La palabra “sufrir” nos llega del latín sufferre, palabra que a su vez se compone de “sub”, que significa “abajo”, y de “ferre”, que significa “llevar”, “soportar” o “producir”. Teniendo en cuenta la etimología de “sufrir”, es decir, el origen de la palabra, deducimos que el sufrimiento es algo que se lleva, se soporta o se produce por debajo. ¿Y qué es aquello que se lleva, se soporta o se produce por debajo? El dolor.
Mientras que el dolor producido por heridas físicas suele manifestarse en las capas externas de la persona, el dolor producido por heridas espirituales o intelectuales suele manifestarse en las capas internas de la persona, es decir, debajo de las formas exteriores y por ello es que el sufrimiento se lleva, se soporta o se produce por debajo. Cuando una persona se encuentra herida físicamente, es más o menos sencillo averiguarlo porque este tipo de dolor se manifiesta en el cuerpo material, en el de carne y hueso, sin embargo, cuando una persona se encuentra herida espiritual o intelectualmente es difícil saberlo porque este tipo de dolor se manifiesta en una dimensión intangible e interna, incluso podríamos decir en una dimensión oculta que solamente el portador de la misma conoce.
El dolor físico se remedia con agentes físicos, como lo serían los medicamentos o las rehabilitaciones ortopédicas, por ejemplo, pero el dolor espiritual o intelectual, aquel que se manifiesta en aquello que llamamos “el sufrimiento” carece de un remedio eficaz y certificado. Algunos de los caminos que han sido abordados para el tratamiento del sufrimiento, es decir, del dolor espiritual o intelectual, son la confesión religiosa o la meditación (que de alguna manera son lo mismo), pero hay casos en los que este sufrimiento ha crecido tanto que lo único que puede terminar con él es acabar también con la vida misma. No nos hagamos ilusiones, ni tampoco caigamos en la trampa del superficial optimismo de nuestros días, y aceptemos de una vez que algunos sufrimientos son tan profundos que ya nada ni nadie puede subsanarlos.
Pero no caigamos en el error de creer que el hecho de que el sufrimiento exista, es sinónimo de que la vida es únicamente dolor; que haya sufrimiento en la vida, no significa que la vida sea sufrimiento. ¿Y si la vida no es sufrimiento, entonces de dónde es que éste nos llega? ¿Cómo es que de repente nos descubrimos “llevando por debajo” una carga de la que incluso nos avergonzamos? El sufrimiento es vergonzoso para la mayoría de nosotros, pero no debería de ser así, pues todos, de alguna manera, sufrimos y seguramente este sufrimiento hallaría su final rápidamente si en lugar de esconderlo, de llevarlo por debajo, lo sacáramos a la luz para mostrárselo al mundo (el sufrimiento es un vampiro que se desintegra al ser tocado por los rayos del sol), pero, en nuestro afán por mantenerlo oculto, no hacemos sino avivarlo más, pues el sufrimiento se nutre de las sombras de la vergüenza, del miedo y de las fantasías. El sufrimiento es real, pero muchas veces sus causas son irreales, son fantasmas nacidos en nuestra imaginación que por adquirir la forma de pensamientos asumimos como verdaderos. Dejar de sufrir requiere tan sólo de que sepamos que los orígenes de ese sufrimiento son irreales, pero si bien resulta sencillo decirlo, no es fácil entenderlo ni realizarlo, pues somos animales entregados al apego, y es por el apego que terminamos aferrados a imposibles, principalmente al pasado.
El sufrimiento en nosotros no es gratuito ni es algo que injustamente se manifieste en nuestras vidas. Si bien el mundo es desigual, al ofrecerle a cada quien modos de realidad muy diferentes, el sufrimiento es en gran medida una responsabilidad individual y es consecuencia de nuestras decisiones y actos, principalmente de las malas decisiones y de los malos actos. Si sufrimos, es porque en algún punto no supimos elegir (quizás por apego u obstinación), pero como nuestra mente es olvidadiza (casi siempre a conveniencia) deduce que el responsable del sufrimiento no puede ser otro sino el mundo que le rodea y así, al no asumir la responsabilidad de la vida propia, el sufrimiento se convierte en una enfermedad difícil de sanar. El filósofo metafísico Frithjof Schuon, en su obra El esoterismo como principio y como vía, nos dice:
«La injusticia es una prueba, pero la prueba no es una injusticia. Las injusticias provienen de los hombres, no de la naturaleza. El hombre tiene derecho a superar el sufrimiento, pero ello no es posible sin la aceptación y resignación. Cuando el hombre ignora que está ahogándose no se toma el trabajo de pedir socorro. Nuestro destino es personal porque nosotros somos lo que queremos ser y padecemos lo que somos. Superarse: he aquí el gran imperativo de la condición humana; y hay otro que lo anticipa: dominarse. El hombre noble es el que se domina; el hombre santo es el que se supera. El hombre es por definición un cosmos total, un microcosmos; uno debe dominar sus pasiones y mantener a raya a los elementos tenebrosos, a fin de que el microcosmos realice la perfección del macrocosmos. La libertad de la voluntad depende directamente de la totalidad de la inteligencia. Dominarse y superarse es levantar la capa de hielo o de tinieblas que aprisiona la verdadera naturaleza del hombre.»
La frase “somos lo que queremos ser” no debe entenderse en el sentido literal, sino en el sentido profundo de la palabra “ser”, la cual se acompaña de la pregunta: ¿Quién soy? Porque nosotros no somos nuestro nombre, ni nuestra profesión, nu nuestro sexo, género o nacionalidad, no somos ninguna de esas etiquetas que nos fueron dadas sin que las pidiéramos, pero que irónicamente son necesarias para poder vivir en sociedad. Somos lo que queremos y también sufrimos lo que sembramos. En esta vida, todo acto tiene su consecuencia y si la realidad se nos manifiesta como un dolor que llevamos por debajo y a escondidas es porque en el pasado no hemos sido capaces de elegir con dominio de nosotros mismos y con miras a superarnos. Hay sufrimiento en la vida, pero la vida no es sufrimiento, tan sólo padecemos lo que somos.









