¿Por qué sufrimos? ¿Es nuestro sufrimiento causado por alguien más? ¿Sufrimos porque la vida es injusta? ¿Es el sufrimiento el camino que el destino trazó para nosotros? ¿Somos nosotros mismos la causa de nuestro sufrimiento? Independientemente de cuál sea el origen de nuestro sufrimiento, es frecuente en nuestra cultura la idea de que el sufrimiento viene acompañado de una recompensa que se nos presentará cuando muramos y pasemos a la vida ultraterrena. Es decir, a todos se nos ha dicho que el mundo es “un valle de lágrimas” y que si sufrimos es porque “los caminos de Dios son misteriosos”, pero ¿y si Dios no existiese? ¿Quién nos puede dar testimonio de su presencia? ¿Cómo distinguir la existencia de la realidad divina con respecto de una subjetividad sublimada? ¿Y de existir Dios, y de ser cierto que él quiera que nosotros suframos, es viable confiarle nuestra vida a una entidad que antepone el mal, al bien? ¿No será más bien que le adjudicamos nuestro sufrimiento a un factor externo y divino para no hacernos responsables de nuestros actos?
Cierto es que el sufrimiento es parte de la vida, pero no es porque éste se halle en la naturaleza de la misma manera en que están las plantas, los animales y el resto de los elementos que la conforman, sino porque nosotros nos hemos encargado de sembrarlo. El sufrimiento es el efecto de la falta de prudencia, por lo que aquel que sufre y que causa sufrimiento a otra vida es un imprudente. La falta de prudencia ocurre cuando somos incapaces de gobernar nuestros impulsos y de poner un límite a nuestros deseos. Es la búsqueda del placer la que nos lleva, en la mayoría de las veces, a equivocarnos gravemente y es que el placer es una de las mayores fuerzas a las que puede enfrentarse el ser humano. El placer nos nubla la razón al sobreestimular nuestros sentidos y es por ello que llegamos a caer en malas prácticas como la infidelidad amorosa, el despilfarro económico, la prolongación del sueño, la exageración en la comida y, en fin, todo aquello que nos lleve al exceso. La búsqueda del placer sólo se detiene hasta que un dolor grande se nos presenta y cuando esto ocurre es porque, generalmente, es demasiado tarde para remediar la situación. Por la imprudencia abusamos del placer y por éste es que sufrimos.
Podríamos reducir la vida a la interacción que ocurre entre dos acciones: elegir y rechazar. Elegimos lo que consideramos bueno para nosotros y rechazamos lo que consideramos malo para nosotros, sin embargo, frecuentemente pasa que los parámetros que tenemos para decidir entre lo bueno y lo malo no son necesariamente los mejores y esto es porque muchas veces elegimos desde lo que sentimos, antes que desde lo razonable. La mayoría de nosotros decide a partir de lo que sus emociones dictan y no desde la cordura, y por ello es que lo que en un momento pudiera parecernos una buena idea, minutos después se nos descubre como un error. El debate entre la voz de la razón y la del corazón ocurre en un límite tan fino que nos lleva a confundir fácilmente lo placentero con lo deseable, y es que si bien el placer es deseable para todos, no siempre lo placentero será deseable. Por ejemplo, podemos desear el placer que produce satisfacer el apetito, pero no podríamos regocijarnos realmente en el placer que deviene de la gula. Conocer el límite de la prudencia, a fin de evitar el exceso, nos salvará de la mayoría de los sufrimientos.
El placer es un bien deseable para todos, pero el abuso que de éste se ha cometido es lo que lo ha llevado a ser censurado por la mayoría de las escuelas filosóficas y religiones. Al placer se le condena generalmente por prejuicios, es cierto que el mal manejo del placer puede orillarnos a una vida de sufrimiento, pero también es cierto que el placer bien empleado nos regocija e impulsa a buscar el perfeccionamiento personal. En la historia de la filosofía, una de las pocas escuelas que considera la necesidad del placer es el epicureismo, cuyo representante fue Epicuro. Con respecto a esta escuela, Catherine Wilson, en Cómo ser un epicúreo, nos dice:
«Los placeres sensoriales, emocionales e intelectuales son los bienes dignos de escoger. El dolor físico y el psicológico son los males que hay que evitar y prevenir. Nadie busca naturalmente situaciones de dolor físico, ansiedad y miedo; nadie evita situaciones que proporcionan gratificación, gozo y alivio de tensiones. El ser humano es superior a los demás animales por ser capaz de reprimir sus deseos. El epicureísmo, con prudencia, te anima a lidiar con tus dolores, evitando el martirio. A menudo se nos dice que deberíamos ignorar las leves molestias. El epicúreo toma el partido opuesto. Hay que resistirse a la superstición y la tentación de hacer del dolor una virtud moral. A veces estamos demasiado cansados, distraídos o perezosos como para hacer que las cosas mejoren, para el epicúreo, esta actitud lleva a una vida dolorosa y costosa Líbrate de esas cosas. Limita tus pérdidas. Si puedes vivir sin ellas, tanto mejor. Si no, el momento de buscar algo mejor es ahora.»
El epicureismo promueve el hedonismo racional, es decir, el placer buscado con prudencia, sin embargo, antes que centrar su atención en la búsqueda de este bien, el epicureísmo advierte que es más importante aprender a evitar el sufrimiento, pero ¿por qué sufrimos? Epicuro decía que en gran medida se debe a que somos apáticos para resolver de inmediato lo que no nos gusta y es que cuántas veces no nos hemos encontrado con desperfectos en nuestra casa, en la ropa, en el trabajo, en la calle, etc. que en lugar de resolver, los posponemos. Si sufrimos, se debe a que hemos aceptado vivir con aquello que nos incomoda; a que dejamos entrar a nuestras vidas a personas amargadas; a que toleramos lo que está mal; a que no podemos actuar con prudencia porque dejamos que sean las emociones las que nos gobiernen. Que la vida se tiene que vivir con sufrimiento es tan absurdo como equivocado, pero lo que sí es real es que si sufrimos, en gran medida, es por nuestra apatía para evitar que se conviertan en una avalancha las leves molestias.
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