La alianza opositora conocida como “Va por México” anunció la semana pasada una suerte de “renovación de votos”. Tras los despropósitos y traspiés del 22 reinciden para las elecciones del 23 en Coahuila y Estado de México, así como la “grande” del 24 que implica presidencia, jefatura de gobierno de la Ciudad de México y cientos de otros cargos. Adelantó que para las gubernaturas en juego este año, el tricolor lleva mano mientras que el albiazul decidirá los mecanismos de selección de las dos principales del 24 con dados cargados. Como el convidado de piedra que es, el amarillento que fue “sol azteca” se inconformó sin capacidad de condicionar nada. De suyo es que volvamos a leer burlas, denuncias, y lamentos respecto a que tal alianza es un “Frankenstein”, contrahechura, definida por la esterilidad de los híbridos (mulas o replicantes), o lo “artificial” de albóndigas sustitutas “beyond meat”.
Por principio de cuentas hemos de conceder que la historia de los partidos es nutrida en conflictos, siendo la del PRI y PAN la más añeja. Para oponerse al PRI es que surge el PAN en 1939, que lenta pero inexorablemente le pelearía en todas las instancias electorales hasta lograr la anhelada “transición” o alternancia en 2000. El PRD sin ser ni la primera ni la última escisión del PRI, sí logró contrastarse con él en la defensa de lo que ellos mismos llamaron “proyectos de nación” y logró hacerse de importantes victorias. Ninguna de mayor trascendencia que la Ciudad de México en 1997. Con el PAN, el PRD tuvo siempre la mayor distancia ideológica y hasta de principios políticos derivados de su pertenencia a la Internacional Socialista y jacobinismo frente a las bases demócrata cristiana y de acción católica del otro. Sin embargo, nada de eso ha obstado para que jueguen juntos en el pasado. Antes del mismo surgimiento de morena y precipitándole, el PRD con el PAN y PRI participó del “Pacto por México” en la administración de Peña Nieto. No es tanto lo que pueden inventar o extraño lo que les queda por aprender. En sí, su juego es reivindicar precisamente la transición como ideal civilizatorio globalizado sin fijar sus fronteras entre economía política y procesos socioculturales de integración norteamericana, así como de interés internacional. No es difícil contrastarse con los parroquiales afanes “transformadores” de la agenda morenista y sus aliados continentales de “boli-burguesías” cleptócratas. De hecho, puede decirse que eso se da por default.
Quizás la oferta más espinosa sea la que hacen encamándose con la “sociedad civil”. Y lo es porque pretender separar a la sociedad política de la civil sin múltiples simulaciones y duplicidad es fútil. Ciertamente las distinguimos para fines analíticos desde el surgimiento mismo del término (con Hegel pasando por Marx y Gramsci para ser canonizado por Habermas y sus alumnos) en disputa, pero sus relaciones son de orden “orgánico”, es decir inherentes a la formación estatal. Así mientras que los partidos políticos y los representantes gubernamentales electos son indudablemente sociedad política, ninguno de ellos existe sin fuertes raíces, apoyos y movimientos en la sociedad civil. Un partido no es la simple afiliación de militantes sino el horizonte político-cultural, civilizatoriamente hablando, que ofrece una visión militantemente esperanzadora del futuro. Ya se mencionó que no se puede considerar a Acción Nacional sin su base doctrinaria y eso incluye a grupos organizados fuera del partido, pero en consonancia respecto a la iglesia mayoritaria. Igualmente, no se puede pensar en el PRI sin las organizaciones de masas en los tres sectores del desarrollismo estabilizador y el eclecticismo que caracterizó al aparato corporativo-clientelar. Finalmente, las del PRD fueron las demandas de la revolución entendidas vía “liberación nacional” apoyando la descolonización del “Tercer Mundo”. Todo esto se debe aprender a ignorar selectivamente.
La alianza supone que los partidos aportarán principalmente el entramado legal sin el cual nadie puede participar en elecciones, tanto como su experiencia y conocimiento para definir candidaturas, movilizar bases de apoyo y aparatos propagandísticos, así como el entrenamiento de los candidatos. En suma, han de hacer con los cascarones de sus partidos un pastiche para vestir a doña “sociedad civil” que será la que les dé aliento y “momento”, urgencia y relevancia, pertinencia y carácter. Será pues “quién” los abanderé, pero la sociedad civil no es un sujeto sino la moderación en que se negocia la hegemonía del bloque histórico. Lógicamente, esto tendrá hartas complicaciones. Para evitarlas se pasará de la simulación a verdaderos ejercicios de método actoral por unos y el deseo de ser persuadidos sabiendo es una mascarada real la que atendemos. Así como la indóloga Wendy Doniger O’Flaherty establece que “en navidades pretendemos amar a nuestros familiares y ser felices entre ellos”, logrando convencernos por algunos momentos de la exigencia ritual, así debe montarse la “alianza” y una parte del electorado hacerla propia. El PAN ha de ostentarse como adalid del liberalismo para lo cual debe omitir toda monserga moralina, el PRI reinventarse en el secularismo mientras condena a la corrupción como su lengua franca, mientras que el PRD ha de suponer alguien se acuerda de sus banderas a favor de la diversidad e inclusión. Igualmente, la etimología “sociedad burguesa” del alemán para la civil debe omitirse, aunque será tan decisiva, determinante, y necesaria como siempre detrás de la máscara de la pluralidad. En el papel todos saben cuáles son sus puestos y que deben ocuparlos a la brevedad para que logren algo de credibilidad. Dependen de ello tanto como de los errores y proverbial canibalismo de morena para competir. Para que convenzan a la mayoría que son mejor opción que lo experimentado desde el 18, deben potenciar liderazgos que resuenen en un amplio espectro de facciones de clase con sobriedad y capacidad. No es sencillo, ni está asegurado nada, pues lo suyo es restaurar el sistema de partidos de la transición. No como tornatrás, sí como una apuesta al futuro. Cosa que en una sociedad tan injusta y rota como la mexicana se antoja imposible.









