Murieron por implosión los cinco pasajeros del “Titán”, el submarino turístico que se perdió en las profundidades del Atlántico hace unos días mientras buscaba los restos del naufragio más famosos del mundo, el Titanic.
Una historia que suscitó suspicacias, indignación y mucha grilla tuitera, por la ironía de que las víctimas pagaron la cantidad obscena de 250 mil dólares por encontrar la muerte; y también porque se invirtieron muchos recursos para la búsqueda mientras hubo esperanza de encontrarlos con vida, pues para la opinión pública, esto contrastó con los miles de refugiados en la pobreza que sucumben en el mar y nadie mueve un dedo por ellos.
Desde su fatídico hundimiento en 1912, el Titanic, ha dejado una marca indeleble de morbo y fascinación en la conciencia colectiva con su historia trágica, teorías conspirativas y por supuesto, el impacto cultural que tuvo la película dirigida por James Cameron, donde se relata el naufragio acompañado de una dramática historia de amor prohibido que murmullan por las calles porque son de distintas sociedades.
Por esto puede explicarse el por qué la empresa OceanGate creó una experiencia de inmersión en las profundidades del océano con el único fin de acercarse y disque explorar los restos del navío como un destino “turístico”. Una actividad exclusiva que por supuesto, es lo suficientemente cariñosa como para ser únicamente accesible para personas privilegiadas.
El ser humano ha sido siempre atraído por lo desconocido, lo desafiante y lo peligroso, pues hay algo profundamente fascinante en explorar los límites de nuestra existencia y adentrarse en terrenos donde el riesgo es elevado. Y quienes son mucho más propensos a esto son las personas más ricas del mundo.
El ocio y la búsqueda de experiencias exclusivas y lujosas son el motivante para la mayoría de ricachones que tienen tanto dinero que ya no saben qué hacer con él. Gracias a su acceso ilimitado a todo, esta gente a menudo encuentra que las amenidades comunes no satisfacen completamente sus necesidades de emoción y novedad.
Sin embargo, también hay un rasgo de soberbia que se esconde detrás de la idea de que el dinero puede comprarlo todo, incluso la seguridad y la salud. La realidad es que algunas personas con mucha dinerita pueden sentirse intocables, creyendo erróneamente que sus recursos económicos les otorgan inmunidad contra todos los peligros.
Aquí se evidencia la disparidad de las clases sociales. Pues mientras algunos están dispuestos a arriesgar su vida en una expedición extravagante y cara, otros luchan por sobrevivir en condiciones extremas, enfrentando peligros y desafíos mucho mayores no por elección, sino por necesidad.
Empatizar con la muerte de estos multimillonarios se vuelve aún más desafiante porque sus acciones reflejan un desprecio por la responsabilidad y la moderación. En un mundo donde tantas personas hacen enormes sacrificios por sus necesidades básicas y carecen de oportunidades, ver a individuos gastar cantidades desorbitantes de dinero en actividades de alto riesgo puede resultar ofensivo y desconcertante.
Porque ellos sabían de los múltiples peligros, sabían de las casi nulas posibilidades de rescate en caso de fallas, y debían saber que al mar hay que tenerle respeto… y aún así decidieron bajar a 3,800 metros de profundidad para apenas ver un barco oxidándose.
Tal vez esa es la razón por la que esta situación salida de 1000 maneras tontas de morir, inspiró tantos y tantos memes. Porque a pesar de que al inicio, el escenario era de cinco vidas agonizando y sufriendo, se trataba de personas que no forman parte del gran groso de la sociedad. Hombres desconectados de los padecimientos del mundo y que representan la brecha social con la que se monetiza la vida humana.
Finalmente, la muerte de estos turistas submarinos no fue tan horrible como lo pensábamos. En palabras coloquiales, fue que el vehículo no resistió la presión del agua y se “apachurró” dando a los pasajeros una muerte rápida, sin miedo e indolora, pues muy probablemente ni cuenta se dieron.
Bastante mejor a lo que nuestra imaginación y Venga La Alegría nos decían: que pasaron días atrapados en un espacio reducido, desesperados y asustados vagando en la oscuridad esperando a que sus órganos colapsaran por la falta de oxígeno… o tal vez devorados por una de esas criaturas míticas que habitan más allá de Fondo de Bikini.
Es importante reconocer la tragedia inherente a la pérdida de vidas humanas, independientemente de las circunstancias. Sin embargo, también es comprensible que la empatía hacia estos multimillonarios se vea limitada debido a la naturaleza de su elección y la desconexión que puede existir entre su estilo de vida extravagante y las realidades de la mayoría de las personas.
Hasta aquí el chisme, lo viral, el tamal con crema… y también con pasas.









