Imaginemos una situación: Hay una carreta. La carreta avanza lentamente y sin detenerse. A la carreta, con una larga correa, va amarrado un perro. Nadie sabe quién conduce la carreta, tampoco hacia dónde se dirige ni cómo es que el perro quedó amarrado a ella. El perro no jala la carreta, sólo está atado a ella, pero puesto que su lazo es demasiado largo el can no está todavía obligado a seguir a la carreta, como tampoco a resistirse a su avance, tan sólo está ahí mirando cómo el misterioso carro avanza. Pero la inmovilidad del perro tiene el tiempo contado y de hecho ha llegado a su fin, la correa se ha tensado y es momento de que el perro decida si avanza siguiendo la carreta o se resiste e intenta frenar su lento, pero constante, desplazamiento.
Consideremos los dos escenarios posibles: En el primero, el perro descubre que la correa se ha estirado tanto que empieza a sentir una ligera molestia en su cuello debido a que está a punto de ser arrastrado por la carreta. Decidido a no querer sufrir, el perro empieza a caminar en la misma dirección de la carreta y puesto que su correa es extensa, el perro cuenta con cierta libertad para moverse de un lado a otro e incluso para rebasar un poco al carruaje, del que es imposible ver quién lo maneja, así como el origen de su impulso. El perro no puede saberlo, por lo que decide que tampoco va a preocuparse por ello y así, se deleita husmeando en los objetos, plantas y animales que se encuentra en el camino, y cuando está cansado de caminar, pues la carreta nunca detiene su andar, de un brinco se sube a un descanso que tiene el carro y en el que el perro puede reponer sus energías. Después de algunos días, quizás años, el viaje del perro, no el de la carreta, llega a su fin y una puerta que está junto al descanso en el que el perro duerme se abre. Su interior es oscuro, nada puede percibirse, pero el perro entra y se desvanece, al mismo tiempo que un nuevo perro aparece amarrado a la carreta que nunca detiene su marcha.
El segundo escenario tiene como protagonista a este nuevo perro, el cual, al sentir que su extensa correa se tensa decide ir en contra del movimiento del carruaje. El perro lucha, se tironea, muerde la correa en un intento por romperla, pero nada puede evitar la sensación de asfixia ni que de repente sea arrastrado en algunos tramos del recorrido. El perro está sucio, lastimado, no tiene curiosidad por su entorno e incluso tiene maltratados algunos dientes por haber mordido al carro, el cual se mantiene imperturbable desde que empezó a moverse sin pausa, lo cual nadie sabe cuándo ocurrió. El viaje de este perro ha llegado a su fin, su lucha no sirvió de nada y puesto que su debilidad le impidió subir al descanso en el que el otro perro durmió alguna vez, fue jalado hacia el interior del oscuro cuarto del que nunca se ha visto salir a nadie. El perro sufriente se desvanece y uno nuevo aparece amarrado al infatigable carro.
El carro y el perro son representaciones del mundo y del hombre, respectivamente. Supuestamente, el filósofo Epicteto narró esa alegoría en un volumen perdido de su obra Disertaciones con el fin de demostrar lo absurda que puede ser a veces la resistencia que mostramos ante determinadas situaciones. Epicteto practicó la corriente estoica de la filosofía, la cual, por su facilidad de aplicación, ha sido ampliamente aceptada en diferentes épocas y contextos. La obra más conocida de Epicteto lleva por título Enquiridión, también conocida como Manual de vida, y cuyo contenido está enfocado precisamente en ser un instructivo para la vida cotidiana, el cual nos puede ayudar a resolver problemas como la tristeza y la preocupación.
De reciente aparición es la obra Cómo ser un estoico, de Massimo Pigliucci, la cual es valiosa, entre otras cosas, porque resume en doce pasos los deberes del estoico, mismos que podemos sintetizar así: «1: Examinar nuestras vivencias preguntándonos si lo que nos pasa está bajo nuestro control, de no ser así, será mejor evitar aflicciones. 2: Recordar la fugacidad de las cosas, incluida la mortalidad de quienes amamos para que el dolor de su muerte sea menor. 3: Ser reservados. Cuando planifiquemos una acción, hay practicar mentalmente lo que el plan implica, sabiendo que cumpliremos su objetivo, si lo permiten las circunstancias. 4: Usar la virtud. No hay una sola vivencia que moralmente no podamos tolerar. 5: Hacer una pausa y respirar hondo. Sólo podrán herirnos e insultarnos, si lo creemos, si nuestra mente es cómplice de la provocación. 6: Alterizar. Cuando un amigo rompe un vaso, decimos: “Mala suerte”. Cuando a un amigo se le muere alguien, decimos: “Es parte de la vida”. Mantengamos esa lógica y naturalidad cuando el vaso y el muerto sean nuestros. 7: Hablar poco y bien. Deja que el silencio sea tu objetivo en la mayoría de las ocasiones. 8: Elegir bien la compañía. Si un compañero es sucio, sus amigos no podrán evitar ensuciarse un poco. 9: Responder a los insultos con humor. 10: No hablar demasiado de nosotros mismos. 11: Hablar sin juzgar. Mientras no conozcas las razones, ¿cómo puedes saber que las acciones son malas? 12: Reflexionar sobre nuestro día. No admitas el sueño en tus párpados hasta que hayas evaluado cada uno de los hechos del día. Amonéstate por lo que hiciste mal y alégrate por los que hiciste bien.»
Estos doce principios están abreviados, por lo que su práctica debe acompañarse de un estudio mayor del estoicismo, el cual se resume así: Identifica lo que depende de ti y lo que no, y tu vida será tranquila. Es fácil decirlo, pero puesto que somos animales pasionales, su práctica y aplicación podría requerir de toda una vida humana, o incluso de más tiempo, sin embargo, no podemos esperar mucho ni demorarnos en nuestros actuar, pues ahora mismo, mientras la carreta avanza, tenemos atado al cuello un lazo al que a veces aceptamos y andamos plácidamente, pero que en otras ocasiones negamos y en nuestra insistente resistencia terminamos lastimados. ¿Qué podemos hacer? Como en la alegoría, sólo hay dos posibilidades: la de la lucha vana en contra del mundo o la de la aceptación del mundo, al cual en realidad no le importamos y seguirá su causa con o sin nosotros. El mundo está fuera de nuestras manos, no así el examen de consciencia al final del día; sin este examen, citando a Epicteto: No admitas el sueño.
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