En cada mundial de futbol, así como hay favoritos, se espera surja algún “caballo negro” como extra de goce. Pasada la fase de grupos y los octavos de final, no hay duda de que en Catar 2022 esa sorpresa es Marruecos. Además de haber derrotado a Bélgica y Canadá, empatando con Croacia para pasar como líder del grupo F a octavos, contuvo a España y la eliminó en tanda de penales. Llegaron pues a ese quinto partido que es obsesión de más de una escuadra de las que animan sin realmente competir. Independientemente de la forma como se clasificó en su confederación, Marruecos fue subestimado en todos sus juegos. Haber corregido eso es ya una agradable lección. Es el seleccionado africano que llegó a cuartos, habiéndose despedido Túnez, Ghana, y Camerún en fase de grupos, Senegal en octavos. Hay un elemento adicional con que se entrecomilla al equipo. Se dice que dieciséis de sus integrantes (al menos) no nacieron en el reino sino en Europa y Norteamérica.
Los debates sobre quiénes pueden jugar en qué selecciones nacionales son agrios y revelan los excesos del nacionalismo, confrontando al nativismo y la naturalización, así como a países de tradición inmigrante con aquellos de emigrantes. Hasta ahora la tónica dominante ha sido que cedan las barreras atávicas del “nacionalismo étnico” (que identifica a una población con una lengua y cultura, así como fenotipo racializado y confesión reconocida) hacia un cosmopolitismo de ciudadanía múltiple. Si las leyes del país permiten naturalizar ciudadanos, sea cual sea el mecanismo, los “representativos” deben lograr su “nacionalización”. Los debates se complican con elementos que incluyen el ponderar desde qué edad los jugadores están en el país a representar, dónde se formaron y un larguísimo etcétera. Considerando excepciones individuales, la tendencia es que inmigrantes—desde recién nacidos o hasta bien entrada la edad adulta—puedan naturalizarse y rompan los prejuicios del artificio nación. El seleccionado de Marruecos en ese sentido va a contrapelo. Además de Montreal en Canadá, son las ciudades de Europa occidental dónde creció la mayoría de sus integrantes. Su experiencia en común es la “diáspora” antes que una sola lengua, mismo ambiente y escuela de entrenamiento deportivo, país y pasaportes. Cómo es que se dio este proceso, en que una generación de jóvenes talentosos converge al decidir jugar por el país de sus padres o de sus abuelos, rechazando probarse desde juveniles con los de aquel en que crecieron, es lo que para algunos los descalifica y para otros los enaltece.
Antes que celebrar la fuerza del carácter de quiénes no buscan asimilarse del todo, o condenar a la escuadra como espuria por su generosidad incluyente, es menester volver a plantear la pregunta del teórico cultural jamaicano Stuart Hall “¿quién necesita identidad?” En contraste con la inercia que fetichizó a los mañosamente interpretados “sentimientos primordiales”, para Hall no hay identidades perennes. Todas son relacionales y en oposición a otras, contextuales y procesuales, esto es “históricas” en el mejor sentido material del término. De esta manera no hay mejores o más auténticas formas de ser respecto a una etnia, nación, género, o clase en sus combos “interseccionales”. Lo que se afirma es cómo habitarlas de cara al futuro, articulando sujetos políticos en pugna. En el habla actual, su respuesta nos dirá como producir mejores políticas identitarias con la dirección y acotamientos idóneos respecto a lo que se busca. En el caso de la selección marroquí, implica el reconocer que las grandes migraciones del reino y Magreb a Europa se dan entre los contextos políticos de descolonización y la emergencia de relaciones poscoloniales. Son hijos y nietos de migrantes económicos y políticos, confrontados diariamente por el racismo y la discriminación, la islamofobia y el prejuicio. Si bien cada jugador es simultáneamente ciudadano francés, neerlandés, belga, español, portugués, o canadiense, entre otros, lo que están reivindicando es la fortaleza de sus padres y sus abuelos. Contraponen al guion de las élites euroamericanas otras experiencias para interpretar ciudadanías y multiculturalismo con orgullo y donaire. Es a través de sus acciones que se revela su sentido y al hacerlo provocan a otros. Al identificarse con sus antepasados “suturan” los significados de Marruecos en el Magreb y África, produciendo nuevos bordes político-culturales. Así, que enarbolen la bandera Palestina es un desafío a la FIFA, a la ONU y a la UE. No sabemos a quiénes limita, marcándolos como un exterior, pero se apuntarán solos. Hace una generación serían los que viesen “moros con tranchete”, ahora pretextarán algo predeciblemente “woke”.
Independientemente de cuántas camisetas vendan, hasta dónde lleguen en la copa del mundo, y a quiénes enfurezcan con su proceso generacional, articulando identidades políticas no convencionales, responden la pregunta de manera didáctica. ¡Todos!; todos necesitamos identidades. Nunca una sola bastará para dar consistencia a la experiencia y son siempre ya políticamente contextuales. A lo largo de la vida y en el mismo presente precisaremos de más de una para poder navegar las contradicciones en que se definen existencia y pertenencia. Dependiendo de qué estemos hablando, con quién(es) y en dónde, es que serán movilizadas. No como disfraces, sí como artificios para marcar rumbo y derroteros. Tampoco se ciñen a la corrección política que busca contenerlas a través de los modelos del multiculturalismo neoliberal e interpretaciones autoritarias de la confesión para imponer conformidad social. Nadie puede dudar esos jugadores son marroquís, magrebíes y cosmopolitas de una forma diferente y audaz. Como tampoco el hecho que no podrían haberse proyectado así si no jugasen competitiva y envidiablemente al futbol. De ahí que hacerse de identidades inconformes no es tan simple como la descripción de un perfil para redes sociales. “No para cualquiera” reza la advertencia. Pasa por haber obligado a que se les respete como lo que son: atletas de alto rendimiento competitivos y desafiantes. Retadores en toda la extensión de la palabra. Con esa altanería es que pueden redibujar mapas e ideas de pertenencia al mundo, desestabilizar las convenciones de nación y pertenencia, forzando se les atienda.









