En estos días, la máxima autoridad jurisdiccional (Suprema Corte) está analizando la permanencia de la prisión preventiva (a pesar de que en los países pro derechos humanos la han descartado en la mayoría de los casos, solo permitiéndose para casos muy graves) y el titular del ejecutivo federal promueve su aplicabilidad. ¿Qué subyace al respecto?
Sorprendentemente, en los últimos años hemos observado cómo las personas de nuestra localidad cada vez viven con un incremento de estrés y violencia en todos los ámbitos, desde el plano físico al perceptivo. Nos ha cautivado esa negatividad en el diario acontecer. Desconfiamos de todo y de todos.
En las acciones que realizan las personas, desde el principio las encontramos culpables, consideramos que su accionar está sometida a la mala fe o dolo, sin investigar o detenernos a conocer las circunstancias y razones que pueden estar implicadas. Algunas personas, porque no se puede generalizar, lo único que quieren ver es el castigo a quien está siendo vinculado a una situación con tintes de ilicitud o de escándalo, apuntando el dedo flamígero del escarnio. Sólo quieren ver sangre y se regocijan al ver sufrir a los demás innecesariamente. Un coliseo romano degenerado.
Y tal parece que todos se alejan de la templanza, la prudencia y la justicia, virtudes cardinales por las que se debe regir el ser humano, apoyadas en la razón lógica que debe imperar en el pensamiento.
En la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, se reconoce el principio de presunción de inocencia, atento a que nuestro máximo ordenamiento constitucional reconoce a los Derechos Humanos que protegen a cada persona, por ende, la sociedad reconoce que todos debemos ser considerados inocentes hasta que exista una sentencia firme de autoridad competente en la que se haya probado que la conducta desplegada es ilícita.
Entonces, ¿por qué apostar por inhabilitar este principio? ¿Nos lleva a un lugar más seguro pedir que la autoridad castigue desde el inicio a quien es acusado? Resulta muy cómodo para la autoridad exhibir un trofeo sancionatorio, aunque se violen Derechos Humanos, algo así como la decisión de Poncio Pilatos.
Si reflexionamos un poco al respecto, lo que sucede es que la desconfianza es tan grande entre nosotros que incluso alcanza a la misma autoridad; si, para ellos, incredulidad, sospecha de corrupción son conceptos inherentes a cualquier posición gubernamental. Y hemos entrado a un círculo vicioso. Un cáncer que avanza paso a paso hasta consumirnos.
Luego, la respuesta para cambiar de rumbo la debemos encontrar en la ética y en la educación, si, en el fortalecimiento de principios y valores, en la enseñanza de la reflexión, análisis e investigación para tomar decisiones. En el cumplimiento de la ley sin afectar derechos humanos, en hacer bien el trabajo, siendo responsables, alejarnos de la corrupción. Que la avidez por el dinero no represente un pacto con lo ilícito. Resulta una tarea muy complicada, pero hay que dar el primer paso para salir de este estado de comodidad que nos carcome.









