En las semanas recientes no ha dejado de ser noticia lo que fue el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (conocido como Conacyt) al que se le añadió una H (muda) por “humanidades”. Desafortunadamente, las razones para discutirlo no son necesariamente las de una mejora producto de la consolidación de proyectos. Lo es porque por un lado hubo el sobreseimiento de parte de la Fiscalía General de la República contra la persecución que desde la dirección del Consejo se emprendió contra treinta y un investigadores que liderearon al Foro Consultivo Científico y Tecnológico. Por el otro por la desaseada forma con que se atropelló el proceso para promulgar la nueva “ley de ciencia” de la autodenominada 4T. Al ponderar ambas noticias debe decirse que, independientemente de ambos excesos—el perseguir a colegas por consigna y avasallar por principio—como “cabeza de sector”, el Cona(h)cyt ha modificado ya la organización del posgrado en México. Si se buscase encuadrar lo que su directora ha vilipendiado como el “periodo de la ciencia neoliberal”, ese correspondería al Padrón Nacional de Posgrados de Calidad conocido como PNPC y que estuvo vigente de 1991 a 2021 cediendo en 2022 al Sistema Nacional de Posgrado. Si bien es pronto para contrastarlos, ya es posible analizar los treinta años en que se buscó regular, homologar y reconocer lo que para el Conayt era un programa de posgrado de calidad. De ello pueden advertirse al menos dos impactos. Uno, el crecimiento en la matricula del posgrado, en especial en el grado de maestría. Otro, la incorporación masiva de mujeres al mismo lográndose sino condiciones de igualdad sí de competencia.
Que ambos ocurriesen en ese periodo y en el entramado institucional del PNPC (ad)ministrando becas, no quiere decir sean sólo producto de ello. Por supuesto impacta la posibilidad de estudiar con subvención estatal, pues sólo así es posible la dedicación de tiempo completo requerida. Ahora, de ello no depende por un lado que al mismo tiempo que eso ocurría hubo una devaluación atroz en los estándares en los programas de licenciatura. Podemos estar en desacuerdo cuando es que comenzó a imperar el modelo estadounidense del “pregrado” como estudios generales antes que una bien acabada formación profesional de licenciatura, así como el proceso en que las mujeres pasaron de ser minoría en la mayoría de las profesiones y disciplinas a dominar los mejores promedios. Lo cierto es que el auge de las maestrías debe verse por un lado como una política compensatoria. Aquella formación que dejó de ser posible en las licenciaturas por la mencionada devaluación, producto de evacuación de contenidos, reducción de requisitos y administración de metas y resultados donde importa la proporción de graduados no la calidad de los recursos humanos, obligo a una medida remedial. Lo que no se aprendió o se enseñó superficialmente en la licenciatura podría ser recuperado para los interesados en una maestría. A las claras, la tesis como aduana y rito de paso sería eliminada primero de la licenciatura para aprender a hacerse en maestría (dónde ahora va desapareciendo también). Por otro lado, en las estadísticas de “mejores promedios en México” manejadas por la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior y el premio a “los mejores estudiantes de México” iniciada por EL DIARIO DE MÉXICO, es elocuente cómo antes de que se lograse la paridad en matrícula entre hombres y mujeres, estas últimas habían logrado pasar de competir por los mejores promedios en los ochentas a dominarlos desde los noventas del siglo XX para no devolverlos hasta ahora. De hecho, el Conacyt deja de financiar estudios de maestría al extranjero temprano en presente siglo por la sangría que suponían para ese filón de talento que podría no regresar al país. Si bien no es simple política contra fuga de cerebros sí es una política con perspectiva de género por “default” con demasiados asegunes y contradicciones.
En las páginas de este diario se dio a conocer esta semana en la columna editorial cómo Puebla ocupa el tercer lugar nacional en la matrícula de posgrado, destacándose mayoría de mujeres inscritas y una concentración en los programas de maestría. Confirma lo que siempre ha sido una fortaleza de la ciudad (en contraste con el estado) como distrito educativo sofisticado y arrogante contra las otras capitales regionales. Siempre ya respecto a Guadalajara, más recientemente frente a la emergencia de Monterrey. Es indudable que se compite en desventajas regionales y estatales, pero tampoco hay duda seguirá siendo así. Hay que advertir empero de los problemas que atraerá la inercia de multiplicar grados para dar salida a los graduados de tales programas. Ya alertamos que hay una relación compensatoria remedial de la maestría respecto a la licenciatura y que la maestría está observando la misma devaluación que sufrió aquella vía la presión por entregar metas contables eliminando requisitos. Así es que hemos de ponderar la relación de las maestrías con los doctorados. En términos mercadológicos, a una sobreoferta de graduados de maestría sin salida al mercado laboral, indica encaminarlos a doctorados que cumplan la misma función que aquellas irán perdiendo. Aquí debe serse muy claro. No hay duda que la Ciudad de Puebla ofrece las más diversas y generosas opciones de estudios de licenciatura en instituciones públicas, privadas, confesionales (no sólo católicas), seculares y de muy contrastantes orientaciones. También que las complementa ahora con maestrías concentradas en un puñado de instituciones consolidadas. Sin embargo, ninguna garantiza la capacidad para ofrecer doctorados, así no haya ya PNPC sino SNP. Un doctorado no puede ser compensado con otro grado. Sólo los literalmente maleducados toman las estancias posdoctorales como grados académicos. No lo son. Como que tampoco es simplemente acumular créditos en cursos y actividades académicas a cambiarse por un doctorado. Los programas doctorales requieren de inversión laboratorios, bibliotecas, así como de la capacidad de madurar procesos largos de investigación en ambientes complejos y civilizados, esto es de la relación entre instituciones educativas y la ciudad. La experiencia que da el PNPC nos muestra es prematuro e indeseable simplemente reproducirles como hongos o Gremlins, por más que ese sea uno de los riesgos señalados en el SNP. ¿Qué ciudades e instituciones pueden ofrecerlos?, no es una pregunta política pues la respuesta en ese registro sería todas o cualquiera. No es así; son pocas y contadas, requieren no décadas sino cientos de años de maduración con generaciones probas y contrapuestas en diálogo con el mundo. En sí, no cabe reducirlas al panorama nacional.
Si los neoliberales forzaron como dominante el contacto con el Atlántico Norte, no puede ser consuelo volver a una abstracta “Tricontinental” que se quede en el “latinoamericanismo”. Un programa doctoral académico debe ser tricontinental al poder dialogar, aprender y competir con los estándares del Índico, mismos que no son herencia colonial. Al contrario, es esa riqueza que une al Este de África con el Sur de Asía por milenios usando diversas lenguas francas la que debe guiarnos. Quién requiera se le explique más es porque no ha cursado una buena maestría. Los que entienden pueden contestar si vale la pena un doctorado que le ofrezca menos que ello.









