Conspicua y tenazmente el otoño antes que otras estaciones nos confronta con el peso de las tradiciones. Derivado de los ciclos agrícolas, las cosechas en el hemisferio norte nos obligan a celebrar el paso de lo pagano a lo religioso y su secularización mercantil. Su inherente fricción da oportunidades de goce, alegría e indignación. Si bien los centros comerciales ya están atascados de mercancía navideña, tenemos aun una apretada agenda antes de llegar al solsticio. Desde las elotizas del fin del verano hasta el intenso periodo vulgarizado como Guadalupe-Reyes se suceden y apretujan sincréticamente conmemoraciones que, sin ser exclusivamente paganas, religiosas, ni seculares, se combinan y reconfiguran constantemente. De ahí la dificultad de invocar el peso o autoridad de tradición alguna. Tomemos como ejemplo la que terminó esta semana. Los “desfiles de catrinas” que dominaron desde la misma fiesta de Sanjuditas hasta terminado el “todos santos” alternan elementos del Halloween estadounidense con la iconografía posrevolucionaria mexicana bajo pauta hollywoodense. Todo rodeado por el aura mística y reverencial de lo “prehispánico” interpretado por la contra-reforma católica. Hay quienes se oponen a las múltiples “profanaciones” a cómo ellos se imaginan recuerdan las celebraciones; también los que acusan en ello la influencia del mal, sea por “penetración cultural” o “satanismo”; pero aun sumados son marginales ante el desborde de mímica y alteridad que ha supuesto la definición de lo mexicano respecto a los Estados Unidos dentro del NAFTA.
A modo de no perderse en discusiones baladíes es menester echar mano de dos recursos. Uno es el de “tradición selectiva” y el otro el de “invención de la tradición”. El primero procede de la crítica literaria y fue avanzado por el galés Raimundo Williams mientras que el segundo por los historiadores ingleses Eric Hobsbawm y Terencio Ranger. El primero establece que ninguna tradición reproduce mecánicamente significados, rituales, o lazos entre generaciones. Al contrario, de una a otra hay un proceso que, similar al de la agricultura, selecciona qué semillas guardar para la siguiente siembra—intercambiando algunas—y no todas las que florezcan serán las propias. Cada generación, por familias, comunidades político-culturales y formaciones estatales ira renovando y fortaleciendo así su idea de tradición. Los segundos afirman que mucho de lo que entendemos como tradición con mayúsculas son realmente innovaciones cuando no inventos recientes injertados en ese proceso de herencia histórico-cultural de tales comunidades políticas que, al hacerse formaciones estatales, toman peso de ley. Ambas son quizás demasiado aptas para la celebración de lo que en los Estados Unidos (principalmente California y los enclaves mexicanos de Denver, Chicago y otros tantos) llaman “muertos” pero no es propiamente español como tampoco se acultura del todo al Halloween. En el paso de una generación a otra, dados los encuentros e intercambios permanentes, se selecciona qué debe ser parte de cuál tradición y en que instituciones resguardarlo, así como las áreas de contacto que se mantendrán. Los nabos irlandeses fueron cambiados por las calabazas “pumpkin” exhibiendo abundancia de comida y alegría frente al terror real del hambre dejado allende.
Igualmente, la mayoría de los mexicanos cambiaron el celebrar sólo en cementerios y familia, cocinando y compartiendo con amigos y vecinos, para volcarse a las calles en sendos desfiles no sin antes haber aprendido en escuelas y espacios públicos la importancia que la fecha no pase desapercibida ni “pierda” su carácter “nacional”. Huelga decir que antes de la SEP de Vasconcelos la conmemoración era tan específica como hoy sigue siendo el abrir tumbas para lavar los restos óseos en Campeche. Localidades, comunidades y pueblos surianos de raíz indígena rendían culto a sus muertos sin un libreto y guion compartido. Ante tal diversidad, todo educando sin distingo de regiones o etnicidad aprendió que las expresiones de “los fieles difuntos/todos santos” eran sinónimo de mexicanidad así fuese por influencia del cineasta ruso Sergei Eisenstein en diálogo estético con muralistas y etnólogos autodidactas. Interpelados así por “el gran Otro” sentirían su falta ante la respectiva ofrenda casera para después concursar por premios en escuela e institución laboral. El éxito fue tal que parece haber sustituido los términos “mi escuela y mi bandera” por “ofrenda y catrina” en la jaculatoria del himno de la Heroica Escuela Naval Militar, pero manteniendo que “las dos mi gloria son”. De tan bien que salió ese artificio metonímico de mexicanidad, otros productores de Hollywood (no los que financiaron a Eisenstein) pusieron a danzar (sin pagarle) a la flota. Huelga decir que a muchísimos les encantó ser extras en barato bodrio que puede o no ser acerca de “elles”.
Tantos niveles de ironía involuntaria son la mejor defensa contra los intentos de patrimonialización y secuestro por autoridades eclesiásticas, civiles, inciviles y educativas, por no hablar de aquellos que so pena de prohibiciones y cancelaciones simplemente gozan indignándose. Ciertamente, ofrenda sin hacer tamales es escenografía, pero no es “balín”. También que el viaje de la Catrina como personaje ha ido de la sátira política de la industria editorial a hacerse un significante saturado de mexicanerismos, hasta el grado de tener que preguntarnos (con el teórico cultural jamaicano Estuardo Hall) “¿quién necesita identidad?” Antes que discernir qué de la celebración a fin de octubre e inicios de noviembre en que convergen el paganismo europeo, la apócrifa cosmovisión mesoamericana centralista, el catolicismo de la contra-reforma, el consumismo estadounidense, y la mímica posmexicana de la desmodernidad, es importante contar con un (permítaseme la “guachafada”) entendimiento 2.0 de “tradición”. No llega a debate público, cuantimenos académico, sí que es lo que nos permitirá disfrutar de esta temporada tras dos años de “miedo pandémico” con familiares y amistades. Acción de gracias (“Sansgivin”), peregrinaciones a Juquilita, “la villita” (la más cercana o la centralista), Janucá, ante-pre-posadas, pre-posadas, posadas, navidades, Saturnalia, santos inocentes, año nuevo, epifanía-Reyes y el colofón de la Candelaria para la bendición de semillas (reales, simbólicas e imaginarias), serán más llevaderas si las celebramos sabiendo todo es selectivo e inventado, siendo los más necesitados de identidades fijas, intolerantes y achacosas los que se “emperren” en osificarlas.









