El plagio es una lacra inherente a la vida escolar, académica, literaria y en sí puede extenderse por las instancias de lo público. Supone hacer pasar por original lo que se ha robado. En algunos ambientes como el diseño gráfico y marketing es una práctica dominante. Así podemos encontrar logos y personajes como los de la familia consumidora de los supermercados Chedraui en Montevideo, sin saber cuál es el original (solo cambian los colores de rojo a azul como en la cinta de los Wachowsky). Dentro de México, las farmacias usan como propias variantes de la mascota inspirada en el ya canonizado Dr. Simi. Son las distorsiones productivas de la formación social en el Estado y mercado con su guanga expresión legal las que lo animan y alientan, alcahuetean y relativizan.
Ciertamente hay instancias dónde el plagio es contestado como en el arte y la literatura, pero eso se debe a la posibilidad de ganancia y el derecho mercantil. Así, si un plagiador se beneficia de manera pecuniaria se le puede acusar y perseguir. No es pues un asunto ni ético ni moral en un país que desconoce el autocontrol y la moderación a que deben inducir ambos (por separado y en conjunto). Por ende, queda todo en una economía del (des)prestigio, como también lo es el ambiente académico. Si y sólo si se trata de políticos y figuras públicas, el plagio adquiere relevancia. Usualmente porque nos confirma la calaña de la persona en cuestión, así como reforzar nuestro desprecio por las instituciones que se postran ante la incontrovertible evidencia. Monumentales en tamaño como su incapacidad de cumplir sus cometidos de educar y civilizar. Acaso el mayor simulacro que conocemos se reduzca a otorgar “un título a plazos por tu facultad” como irónicamente les champó a los uñamitas el gran Jaime López. La misma expresión “grande” tomada de “Grande de España” se hace una burla en un páramo poscolonial de impostores y trácalas.
No es raro pues que el plagio sea un negocio boyante en escuelas y universidades, institutos y colegios. Profesores y estudiantes montan changarros especializados que en la era digital se han potenciado. No sólo la facilidad de transferir grandes volúmenes de documentos, sino también su fácil eliminación como evidencia incriminatoria. A ojo de buen cubero, pero podemos suponer entre un 30 y 50% de los trabajos escolares y académicos son plagiados. Queremos creer que la distribución es simplemente la de los peores en curvas de campana normales. Siempre será más fácil consolarse son aquellos residuos que no ejercerán la profesión ni volveremos a ver, pero suele ser al revés volteado. Ese es el espectáculo contemporáneo que nos entretiene por aberrante. Además de los por demás ventilados casos, una señalada delincuente electoral en campaña por la gubernatura del estado con mayores clientelas corruptas también lo hizo. Sabemos el INAI en venganza por no contar con el respaldo para poder renovarse y operar como es debido, liberó la tesis de licenciatura y expediente de titulación del presidente para su escrutinio. Huelga decir es predecible se encuentre aquello que se sospecha como que las huestes de morena desbordarán cinismo irredento. Vaya, no sé cuántos estén convencidos él haya pergeñado nada, después de que la embajadora de Washington balconease su escaso dominio de la palabra escrita. Es por eso y no pleitos con Ebrard, que se le hizo tragar barro a la susodicha. Adelantándose a la ofensiva, el mismo presidente otorgó un ejemplar de su tesis a uno de sus lacayos predilectos. Al hacerlo parece abrirse a la revisión, pero principalmente se mofa de lo que venga y particularmente de aquel que se han dado a la tarea de cazar plagios. Nada de lo que se diga al respecto tendrá consecuencias. No las ha habido para la ministra Esquivel Mossa, menos para quién mina y degrada la ley.
Una vez más, plagio en vacaciones. Lo que comenzó como un escándalo quizás sin haber pensado en lo contradictorio de su conjugación se irá haciendo chiste y costumbrismo. En la jerga de los politólogos se importan anglicismos de la pirinola. Sin ser erróneos, para entenderlos se les debe contextualizar temporalmente. Al menos en el juego dentro de lo único “mexicano” del sistema político: el sexenio. Así “todo al ganador” quiere decir “todos ponen” (o pierden) yendo del inicio al ocaso del periodo de entronización al de abdicación.









