La vida está llena de charlatanes, de falsos profetas, de autoproclamados gurús y de lobos vestidos de corderos que se muestran como guías espirituales dispuestos a “sanar”, pero que, en realidad, únicamente buscan alimentarse de la energía, ingenuidad y dinero de los espíritus perdidos y desesperados que caen en sus trampas. Nuestra sociedad, como todas las que han estado alguna vez sobre la tierra, sufre, pero a diferencia con el pasado, el sufrimiento se ha convertido en una mercancía, en un “bien” que puede explotarse en beneficio de las élites comerciales. Hoy se fomenta “el derecho a llorar” o “a sufrir” bajo el argumento de que esto “sana” y genera “relaciones estables”, pero lo cierto es que se trata de una estrategia más de subyugación social, pues nada puede ser más conveniente para la explotación que tener a una sociedad deprimida que no meterá las manos para defenderse de los atropellos.
Las religiones han fallado, todas y sin excepción, a tal punto que resulta imposible diferenciarlas de los partidos políticos. Ambas instituciones, la “espiritual” y la “social” marchan en pro de un objetivo común: el mantenimiento y ejercicio del poder, en donde lo espiritual y lo social no son más que máscaras utilizadas en favor del convencimiento social a través de la mentira. Pero no sólo las instituciones religiosas y sociales han fracasado, también lo han hecho aquellas instituciones o escuelas que se autoproclaman ante el mundo como espirituales, pues en lo privado mantienen vivos los mismos vicios que tanto critican en quienes no pertenecen a su “selecto” círculo. ¿A qué aferrarse entonces cuando la religión, la política y las escuelas espirituales no son más que rostros distintos del mismo demonio esclavizante?
Pero estar fuera de los partidos políticos, de la religión y de las escuelas espirituales no es necesariamente mejor, sobre todo cuando se albergan sentimientos de “superioridad” moral, intelectual, física o espiritual. Es decir, de nada sirve renunciar a la pertenencia a las instituciones establecidas, si dentro de uno mismo habitan rencores y pensamientos egoístas. La verdadera liberación consiste en dejar de juzgar, lo cual no implica de ninguna manera la renuncia a la vida de la inteligencia y de la razón, sino, antes bien, al ejercicio de estas facultades mediante la vía de la compasión, la cual no es más que el reconocimiento de uno mismo en el otro y del otro en uno mismo. La realidad exterior no es más que la proyección de nuestra realidad interior.
La vida del egoísmo es la que hace que los políticos sean corruptos y que los guías espirituales sean aprovechados. Tanto el político como el guía espiritual, cuando son desleales, buscan solamente el placer que les produce el saberse por encima de los demás gracias al poder que heredaron o que, sencillamente, usurparon. La deslealtad a los principios lastima al otro tanto como a uno mismo, pero hay quienes están dispuestos a soportar este veneno con tal de tener unos cuantos años de complacencia. Este pensamiento individualista es el que ha llevado a nuestra sociedad al punto en el que se halla: el del sufrimiento comercializable, el del dolor que se utiliza para ganar unos cuantos centavos, el del exhibicionismo sentimental.
No hay religión, partido político ni escuela espiritual que no se autoproclame como la vía de salvación, de rectitud y de verdad. La soberbia de sus integrantes nubla a tal punto la razón que son incapaces de distinguir que ellos no son más que partículas insignificantes de polvo cuya “verdad” (que en realidad es sólo una opinión) desaparecerá a los pocos años de que sus cuerpos perezcan. Pongamos como ejemplo la vida de la monja mexicana sor Juana Inés de la Cruz, quien vivió subyugada a los tormentos de su confesor, Antonio Núñez de Miranda, quien justamente se concebía a sí mismo como la verdad encarnada. En una carta escrita por sor Juana, aproximadamente en 1682, le dice a su confesor:
«¿Soy acaso una hereje? Y si lo fuera, ¿había de ser santa a la fuerza? Ojalá y la santidad se pudiera mandar, que con eso la tendría yo segura: pero yo creo que la santidad se persuade, no se manda, pues cada uno siente como entiende y habla como siente. Por lo que le suplico a usted que si no gusta ni quiere ya favorecerme (que eso es voluntario) no se acuerde de mí, que aunque sentiré su pérdida nunca podré quejarme, pues confío en que Dios, que me crió y redimió, proveerá un remedio para mi alma. Y estoy cierta que aunque me falte el favor de usted, no perderé mi dirección, pues para ir al Cielo se hacen muchas llaves, y no se reduce su entrada a un sólo dictamen, sino que hay en él infinidad de mansiones para diversos genios, así como en el mundo hay muchos confesores, y si éstos faltaran: en querer, más que en saber, consiste el salvarse, y esto más estará en mí, que en el confesor. ¿Qué certeza hay en que esta salvación mía sea por medio de usted? ¿No podrá ser por otro? ¿Se restringió y limitó la misericordia de Dios sólo a usted? Mientras tanto, podré gobernarme con las reglas generales de mi fe, mientras el Señor no me da luz de que haga otra cosa, y elegir libremente mi guía espiritual, el que yo quisiere. Vuelvo a repetirlo: si no gusta favorecerme, no se acuerde más de mí.»
Las palabras de sor Juana son contundentes y son apenas unas cuantas de las muchas que le dedicó a su confesor en esta carta llamada Autodefensa espiritual. ¿Qué es lo que llevó a sor Juana a renunciar a su confesor? La falta de caridad de éste hacia ella, la falta de amor de él y el exceso de egoísmo, también de él, al considerarse como el único “salvador” de almas. Sor Juana es un ejemplo de un alma atormentada, tal y como las que vemos hoy en día, pero la solución que ella halló no estuvo en la vía de la victimización, sino del desarrollo de su inteligencia y en el combate firme de quienes se autoproclamaron guías espirituales, a pesar de que no hacían más que perder a sus seguidores en intrincados y oscuros caminos, tal y como hoy ocurre con las religiones y partidos políticos que se conciben a sí mismos como la verdad, cuando sabemos que para abrirla puerta de la salvación espiritual y social no hay una, sino muchas llaves.
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