Desconocemos el lugar en el que vivimos. Cuántas veces no nos hemos sentido fascinados con historias que ocurren en tierras lejanas, con historias de guerra, de heroísmo y de grandeza que aseguramos nunca experimentaremos. Generalmente, solemos pensar que nos ha tocado marchar en un lugar en el que nada ocurre, sin embargo, si la realidad nos parece así, es debido a que no hemos sabido sembrar la duda filosófica en el fértil campo que ahora mismo pisamos. Desconocemos el lugar en el que vivimos y por ello es que la vida la vemos en tonos grises.
En el México antiguo, la ciudad de Puebla era llamada por los grupos nahuas “Cuetlaxcoapan”, cuyo significado es “lugar en el que las serpientes cambian de piel”. Cuetlaxcoapan no estaba habitada y era utilizada para realizar las “guerras floridas” en las que el objetivo era capturar esclavos para sacrificarlos.
Con la llegada de los españoles y la consecuente conquista de Tenochtitlán, inició el periodo del virreinato, y el México antiguo se convirtió en el México novohispano. Indudablemente el cambio de las creencias religiosas fue el más evidente de todos y a fin de garantizar la expansión del catolicismo se edificaron tantas iglesias y conventos como fue posible, a fin de satisfacer las necesidades españolas y criollas.
Desde los tiempos novohispanos y hasta la fecha, la ciudad de Puebla ha sido un referente en la historia del catolicismo y no sólo por sus edificios religiosos, sino que también por los personajes que han pasado por sus puertas y vivido entre sus muros. A manera de ejemplo, citemos el caso de una monja que llevó el nombre de sor María de Jesús de Tomelín y que perteneció a la orden de la Inmaculada Concepción de María. Esta monja, a diferencia de la ilustre novohispana sor Juana Inés de la Cruz, no destacó por haber sido docta en las artes y las ciencias, sino por sus atributos místicos y por su capacidad para efectuar milagros.
De sor María de Tomelín, debido al interés social que despertó, se escribieron varias biografías en tiempos del México novohispano, mientras que en el México moderno, es decir, el que es posterior a la Independencia, se escribió una biografía, cuyo autor es el abogado poblano Enrique Gómez Haro, y que lleva por título El lirio de Puebla, que es el epíteto con el que era conocida sor María de Tomelín y esto es porque el lirio es la flor de la Virgen María debido a la pureza de su blancura, y como en tiempos de la Puebla colonial no había corazón más puro que el de sor María de Tomelín es que se le conoció a ella como “el lirio de Puebla”.
Las monjas que destacaron por poseer ciertos dones divinos fueron clasificadas en dos grupos: las alumbradas y las iluminadas. Al primer grupo pertenecieron aquellas monjas que decían tener tan desarrolladas sus facultades místicas que podían comunicarse directamente con Dios o con otras entidades divinas, sin embargo, todo ello no era más que una gran mentira para llamar la atención. Al segundo grupo, el de las iluminadas, lo conformaron monjas que nunca afirmaron que poseían tales dones divinos, pero que debido a su comportamiento virtuoso en la vida cotidiana fueron veneradas, llegando al punto de rozar el límite del culto idólatra.
De las monjas iluminadas de Puebla, indudablemente la que más destacó fue sor María de Tomelín, de quien se dice que efectuó una gran cantidad de milagros gracias a los múltiples dones divinos con que fue favorecida, tanto por la Virgen María como por Cristo. Sor María de Tomelín nació el 21 de febrero de 1579 y desde que tenía tres años de edad dio muestra de su mística. La pequeña niña pasaba todo el día en el oratorio de su casa y era tal el amor que sentía hacia la Virgen María que a los cinco años de edad experimentó su primer éxtasis, es decir, su primer contacto directo y espiritual con Dios. Sus biógrafos aseguran, incluido Gómez Haro, que desde los cinco años María de Tomelín tuvo éxtasis, a la par que era capaz de flotar en el aire y de profetizar el futuro. Cuando creció e ingresó al convento de la Inmaculada Concepción, sor María de Tomelín desarrolló aún más sus dones, siendo capaz de estar en dos lugares al mismo tiempo, de leer los pensamientos de quienes la rodeaban y de curar a los enfermos. Es imposible detallar aquí la biografía de esta monja poblana, pero vale la pena mencionar que después de morir, el 11 de junio de 1637, se dice que siguió realizando milagros, ya fuera por los aceites que su cuerpo emanaba, ya por la tierra de su sepulcro o ya porque ella directamente seguía presentándose en los sueños de sus hermanas, conocidos y enfermos. Gómez Haro dice:
«Cuando falleció, observaron que su rostro sudaba copioso licor, por lo que le aplicaron pañuelos de los que hicieron gran provisión de reliquias, con las que Dios obró muchos prodigios en enfermos y necesitados. Más de doscientas curaciones milagrosas aparecen comprobadas en los Procesos Informativos sobre la Beatificación de sor María de Jesús de Tomelín.»
Actualmente, sigue abierto el proceso de canonización de sor María de Tomelín. Su cuerpo incorrupto (que puede visitarse) no ha sido reconocido como en estado de Gracia, pero ¿acaso la santidad necesita de un documento burocrático?, ¿que no es Dios, y no una oficina, quien determina el estado místico? Hay una pregunta más: ¿Fueron los milagros de el Lirio de Puebla reales o fueron parte de un delirio colectivo? El delirio es entendido generalmente como un estado de locura, es decir, de fallas neuronales, sin embargo, el filósofo Platón decía que el delirio era el estado más sublime del ser, porque en el delirio uno entraba en comunicación directa con lo Sagrado. En este entendido, y apelando a la dimensión filosófica: ¿fueron entonces reales sus milagros? En esta Cuetlaxcoapan en la que sus habitantes cambian de piel, que cada quien elija en qué mundo desea vivir, si en uno de simples locos o en uno de santos realizados.
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