Antes que en notas periodísticas o en tratados teóricos es en las redes sociales donde la expresión “apropiación cultural” ha tomado carta de naturalización. Sucintamente se refiere al “robo” de algún “referente identitario” de un grupo por otro en situaciones de desigualdad y dominio. Así el grupo, individuos, o empresa que lo “empepena” desvalorizará y mercará con lo que por el mismo hecho adquiere un aura cuasi-sacra para los “despojados”. Esta discusión adquirió sus rasgos básicos entre activistas y escritores afroamericanos criticando el abuso de las industrias culturales sobre sus creadores y valores “comunitarios”. De ahí y sin suficiente reflexión ha sido importada para denotar y denostar en redes no sólo en español. Antes de establecer qué es y cuándo aplica, es menester acotar que la apropiación de rasgos culturales es inherente a la experiencia humana. Por principio de cuentas no hay culturas con fronteras fijas o “blindadas”, como tampoco son entes dotados de una sistemática coherencia interna. Aquello que llamamos cultura está en constante cambio. Algunas formaciones son dinámicas y efervescentes, en expansión e intercambio constante con otras, mientras que también las hay que se osifican y languidecen antes de mutar en nuevas o ser absorbidas por otras. Lo relevante es la afirmación de procesos político-sociales que seleccionan e identifican ciertos elementos arbitrarios para operar como símbolos, referentes y metonimias culturales. De suyo siempre será interesado, presentista, y contencioso, además de contingente, frágil, y momentáneo.
Un buen ejemplo regional y de temporada es el huaxmole. La matanza anual de miles de chivos y su preparación de sus caderas en un guiso se da en un tiempo y espacio específico. Aquel que por economía llamamos “mixteca” sin mucho entendimiento de sus fronteras ni de las poblaciones e historia regional. Tehuacán y Huajuapan de León son las ciudades-mercado por las que se conoce en Puebla y Oaxaca, respectivamente pero no se reduce a ellas. Hasta hace pocos años, el deleitarse con su consumo demandaba viajar bajo la luna de octubre y saber dónde, qué días y con quién. Dado el proceso específico de “patrimonialización” por el interés de elevarlo al mismo nivel que los chiles en nogada, desde hace poco podemos disfrutarlo en establecimientos a los que era ajeno en la Puebla del Malamor. Al haberlo “movido” se omite uno de los rasgos por el que había sido denostado, que es la matanza misma. Animalistas de siempre y ocasión reiteran la monserga conocida ahí dónde ocurre, con menor capacidad al ofrecerlo en otro lado.
La matanza y el huaxmole incorporan elementos de al menos tres grandes tradiciones culturales. Por principio de cuentas los caprinos como animal domesticado en levante sobre el que se erigieron civilizaciones pastorales y de dónde tomamos las varas o bastones como símbolo de poder patriarcal y falocéntrico. El sacrificio del primer cabrito o chivato orando es una reliquia Halal y/o Kosher que no pasa inadvertida, así las plegarias se den en náhuatl o español. La matanza siguiendo el calendario lunar de cara al invierno se deriva de las serranías europeas pues no podrían sobrevivir fuera del cobertizo y debía acumularse alimento preservado para enfrentar la incertidumbre de la extensión de las nevadas. Huelga decir que para surianos en México ese elemento estacional está ausente. Finalmente, la transculturación de ambas se da vía el proceso de apropiación selectiva que de ellas hicieron y hacen las poblaciones indígenas y mestizas de esa región que identificamos por un grupo étnico-lingüístico pero que se caracteriza por la convergencia de al menos media docena de ellos.
Ese crisol colonial en que se funden para verterse en frágiles moldes de arcilla lo que llamamos cultura no puede prescindir de “apropiaciones”. Nadie en su sano juicio acusará a los pastores que por meses llevan a los hatos de chivos siguiendo rutas señeras de robo o devaluación de herencias mediterráneas y/o europeas, semitas y de viejos cristianos. Antes bien, al comer el mole de caderas, maridarlo con pulque, vinos, o cerveza artesanal, rematado con mezcal las celebramos como nuestras. No es menester ser nativo de esa región, simplemente regnícola, para ser parte de la comunión no denominacional. Sabemos que gobiernos y empresas, grupos de interés y cámaras de comercio tratarán de manejarlo como mejor les convenga. No hay nada malo ni anormal o censurable en ello, precisamente porque sabemos que el gusto de los comensales marcará los límites de lo creíble y tolerable. Así aquellos que lo quieran “prehispaniquizar” encontrarán sorna y chacoteo por la misma materialidad histórica de los chivos. Igualmente, quienes busquen “depurarlo” a cualquier vieja usanza tendrán problema a la hora de explicar el carácter preponderante de los chiles y sobre todo huajes en el guiso. Todos movilizarán fuentes de autoridad, pero la única que vale es dónde, cómo y cuánta gente lo come con qué empeño y entre quiénes.
Este breve ejemplo nos debe alertar sobre los excesos que se cometen al denunciar “apropiación cultural” sin los muchos niveles de ironía que conlleva. No es que sea irrelevante, pero requiere otra serie de términos y aduanas para proceder. La más elemental es el mexicanismo “agandalle.” Tomado, otra vez, del complejo mediterráneo-peninsular en otras lenguas romances; la gandalla o gandaya era la red usada por salteadores de caminos para recogerse “el chonguito” o “man-bun”. De ahí pasó a identificar a los delincuentes (o “personas en situación que les orilla a tomar lo ajeno”) y después se hizo verbo que potenciamos para definir el carácter moral de una persona, gobierno, o empresa y sus actos. Habrá quién la aplique también a horizontes temporales y culturales completos, pero confiemos en que podemos separar actos por individuos y personas para su enjuiciamiento ético, moral, y político, cuando no judicial. Así cada vez que se oiga o lea “apropiación cultural” hemos de someterle a su prueba. ¿Se agandalló algo a alguien y eso se había patrimonializado por debidamente reconocido grupo de interseccional subalternidad cotizando en la bolsa globalizada del sufrimiento social? Si la respuesta es sí, podremos unirnos al coro de indignados exhibiendo blasones y certificados. De no ser así es preferible evitar ser parte de la pena ajena.









