”, “Imperio del mal”, “Cortina de hierro”, Perestroika-Glasnost”, “Archipiélago del gulag”. Casi todas han servido para confundir aquello que trataban de denotar con sus muchas connotaciones, apropiaciones y re-usos en la industria del entretenimiento, publicidad y propaganda política. Lo relevante es que en conjunto sobre-simplifiquen y hagan papilla el proceso histórico. En sí el más importante contorno de la modernidad junto con la Revolución Francesa. Entre ambas revoluciones surgen no sólo reivindicaciones y aspiraciones populares masivas sino las intervenciones para hacerlas posibles en sus limitaciones y fracasos. Huelga decir que en vez de ponderar sus contradicciones lo que tenemos es un espantajo que opera como antónimo a “libertad”, “esparcimiento”, “expresividad”, “pluralismo” y sobre todo “felicidad”. Debemos identificar a la Unión Soviética, el ideal emancipador del comunismo, y al socialismo realmente existente con una historia aberrante pese a que no podamos saber mucho de ella y menos aún investigarla. Es, acaso, un recordatorio del horror. No es que no haya historias bien documentadas, mesuradas y complejas, pero están reservadas a los especialistas, normalmente en lenguas extranjeras. En las versiones sintéticas y populares abundan las caricaturas. Puede decirse que los soviéticos y sus aliados usaron ese pedestre nivel y sólo se les revirtió. Como ejemplo burlón están los infames bodrios de Rius. Por más que se repita ese sustituto de argumento o siga habiendo aberrantes infografías es insuficiente. Simplemente no hay fondos para traducciones, el estudio de esos temas, o no si se busca en ellos criticar el apócrifo.
Queda pues en la cultura popular la posibilidad de acercarnos a ese periodo o periodos en que se puede dividir la historia. En todas está garantizado el papel de Gorbachov como el patriarca que pone fin a la bestia moribunda, pero en sí ofrecen espacio para preguntarnos qué tipo de nostalgia es aquella con que se supone está prohibido entretener. Si bien hubo películas que se encargaron de repetir la línea de la OTAN como “Adiós Lenin” y “La Vida de los Otros”, es en las plataformas de streaming como llegan las mejores producciones en forma de miniserie. Sin sorpresas son los alemanes quiénes producen las versiones más complicadas y contradictorias por el peso de la reunificación como la certeza que ellos serían las primeras víctimas en ser sacrificadas si los dos súper poderes decidían medir fuerzas. “Deutschland (83, 86 y 89)” o más recientemente “Kleo” revisan el entramado internacional en que su confrontación parecía inevitable. Por supuesto que hay producciones polacas, rusas y casi de todos los países de la región, pero son los alemanes quiénes mejor han confrontado los dilemas y abusos de lo que comúnmente se vulgariza como “memoria histórica” (que si es una suele tener poco de la otra en ambos sentidos) con creciente audacia. ¿Es válido sentir nostalgia por un periodo que se ha pintado todo de gris? No sin un entendimiento de los costos humanos y a los que estaban enfrentados a ambos lados de la división político-ideológica entre imperialistas y comunistas por la aniquilación mutua. En esa historia hay claros ganadores y perdedores porque conocemos el fin. Lo que no sabemos o se nos prohíbe considerar son las variaciones en la experiencia, que incluye un abanico más diverso, contradictorio y abierto de motivaciones, personajes y aspiraciones que lo que la propaganda dicta.
De hecho, uno supondría que la guerra en Ucrania ofrecería el cerrojo perfecto a tantos años de remache y machacado de apócrifos. No lo es. En Asia y África, América Latina y el Caribe, Levante y Oriente Medio, por no hablar dentro de los territorios de la OTAN las audiencias parecen escépticas ante la maquinaria propagandística del expansivo proyecto imperialista de siempre ya. Existe la versión que eso responde a la ignorancia de lo que ocurrió y por ende es necesaria más propaganda. Lo dudo. Creo que la industria de la nostalgia ha condicionado a generaciones completas de “jóvenes” para buscar los claroscuros y vericuetos, ambigüedades y contradicciones a la dimensión trágica de la modernidad y su muy celebrado fin. Para corroborarlo tendremos por un fin de semana el abuso de la figura de Gorbachov de manera unidimensional. No será entre rusos y ucranianos su disputa pues sabemos bien que él pactó sus derechos de imagen con Pizza Hut y el conglomerado de negocios asociado.









