El diferente, el negrito en el arroz, la oveja negra de la familia.
Un fenómeno que describe a un miembro del sistema que no encaja con su dinámica, haciendo una analogía donde el color de ese individuo, es distinto y resalta de entre el resto de la manada.
En el comportamiento humano debemos distinguir la personalidad que es una suma de muchos factores, todos diferentes y únicos.
Sin embargo, el hombre es relacional por naturaleza y necesita pertenecer a un grupo, y el grupo principal, el primario, es la familia.
En ella nacemos y crecemos, hay una cohesión, un conjunto de ideas, costumbres y creencias que nos distinguen de los otros grupos.
Nos sentimos amados, respaldados y en cierto modo, orgullosos de pertenecer a ella.
Sin embargo, llegará un momento en que necesitamos trabajar en nuestra individualidad, como parte de un proceso de desapego, de autonomía o de independencia. Y es aquí donde comienza el problema, pues no solo aprendemos de la familia, sino del entorno que nos indica una realidad más allá de lo que conocemos, y nos hace pensar que se es desleal o traidor, cuando se trata de cuestionar lo que siempre hemos visto en casa, proceso totalmente sano y natural, por cierto.
Entonces comenzamos a desarrollar nuestra propia filosofía de vida y a reacomodar todas esas creencias del grupo.
Habrá quienes se resistan y con el miedo a ser rechazados, se quedan siendo fieles a esa forma de pensar y no a la propia.
No se trata de ser desleal, se trata de ser congruentes con nosotros mismos.
Entender que es posible pensar diferente y asumir que todo esto, que podría ser saludable para todos, puede traer conflictos. Romper con la homeostasis del grupo.
Que no será algo tan monstruoso como creemos, será algo que mueva a los demás para que también piensen y propongan cambios saludables, y así crecer en cada etapa del desarrollo de un sistema. Etapas que debemos vivir.
Cuando en una familia las cosas no van bien, una oveja negra o paciente identificado puede, al no poder acomodar esos pensamientos únicos, presentar algún síntoma que indica que el sistema no está funcionando adecuadamente.
Pero no se trata de romper las reglas solo por el hecho de que alguien quiere ser diferente (esto se da en la adolescencia como parte de su natural proceso de búsqueda de identidad), se trata de reconocer quien soy y qué quiero, y saber que a veces lo que quiero como proyecto de vida no cuadra con lo aprendido en la familia.
Por eso es conveniente pensar que ser la oveja negra o el chivo expiatorio, no es malo en sí mismo, representa llevar a cabo la tremenda tarea de trabajar por nuestras metas, sabiendo que se lucha por algo que, aunque saludable, también es diferente, y asumir que el resto de los miembros de nuestro sistema familiar, no tiene la obligación de cambiar o hacer lo mismo que nosotros.
Entonces será preciso entender que de repente seremos señalados por eso, por romper el supuesto equilibrio, por traicionar, por hacer sufrir a los padres, entre otras acciones indeseables.
No será el malo de la familia, aunque eso parezca, será quien ayude al resto a cuestionar, a pensar, y a crecer como se debe.
Hacer este trabajo no es sencillo, pues se espera ser el señalado, y se intenta no caer en una posición de víctima, o en acciones de autoflagelación.
Se trata de saber que los demás, sea en un grupo pequeño o grande, piensan diferente y que al igual que se espera respeto por las propias ideas, también tenemos la obligación de respetarles y confiar en que ellos mismos resuelvan sus asuntos.
A veces será posible recibir este respeto que deseamos, o tal vez no, pues se necesitará que la familia tenga suficientes herramientas emocionales, suficiente madurez para comprender el mensaje y la valentía para cambiar algunas cosas que no están bien.
Ser la oveja negra, ser diferente, nos obliga a trabajar aún más en nosotros mismos, para encontrar la manera adecuada de seguir nuestro camino y desarrollar nuestros proyectos.
No es el punto lastimar deliberadamente a otros bajo la bandera de rebelde, e ir contra corriente sin sentido alguno, sino de clarificar nuestras creencias y entonces ser congruentes con ellas.
Aprender a respetar las reglas de casa, las leyes, las reglas de una sociedad y vivir en ella siendo y pensando diferente, será el reto de cualquier persona que se jacta de ser la oveja negra.
Pues a pesar de todo seguirá perteneciendo al grupo y es ahí donde, o se hunde o crece todavía más.
Dependerá de tener una personalidad fuerte y decidida para lograrlo, y evitar ser el chivo expiatorio donde se proyectan las culpas de los otros, con el fin de evitar que la atención se centre en ellos, y provocando inevitablemente que se presente el síntoma, como precio por la incongruencia y la debilidad.
Así que siempre quedará la pregunta y una decisión qué tomar, evitar conflictos por miedo al rechazo sofocando nuestros sueños o, esforzarnos por madurar y aceptar pagar el precio por la libertad de nuestro corazón y el respeto por la vida.
Y RECUERDEN, TODO SALDRÁ BIEN AL FINAL, Y SI LAS COSAS NO ESTÁN BIEN, ENTONCES, TODAVÍA NO ES EL FINAL.









