Se estudia para llegar a ser en plenitud. Todos somos alguien por el simple hecho de haber nacido, pero “eso” que somos por naturaleza no está desde su origen desarrollado, por lo que requiere de una fuerza exterior que lo empuje hacia su perfeccionamiento. El estudio fortalece al cuerpo, pero principalmente a la mente. El estudio otorga disciplina, ordena las ideas y, por ende, al mundo, a nuestro mundo personal. Estudiar no es más que el acto de detenerse a observar nuestro entorno a fin de deducir principios generales de su funcionamiento, por lo que el acto de estudiar no es exclusivo de los ambientes escolares, pues se puede estudiar (observar) en prácticamente cualquier lugar, tan sólo hay que rendir un poco los sentidos para que inicien en su aprehensión del entorno. Estudiar es un acto individual que se ve positivamente favorecido cuando un guía (un otro que ha estudiado más) está dispuesto a enseñar cómo ha recorrido su camino, pero no para que lo sigan, sino para que el resto deduzca más o menos cómo caminar por el suyo propio. Se estudia no para salir de la ignorancia, sino para adquirir consciencia de ella y para saber que es mucho lo que no sabemos, y para que una vez que sea mucho lo que se ha estudiado, lo olvidemos todo, empezando por las convenciones sociales que marcan nuestra personalidad, que nos adoctrinan, que nos esclavizan y que nos hacen creer que la fuerza del ser está en su saber, cuando en realidad se halla en el reconocimiento de lo que desconoce. Se estudia para llegar a ser en plenitud, la cual no es más que la entrega a la ignorancia consciente.
¿De qué nos aprovecha el saber mucho, sobre todo cuando ese saber no es en favor del bien? La palabra “estudiar”, en su raíz más profunda (en su etimología), significa “empujar”, de lo que podríamos suponer que el estudio es el empuje que nos acerca al saber o a la sabiduría, condiciones que si bien son semejantes, nunca serán iguales, pues el sabio sabe, pero el que sabe no necesariamente es sabio, y esto es porque el sabio siempre es bueno, pero el que sabe a veces es malo, pensemos, por ejemplo, en aquellas personas que se jactan de haber leído muchos libros, que son capaces de resolver sofisticados problemas matemáticos, que son maestras en el arte de la medicina o de cualquier otra ciencia compleja y que a pesar de todo el conocimiento que han acumulado no muestran ni siquiera un gramo de bondad en ellas, sino, más bien, son déspotas con sus semejantes, a quienes tratan con desprecio, burla y un irresoluble rencor.
El estudio, como ya se dijo, se puede realizar en cualquier sitio y el que estudia puede hacerlo en una escuela con la intención de obtener un título o reconocimiento institucional, o apartado de la sociedad y por la simple necesidad de saber más. Así, hay gente nada estudiosa que ha pasado gran parte de su vida en diferentes instituciones educativas, como también hay personas sumamente estudiosas que en su vida no han pisado ninguna escuela o universidad. A quien estudia en una institución se le suele llamar “académico”, mientras que a quien estudia de manera autodidacta y alejado de las instituciones se le llama “empírico”, pues es por la experiencia sensorial y no por el consumo de libros que adquiere su conocimiento. Pero aún hay otra diferencia entre el académico y el empírico, y ésta es que mientras que el primero busca estudiar para comprender al mundo, el empírico busca aprender para ser uno con el mundo. Pongamos como ejemplo de lo anterior el caso de Jacobo Grinberg, un científico mexicano de la segunda mitad del siglo XX que se doctoró en fisiología y que en un principio se planteó el objetivo de realizar una investigación que pretendía demostrar que los procedimientos empleados por chamanes y curanderos no era más que una estafa, cuya eficacia dependía de la sugestión generada en la mente del paciente. Para comprobar su hipótesis, Grinberg trabajó con la curandera Pachita, la cual utilizaba en sus procedimientos de sanación solamente un cuchillo, sus manos y palabras.
Grinberg, como todo científico, era escéptico de las capacidades sanadoras de Pachita, sin embargo, conforme se fue involucrando más con la curandera y con otros chamanes fue modificando su percepción con respecto a lo que para algunos se trata de una comunicación con lo sagrado. El contacto con los místicos mexicanos llevó a Grinberg a experimentar con los límites de la mente y de la consciencia desde otros horizontes menos ortodoxos, quedando el testimonio de sus hallazgos en más de cincuenta libros que dejó publicados, siendo uno de ellos de poesía, el cual lleva por título Cantos de ignorancia iluminada y que es la síntesis de aquello que el científico mexicano vislumbró cuando accedió a niveles superiores de consciencia. De su libro de poesía rescatemos estas ideas: «El aquí, el allá y el más allá son lo mismo. Entre dos espejos ando sin saber que Yo soy el del medio. Paso a paso sigo pero sé que ya no hay camino. Sólo me asusto cuando me pienso, pero en ignorancia iluminada te encuentro. Busco la ignorancia iluminada como remedio porque en ella pierdo concepto, mente y pensamiento. Alabado quien respeta su camino y lo recorre palmo a palmo sin desviación.»
El principal aporte que Grinberg hizo a las ciencias de la mente fue su teoría sintérgica, la cual postula que la realidad que percibimos no es más que un holograma, una ilusión, que se estructura sobre una especie de “rejilla” invisible que él denominó “lattice” y que él estaba seguro que los chamanes, curanderos y otros místicos son capaces de ver y traspasar, estableciendo un contacto directo con el origen de la consciencia, con la dimensión de lo que ambiguamente llamamos “lo sagrado”. Después de haber trabajado durante años con curanderos y chamanes, Grinberg desapareció, sin que hasta la fecha se tengan noticias de su paradero. ¿Qué ocurrió con Grinberg? ¿Acaso traspasó la lattice? Grinberg dedicó su vida al estudio. Al principio, cuando estaba confundido, él creía que estudiaba para saber más, pero después de que la revelación ocurrió, Grinberg supo que estudiaba para ignorar, para dejar de ser, para liberarse de conceptos, pues la plenitud que el estudio otorga es la de la ignorancia iluminada.
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