Estamos seguros de que nuestras ideas son correctas, mientras que las de los demás son medianamente ciertas, o cuando no, equivocadas. Estamos convencidos de que nuestros juicios sobre política, religión y moral están fundamentados en la más sólida piedra de la experiencia y por ello es que merecemos ser escuchados cuando tenemos algo que decir, lo cual ocurre casi siempre. Sin embargo, y aunque tenemos la convicción de que conocemos la realidad, en un sentido profundo no tenemos ni la más remota idea de lo que la realidad es, y es que la realidad, la real y no la que nos hemos inventado, está más allá de la política, de la religión y de la moral y esto es porque la realidad ya estaba aquí desde antes de que nuestra especie se formara en este mundo en el que todo es perecedero, principalmente nosotros que soñamos con ser eternos.
La realidad nos parece real, sin embargo ésta no es más que la proyección que de nuestro “yo” hacemos sobre las cosas y seres que nos rodean. En este sentido, la realidad, más que ser lo verdaderamente real, es un reflejo de nuestras creencias y por ello es que tendemos a decir que la realidad es subjetiva cuando no es así; la realidad es objetiva, estaba aquí desde antes de que nosotros llegáramos, y lo que es subjetivo es la percepción e interpretación que de la realidad hacemos a partir de las capacidades de nuestros sentidos.
La realidad es, además, inmutable, es y será siempre la misma, mientras que, por el contrario, nuestra percepción de la realidad es mutable, cambia con el tiempo y con las experiencias que vamos adquiriendo, así como con el desgaste de nuestro organismo, pues un cerebro desgastado y enfermo no percibirá su entorno igual que un cerebro sano. Entonces, si nuestros hábitos de vida no son los mejores, tampoco lo será la salud de nuestras redes neuronales, por lo que nuestra percepción de la realidad también estará alterada. Comprender lo anterior es fundamental para darnos cuenta de que no podemos conocer en su totalidad lo que la realidad es, pues ésta supera nuestras capacidades, pero también para que entendamos que si la realidad nos es desconocida, no habrá mejor manera de conducirse por la misma que aquella que tenga que ver con la prudencia, la diligencia, la moderación y la discreción, es decir, evitar los impulsos y arrebatos, así como detener el vicio de la soberbia que todos los días practicamos.
No podemos saberlo todo, como tampoco nos es posible conocer la realidad en sí misma, por ello es que los filósofos antiguos recomendaban que el único deber que tenemos es el de conocernos a nosotros mismos, pues, idealmente, de este conocimiento de uno devendrá el de la realidad en sí misma, aunque lo cierto es que uno nunca termina por conocerse completamente, sin embargo, esto no debe de ser motivo para evitar que iniciemos la búsqueda de quiénes realmente somos, pues así como la realidad está más allá de la política, de la religión y de la moral, el ser también está más allá de todas esas cadenas ideológicas que desde la infancia se nos imponen. Si estamos condenados, es porque hemos cometido el delito del adoctrinamiento, es decir, porque hemos permitido que nos engañen y porque nos negamos a ser responsables de nuestra libertad. Pero no sólo la política, la religión y la moral son cadenas, también el fanatismo por el placer mundano nos somete. Los deportes, los espectáculos, los juegos e incluso aquello que de manera abstracta se conoce como lo “cultural y artístico” no son más que disfraces con los que vestimos a la realidad en un intento de convencernos y de convencer que comprendemos lo que la realidad es, pero no es así, como tampoco el que nos conozcamos a nosotros mismos.
El filósofo Peter Kingsley, en En los oscuros lugares del saber, menciona lo siguiente a propósito de la realidad: «La realidad no se parece a aquello a lo que estamos acostumbrados. Creemos que ser “prácticos” significa estar ocupados siguiendo adelante con nuestra vida, corriendo de una distracción a otra. Nuestro pensamiento errático es tan inquieto que va de un lado a otro, nos lleva de teoría en teoría, de una sofisticada explicación a otra. Pero no tiene la tranquilidad que permitiría a nuestra conciencia centrarse unos momentos en nosotros. Por este motivo, después de más de dos mil años de discutir, teorizar y razonar, nadie puede estar de acuerdo con nadie sobre nada importante. Y por eso, por mucho que pensemos, nunca podremos llegar a ver la verdad de nosotros mismos a menos que nos demos cuenta de que falta algo más. Para cada uno de nosotros, nuestra vida entera es un acertijo que espera ser resuelto y no existe mayor peligro que no poder resolver el acertijo de nuestra vida a lo largo de ésta. La filosofía es la respuesta al acertijo, pero ella reclama todo nuestro ser, pues conduce a la totalidad y a la libertad. En la filosofía no hay caminos intermedios. La sabiduría nos exige todo lo que somos.»
Cuánta verdad hay en aquella idea de Kingsley que dice que nosotros pensamos que ser “prácticos” significa estar haciendo cosas todo el día. De la cama vamos al aseo personal, y de éste brincamos al desayuno para inmediatamente después ir a la escuela, al trabajo, al gimnasio, a una cita social, de compras, por la despensa, al banco, a la casa, al aseo de la casa y después a dormir, todo de manera vertiginosa, acelerada y mientras revisamos, además, lo que acontece en la realidad virtual, en el mundo digital. ¿No es absurdo construir una realidad virtual cuando no conocemos la realidad real? O quizás por eso hemos construido esos espacios digitales en los que nos sentimos como dioses que todo lo controlan, aunque en realidad nuestra vida cada vez se nos va más rápido de las manos sin que aparentemente podamos hacer algo al respecto.
Entre todo este caos, la filosofía, es decir, el conocimiento de uno mismo, se ofrece gratuitamente como una solución, sin embargo, casi nadie está dispuesto a aceptarla porque la filosofía no tolera espíritus tibios que a veces quieran conocerse y a veces entregarse a la vida mundana de la política, la religión y la moral. Si hay algo que es real, es el hecho deque no conocemos la realidad, ni mucho menos a nosotros mismos, pues nuestra vida es un acertijo.
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