En un curioso artículo aparecido en el diario EL PAÍS, titulado “Hablando (mal) se entiende la gente”, se hizo una reflexión en torno a lo irremediable de que los hablantes incurran en fallas al hablar o escribir.
Es decir, a que en su mal hablar los usuarios buscan finalmente el modo de entenderse.
Cierta vez, unos alcaldes salvadoreños visitaron el programa de televisión vespertino en el cual colaboraba yo, y ahí hablaron de ciertas expresiones propias de su país (llamadas por eso “salvadoreñismos”) que, siendo españolas, cambian de significado, a veces de un modo tan contundente que parecieran de otro idioma. Por ejemplo, con “láminas” aluden a lo que aquí llamamos “fierros”, es decir, monedas, y por extensión dinero.
En nuestro español mexicano, por citar un caso, unos dicen “traje” (de traer), pero en algunas zonas campesinas siguen diciendo “truje”, tal como lo decían Sancho Panza y cualquier español del siglo XV.
Lo único que se debe pedir (y lo he repetido hasta el cansancio) es entender que el mal uso de algunas palabras tiene que ver con los diferentes estratos sociales, y en consecuencia es permisible que un campesino siga diciendo “truje”, pero no un maestro universitario, ni un periodista, y mucho menos un político. En estos casos es preciso respetar el código lingüístico que existe para ese nivel socioeconómico, pues de otro modo seguiremos confundiendo “cruento” con “terrible”, y “detentar” con “ejercer”, cuando que “cruento” significa “sangriento”, y detentar”, “tener algo a la fuerza”. Persistir en el error, y dado el amplio margen de influencia de quienes nos dedicamos a la comunicación o a la política, es generar confusiones y malos entendidos, con las consecuente aclaraciones o desmentidos del día siguiente, o con resultados nefastos por haber atendido equivocadamente una orden o una indicación mal dada y peor interpretada.
De manera tal que sí, el “hablar mal” hay que aceptarlo, pero de modo relativo y mesurado.
Gracias, y hasta el próximo jueves.
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* Lic. en Letras españolas. Escritor, autor de cerca de 40 libros. Conferencista.









